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El planteamiento de un título de Verdi, y más de uno de la (primera) madurez del compositor, es hoy día un reto "defensivo" para cualquier teatro: el de alcanzar el umbral de la dignidad, dado el deficiente panorama de voces para este repertorio que vivimos en nuestros días (especialmente, entre las cuerdas graves masculinas). Si la Forza del Liceu alcanza ese umbral, lo es sobre todo gracias a la labor de Renato Palumbo frente a la orquesta: acompaña a los cantantes con habilidad, les auxilia cuando pierden ritmo y contribuye a que llenen el teatro con sus expansiones, y en suma, da vigor y sentido del drama a una partitura heterogénea como pocas (condición que, sin embargo, cada vez me atrae más de esta partitura fascinante). Sin embargo, de ahí a los altares a los que lo está elevando la crítica especializada, va un trecho. Por un lado, porque el desequilibrio entre la percusión y el metal, por un lado, y el resto de la orquesta, por otro, es bastante pronunciado (también en la aplaudidísima obertura, que aquí sirve, un poco alla años 40, de interludio enter los actos I y II), y por otro, porque el trabajo de fraseo con los cantantes no pasa de lo genérico (poquísima ironía en toda la parte del Son Pereda, ninguna emoción en el anodino venite fidente alla croce, apenas diferencia entre el severo Sull'alba il piede all'eremo solinga volgerete y el inmediato consuelo de ma prima dal pane angelico conforto all'alma avrete en que se ofrece a la penitente una última comunión, y tantos otros ejemplos). La profesionalidad la tiene toda el sr. Palumbo, pero en creatividad, imaginación y fantasía, aún le queda.
Muchas más sombras que luces, por desgracia, en el cast que cantó el viernes 4 de octubre. El mejor de todos, paradójicamente, fue el barítono francés Ludovic Tézier, que construyó frases muy hermosas en Son Pereda, en Solenne in quest'ora, y el aria Urna fatale, el momento más aplaudido de la noche. La voz, de volumen moderado, es hermosa y dúctil, aunque el extremo agudo no termina de estar en punta, y en consecuencia, suena algo mate. A partir de la cabaletta (abreviada, nuevamente, alla años 40 y privada de sus frases largas tipo Leonoooora, ove t'ascondi? Ove t'ascondi?"; este espíritu musicológico de quita y pon no deja de hacerme cierta gracia) el cantante fue consciente de estar penetrando en terrenos mucho más desfavorables y se mostró muy prudente, casi frío, en los lances de los apasionados dúos siguientes con el tenor. Así, hubo un muy buen cantante en escena, pero difícilmente podría decirse que hubiera un Don Carlo de Vargas.
Para hablar del tenor y la soprano hay que bajar algunos escalones. Violeta Urmana tiene (aún) una voz bruñida, un centro suntuoso, una dicción envidiable y temperamento de verdadera artista, pero los agudos, sencillamente, ya no están. Uno tras otro fueron saliendo forzados y abiertos, desestabilizados por un vibrato sísmico, y ello arruinó numerosas intervenciones como el Me pellegrina ed orfana (el La natural de sì gran dolor fue especialmente gritado e hiriente), el dúo con el tenor y varias partes del dúo con el Padre Guardián. Más salvables fueron la Vergine degli Angeli, la gran aria Pace, pace, mio Dio (donde el horrible Sib4 de invan la pace, fortísimo y tembloroso, fue redimido por uno mucho más solvente en la última maledizion!) y el (nada fácil) terceto final. Y ésa fue la tragedia: que cantante hay de sobra. Lo que no hay es soprano.
Marcello Giordani sí que tiene agudos, y casi podría decirse que es lo único que tiene, porque el contraste (notorio en O tu che in seno agli angeli) con un centro áfono en el piano e insuficientemente sostenido por la columna de aire fue un tanto embarazoso. El slancio (a su forma) y un fraseo algo más vigoroso que el de Tézier lo condujeron con cierto interés hasta el final de la obra. Pero el cantante había decidido que la misma, en lo que a él concierne, comenzaba en el aria del tercer acto, y como Urmana también había decidido que hasta el Madre, pietosa Vergine la ópera no iba con ella, entre ambos ofrecieron una versión desastrosa, infame, el dúo del I acto. Giordani entró en escena de forma destimbrada y casi amateur (la frase inicial del Don Alvaro, en la que ha de ir al Sol3 sobre la vocal U de congiunge, es muy complicada), y el dificilísimo Pronti destrieri, escrito en un crescendo imposible sobre el pasaje del tenor que culmina en el Sib3 de splendore y luego se replega en soli, o diletta, ne troverà, ni siquiera se esforzó en timbrarlo. Una basura ante la que el Liceu, que podía callar o abuchear, calló.
Bien la Preziosilla de Marianne Cornetti en Al suon del tamburo (el ensordecedor ataque de Palumbo nos impidió saber qué ocurría en el Si4 de ed io sarò con voi) pero fatal después en el Rataplan (¿quién se inventó que, como está en Do Mayor, esta pieza es fácil de hacer?). Gratísima sorpresa la de Vitalij Kowaljow como Guardiano: voz bien timbrada de bajo, no hinchada artificialmente, y línea de canto respetabilísima. Faltaron matices para terminar de conmover, pero eso se aprende con el tiempo. Relativa decepción, sin embargo, el amorfo Melitone de Bruno de Simone, un señor que es tenor, barítono y bajo a la vez y que tiene intenciones de fraseo un tanto cáusticas y no siempre muy imaginativas, pero al menos tiene la voz fuera y una dicción excelente.
En suma, una función que, si quería ser digna, sólo lo fue a ratos. Sin embargo, terminada la sublime música del terceto final, el espontáneo de la noche gritó: "¡VIVA VERDI!". Pese a todo, era verdad.
PD. Contentísimo de no haberme cruzado con absolutamente nadie conocido, como en los tiempos en que internet no existía y los aficionados a la ópera teníamos intimidad.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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