Es cierto que no tiene tampoco sentido mitificar el pasado por mitificarlo, aunque como en este caso hablemos de un pasado reciente.
Pero lo que parece innegable en el Liceu de los últimos dos o tres años, y ahí la comparación con 2005/06 sí que resulta ilustrativa, es la deriva hacia títulos cada vez más populares y menos arriesgados. Frente a Wozzeck y Tote Stadt (ópera poco conocida, cara y difícil, que se presentó con todos los honores, en una producción que venía de Salzburgo), el título más moderno que tendremos el año próximo será Arabella, con solamente cinco funciones. Sí, hay la sesión doble Poulenc/Monsalvatge, dos óperas cortas, tres funciones. En ambas temporadas vemos un Rossini, en ambos casos se trata de obras maestras; pero de nuevo, la dificultad y ambición de cada una tienen poco que ver (la producción de Semiramide venía de Pesaro; una castaña, por cierto, y la Takova fue el lunar de unas funciones por lo demás memorables). En ambas temporadas hay un Mozart, de nuevo Così es un título francamente más popular que Idomeneo (por cierto, las funciones no salieron demasiado bien

). ¿Qué más? Presentar Gioconda ya es un logro, pero también lo es presentar Norma; empate. El Siegfried de Carsen frente al Lohengrin de Peter K., vale, empate, aunque aquella fue una de las mejores direcciones de Weigle, quizá el año próximo Pons destape el tarro de las esencias.
Está claro que vivimos tiempos difíciles pero las cosas se pueden afrontar de muchas maneras, y la manera del Liceu a mí me resulta poco ilusionante.