gakugeki escribió:
Entresacado de un reseña del estreno en Dresde de la ópera. En todas las épocas cuecen habas:
Observé curioso que el concertino se había tapado los oídos con lo que parecían ser ramitas de perejil, y me sorprendió que el estricto maestro von Schuch permitiera tan antojadiza excentricidad. Embelesado como estaba por la escucha de la elevada inspiración filarmónica del maestro Strauss ("In dieser feierlichen Stunde der Prüfung") no dejé de percibir un rumor sordo y ascendente, como la resaca que azota las rompientes de la costa de Mecklemburgo en un día agitado de octubre. Noté una caricia en la nariz, y me di cuenta de que el polvo ancestral que esmaltaba el gran techo de la sala descendía lento pero implacable, como el más sutil de los velos, sobre las cabezas de los espectadores. El rumor se convirtió en franco ruido y contemplamos la generosa figura de la señora von der Osten en lo alto de la hermosa escalinata, diseñada por los dotados colaboradores artísticos del profesor Reinhardt. En ese momento, cuando la ilustre contralto se dispuso a descender por la escalinata con el presuroso trote de un gallardo jovencito en la flor de la edad de los impulsos, yo, y posiblemente otros dos mil espectadores conmigo, recé por que el equipo de Reinhardt se hubiera asesorado por la mente más técnica que artística de un sólido ingeniero.
Afortunadamente, el descenso de la diva, aunque cubrió el canto de la orquesta con la más amplia gama de quejidos de la que es capaz la madera de los bosques sajones, se convirtió en un canto a la ingeniería de nuestra patria, pues en ningún momento hubo peligro de que se reprodujera de forma inoportuna sobre el escenario la escena final de la gran obra maestra del maestro francés, Charles Camille Saint-Saëns. Cuando la señora von der Osten abrió la boca, avezada profesional como es ella, se cuidó mucho de no trasplantar su peso de un sitio a otro del suelo, de forma que su voz bellamente modulada nos llegó sin el estorbo de estrépito alguno.
De repente, el intendente del teatro, profesor Knigge, que se sentaba junto a mí, se levantó acuciado por un propio y salió de la sala. Tras unos minutos de ausencia, volvió a ocupar su sitio, y ante mi interrogante mirada, me confesó, con un discretísimo susurro, que se había producido cierto revuelo entre el contingente de gendarmes que rodeaba el teatro porque, por los insondables caprichos de la ciencia acústica, el ruido que había parecido vagamente tolerable dentro de la sala, pareció enormemente sospechoso desde el exterior del teatro, y hubo sospechas y temores de que se hubiera producido una vileza anarquista.
Tras la representación, le pregunté osadamente al maestro Strauss si no hubiera preferido el concurso de otra cantante para encarnar el papel de Octavian. Con su gracejo meridional, me vino a decir "¿Qué importa que cuando se mueva un cantante en la escena se escuche el rasgar de las patitas de las ratas que emprenden un éxodo azorado, o el gruñido de viejas maderas? La música es, también, el arte de filtrar. El espectador ha de saber pasar por el tamiz de su sensibilidad los ruidos, las luces molestas, el dolor de cabeza, e incluso la escenita desagradable que acaba de tener con su mujer" - sonriendo con ojos pícaros me señaló, esbozando un gesto a la vez circunspecto y temeroso, a la noble señora Strauss, que charlaba con unas amigas.
Delicioso texto. Gracias, gakugeki.