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Han montado ustedes un buen debate sobre uno de esos temas quejumbrosos de los que suelo huir, pero la deriva que va tomando es demasiado tentadora como para no echar al menos un baile en la pista. Vaya por delante que no creo que la ópera tenga muchos más males hoy en día que en los últimos cien años. En lo único que estaría de acuerdo con los apocalípticos es en que el panorama de grandes voces en alguno de los pilares del repertorio no es muy alentador. Sin embargo, veo injusto que las ocurrencias de unos cuantos dramaturgos iluminados oculte el hecho de que, en general, la dirección escénica está hoy en día mucho mejor trabajada que en los tiempos del papel pintado. Y puestos a destacar otros aspectos en los que hemos ganado, me remito a la refrescante intervención del forero Drakeverne sobre las infinitas posibilidades de acceso del aficionado a títulos y versiones hasta ahora inaccesibles de toda la historia del género; y en condiciones técnicas nunca escuchadas.
Y en cuanto a la trayectoria de la creación musical actual, que es lo que me ha movido a intervenir, supongo que acabaré escribiendo algo no muy distinto a lo que dice Zelenka, aunque procuraré no contagiarme de su estilo. En primer lugar, si el presente y el futuro de la ópera dependen de su financiación, como bien nos recuerda Delaforce, el evidente distanciamiento entre público y compositores actuales es bastante irrelevante, puesto que la oferta de estrenos supone en todas partes –y más en España- un porcentaje casi insignificante de los presupuestos de la mayoría de los teatros. La ópera, nos guste o no, lleva un siglo viviendo de un repertorio bastante reducido y eso no ha sido obstáculo para que durante ese tiempo haya alcanzado lo que muchos aficionados consideran su edad dorada. El mal, por tanto, lo es no de cara a la pervivencia del espectáculo, sino en cuanto al reconocimiento social del artista que pasa, como en el caso de las artes plásticas, por un momento muy delicado. Y es que la democratización de la cultura también ha traído, creo yo, algunas consecuencias indeseables entre las que se encuentra una cierta pérdida de respeto por el creador que lleva a cualquiera a arrogarse el derecho a juzgar la obra de arte con independencia del conocimiento que se tenga de ella. No es el caso de mis estimados Alberich, Ramérez y Zhivago, respetuosísimos en todas sus intervenciones, pero empeñados en echarle la culpa a los artistas de su falta de comunicación con el gran público. Y sin darse cuenta se la echan a todos los artistas, porque el número de óperas que se han abierto camino entre el gran público en los últimos tiempos ha sido reducidísimo sea cual fuera su lenguaje musical. ¿O es que no se hacen ya óperas “tonales” y “melódicas”? Las tienen a un click en el hilo del marqués y pasan con la misma pena o la misma gloria que el resto. En cambio, cuando uno trata de valorarlas desde un punto de vista artístico, llega a la misma conclusión que Zelenka: pueden ser correctas o agradables de escuchar, pero es difícil que aporten algo nuevo a estas alturas. En cambio, apostaría a que las historias de la música, en el capítulo dedicado a los últimos veinte años, sí incluirán Cassandre, Das Mädchen mit den Schwefelhölzern, Der Meister und Margartite, L’amour de loin, Index of Metals o Hanjo, a pesar del escaso aprecio que les tiene la mayoría de los melómanos.
Corto, que esto va pareciendo uno de aquellos mamotretos que escribía –con más gracia- el forero Baldassare. Está muy bien que haya habido grandes artistas que hayan contado con la adoración de las masas. Y que haya habido épocas –tampoco tantas- en que esa ha sido la norma. Pero reducir el arte a uno de esos asuntos que se pueden resolver con criterios democráticos me parece desvirtuarlo por completo. Los reproches del nibelungo o del doctor hacia la música contemporánea no son tan distintos de los que hacen quienes se atreven a criticar la llamada música clásica, que emplea unos códigos igualmente alejados de los gustos del gran público, pero goza de una respetabilidad que no blinda a los creadores actuales. Cayendo en la demagogia más burda y por no tomarnos el debate tan a la tremenda: si apostamos por lo que cualquiera puede entender, exijamos óperas de reguetón.
_________________ Para saber mucho: vivir muchos años, caminar muchas tierras, leer buenos libros o conversar con amigos sabios y discretos. (Baltasar Gracián)
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