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Ayer se llenó Les Arts, pese a los agoreros y a ser martes (y trece), un día de la semana que no favorece los desplazamientos, para ver una ópera del repertorio tradicional, pero que cada vez se hace menos por falta (dicen) de voces adecuadas. Y efectivamente, el reparto reunido no resultaba a priori excesivamente atractivo y no digamos la “producción” (de esto hablaremos después ). Si el teatro se llenó de un público supongo que casi exclusivamente local, hay que atribuirlo a algo que, de puro simple, olvidamos muchas veces: el mayor tirón de una ópera es la obra en sí. Y en este caso, por razones de predilección personal absoluta, no puedo (ni quiero) olvidarme del autor: D. Giuseppe y sus personajes, el jorobado burlón y perverso que adora a su hija, el noble altivo y sinvergüenza, la chica que se deja seducir por el falso “studente” y luego da la vida por él, el asesino paradigma de la profesionalidad y su hermana, una p**a que lamenta el asesinato pero no quiere renunciar al negocio. Una galería de tipos enmarcados por una música magistral, increíble, estratosférica, entre la que se encuentran algunos de los fragmentos más famosos y difundidos de toda la Ópera en general. En particular ese segundo acto es el que yo, sin dudarlo un momento, señalaría si me pidieran que eligiera un solo acto entre toda la producción operística conocida.
Adriana di Paola (Maddalena). Compuso adecuadamente su personaje con una voz no muy grande pero agradable, y gran desenvoltura escénica.
Paata Burchuladze (Sparafucile). Un auténtico bajo. La voz sigue conservando el volumen y la rotundidad que le dieron fama, si bien ha adquirido un trémolo que no molesta demasiado. Con su veteranía, compuso un estupendo Sparafucile.
Helen Kearns (Gilda). Actuó en sustitución de la anunciada inicialmente. Mostró una voz de volumen suficiente (no es un “jilguerillo”), y tuvo su mejor momento en el “Caro nome” expuesto con gusto y coloratura aceptable. Alguna destemplanza en los agudos, sobre todo en el que cerró la “vendetta”.
Ivan Magri (Duca). Para mí, la sorpresa de la noche. Le conocía a través del DVD de “Un giorno di regno” en el que no me había gustado nada. Mejora muchísimo en vivo (o ayer tuvo la mejor noche de su vida), empezando por la voz, que no es tan ligera como me pareció en video y que sube con facilidad al agudo. Hay que agradecerle, junto a la soprano, que resucitara la tradición (antiguamente, obligación) de irse al re bemol al final del dúo. También concluyó en punta el “Possente amor” (gracias al Cielo, que se ha desterrado ¡por fin! la absurda tradición de cortar este estupendo fragmento). Pero no queda ahí la cosa: dio una muy ajustada versión de “Parmi veder le lagrime” terminada en “pianissimo”, de “La donna é mobile” en la que no hubo aplausos porque la batuta los impidió y de “Bella figlia del amore”. Hay que ver cuánto canta el Duca, y eso que no es el protagonista.
Juan Jesús Rodriguez (Rigoletto). No le había escuchado nunca, y tenía ganas de hacerlo, dado el buen cartel que tiene en el Foro. La voz tiene un timbre muy grato y canta con expresión. Compuso un Rigoletto de buena factura, sin excesivos histrionismos. Su mejor momento fue “Cortigiani” sobre todo en la segunda parte, cuando Rigoletto se vuelve suplicante. Le falta, para mi gusto, un poco más de “poderío baritonal”. Fue muy aplaudido con entera justicia.
Orquesta y coro, muy bien, como siempre. Lo extraño sería lo contrario.
Wellber dirigió con buen pulso, matizó más y abusó menos del volumen de lo que ha sido habitual en él. Creo que esta ha sido la vez que más me ha gustado de todas las que le he visto.
La producción: Por una vez voy a deshacerme en elogios. Decorados monumentales, pero bellísimos, que dejaban perfectamente claro cuál era el ambiente de cada escena. Desde luego, no dejaban nada a “la imaginación del espectador”. Vestuario colorista sin estridencias totalmente adecuado a la época. Nada de corbatas, gabardinas ni maletas. No se hizo nada por “acercar la obra a la mentalidad del público actual” por la elementalísima razón de que es inútil, ya que los hechos que suceden en ella nada tienen que ver con dicha mentalidad . Bueno, sí, el amor de un padre por su hija es algo eterno (doy fe, a mí me pasa, y tengo cuatro hijas) pero precisamente por eso no es necesario acercarlo. El comentario generalizado al final de la función era unánime, al menos en las opiniones que yo recogí de primera mano: “Ya estaba bien de cosas raras”, y eso que en Les Arts no hemos padecido demasiadas, pero es que lo del Trovatore y Medea fue de juzgado de guardia.
Calificación: ¿Aprobado alto? Venga, Notable.
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