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Querido vulgo:
Les habla su Diva, que está sumamente encantada de su pluralidad de opiniones en torno a este Mi mundial, y que no tiene demasiada voluntad de convertir estos Bandos Divinos en algo habitual (en parte por no condicionar sus elecciones, pero sobre todo, porque la divinidad consiste, de alguna forma, en la inaprehensibilidad de quienes la ejercemos), pero que, como son fiestas de Mi pueblo, Ha decidido manifestárseles y comentar con uds lo siguiente:
Sin duda, un Mundial de discos, en algún momento, exige elegir entre labores MUY heterogéneas, pero en su diversidad, encuentro un hilo conductor entre ambos contendientes de este duelo, que es el siguiente:
Sabemos que a Benjamin Britten no le gustaba el Grimes de Jon Vickers, quien le respondió que estaba tan apegado a su obra maestra que no la veía con perspectiva. Y es comprensible. Con Grimes, tal y como la llevó al disco con su pareja, Peter Pears, Britten quiso plasmar la historia de un inadaptado, aunque nunca se explicite, por ser homosexual en el armario y tener relaciones desconocidas (pero juzgadas) con personas mucho más jóvenes, implícitamente consideradas inmorales por una sociedad puritanísima (donde las prostitutas "son" prostitutas, pero para los gays no hay "una" palabra) que excluyen aunque no sepan bien lo que ha ocurrido. Y el de Vickers (un artista acusado frecuentemente de homofobia, aunque él siempre matizó que el objeto de su desagrado era el "lobby gay" que, a su parecer, regía el mundo de la ópera) es un Grimes con OTROS problemas, pero no la homosexualidad. Y su retrato del inadaptado resulta, a mi modo de ver, mucho más ambigua, más elocuente sobre cómo las personas hacemos barreras entre Nosotros y Ese (o Ellos) y a mi modo de ver, más interesante, o al menos, de un interés distinto, al pensado por Britten.
Handel no vivió lo bastante (aunque hubiera debido) para opinar sobre la Alcina de Joan Sutherland o el Ruggero de Teresa Berganza, que dan en este disco algunos de los mejores ejemplos de su fenomenal y extraordinario canto. Pero los handelistas contemporáneos sí que han venido a explicarnos que "en realidad" esa música no "es" así ni debe hacerse así. Y en su afinación brillante, en su vocalidad dispendiosa, en su extroversión musical, y gracias a su galáctica e inalcanzable preparación técnica (y un cuidadísimo contraste entre las distintas arias, milagro que en las selecciones de Giulio Cesare no logró volver a emular) Joan Sutherland, junto con Bonynge y Berganza, sí logró revivir para el oyente contemporáneo lo que significó el canto mítico, inimitable, de los genios barrocos, basado en una espectacularidad vocal, que la soprano australiana supo hacer viajar 200 años en el tiempo.
Y, en su heterogeneidad, de esto va un poco este duelo: ¿cabe la genialidad en parámetros distintos a los del autor? ¿En toda música? ¿Solo en alguna? ¿En lo conceptual, en lo ejecutivo o en ambas cosas? ¿Y alguno de los discos en liza alcanzó esa genialidad?
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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