

He estado viendo estos días las dos recientes (y únicas hasta el momento) versiones en vídeo de
Alzira (sí, reconozco que soy un pecador reincidente porque me encanta la ópera maldita de Verdi) que se han publicado, una del sello Hardy, y la otra dentro del
Tutto Verdi. La primera recoge una función de Parma de 1991, y la segunda, una versión en concierto de hace sólo unos meses (Septiembre de 2012), en el Festival de Alto Adige (no tenía ni idea de la existencia de tal festival). Y son dos ejemplos perfectos para constatar la decadencia del canto en los últimos veinte años. Las dos versiones pueden ser perfectamente comparables porque son muy parecidas en cuanto a recursos: producciones modestas, cantantes de saldo y todo sin mayores pretensiones, pero aún así hay muchísima diferencia de nivel vocal entre una y otra, ganando por goleada la más antigua.
En la de Parma cantan una japonesita rolliza de nombre Keiko Fukushima, de la cual nunca más se supo, pero que tiene una voz con pegada y las da todas en un papel difícil como suelen ser todas las sopranos verdianas de galera. El tenor es Maurizio Frusoni, un cantante de provincia italiana, pero que se defiende con cierto decoro. Y el barítono, Giancarlo Pasquetto, cumplidor, aunque en la escena final (uno de los mejores momentos de la partitura) se viene arriba con un canto recogido de muy buena factura. La dirección de orquesta (no es la orquesta del Teatro Regio, sino una juvenil, con todos sus miembros muy verdes) es de un Maurizio Benini antes de hacer la primera comunión y con melena al viento

. Dirige a mandoblazo limpio, pero no se le puede negar que mantiene el pulso con gallardía.
La versión moderna es, en términos vocales, un espanto (si alguien estaba pensando en comprársela, que ni se le ocurra). Los tres protagonistas, Junko Saito (Alzira), Ferdinand von Bothmer (Zamoro) y Thomas Ghazeli (Gusmano), son para salir huyendo sin mirar atrás, con las voces descolocadas, sin los más elementales recursos técnicos, y un verdadero suplicio para cualquier oyente con los tímpanos en condiciones. El barítono, además, es un tormento también para la vista, dadas la cantidad de gestos, muecas, contorsiones y aspavientos con que acompaña su “no canto”. Una pena, porque, en este caso, la Orquesta Haydn de Bolzano e Trento y el director, Gustav Kuhn, son de un nivel bastante potable.
Para que luego digan que “veinte años no es nada”...
