
La obra no me ha entusiasmado nunca. Le reconozco música muy sugestiva en el final del primer acto, unos encuentros entre los dos enamorados de mucha inspiración (sobre todo el largo dúo que constituye casi todo el tercer acto), cierta originalidad (hacer una ópera verista con un guapo, un cojo y un tuerto, cuatro pingpangpong femeninas y un juglar tiene su aquél) y un grandioso papel protagonista para una soprano que frasee con talento, pero el verismo así tan exacerbado, tan truculento, me aburre bastante, aparte de que el acto II me parece verdaderamente horroroso.
La versión tiene interés por las voces masculinas. En 1952 Carlo Tagliabue ya no es joven, pero aún es capaz de retratar con una solvencia de medios imponente un personaje de una pieza, sí, pero coherente y desgarrado, aunque tiene cosas en el fraseo muy de villanísimo verista (esos
Parla! a Malatestino en el acto IV) ya muy caducos. El venéfico Malatestino de Mario Carlin es la otra baza del registro. Una prestación espléndida de uno más de los tantos grandísimos profesionales de los papeles comprimarios de aquella generación, y que solemos reducir generalmente a un único nombre. Prandelli no está tan bien. Sin duda es un músico serio que domina el pasaje de registros, pero no se ha terminado de "hacer" con el papel. Además, sus dinámicas suaves en el pasaje pueden ser discutibles, pero sin embargo, su lectura más bien delicada de la parte consigue hacer emerger un personaje
Bello muy contrastado con sus hermanos.
Caniglia ya no puede con el papel. Destempladísima, calante a más no poder en el agudo, monótona y sin contrastes en el fraseo, muy poco sutil en sus cantables... una
Francesca da Rimini sin Francesca.
El (para mí) completamente desconocido Antonio Guarnieri, abandonado por el mal sonido y la pésima protagonista, dirige con imprecisiones pero con más comprensión de lo que cabía esperar de esta partitura rara y compleja, aunque los cortes (la escena de la pesadilla del acto IV y muchos bocados del acto II) son relevantes.