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Muy disfrutable la función de ayer. La verdad es que Boris Godunov, cuando la conoces y la sientes, se te pasan volando las 4 horas de función tal y como fue mi caso. Ahora bien, no es oro todo lo que reluce. En principio la realización musical no pasó de lo correcto salvo excepciones honrosas, que mencionaré dentro de nada. Sin duda, lo mejor de todo es la oportunidad de disfrutar de la partitura completa de esta ópera, que nunca decepciona, tras 5 años de ausencia.
La dirección musical corrió a cargo de Hartmut Haenchen, quien nos impresionó el diciembre pasado con Lady Macbeth de Mtsensk. Sin embargo, en esta ocasión resultó ser en muchos momentos bastante anodina: la primera parte fue totalmente plúmbea. No obstante, en la segunda parte( desde el acto polaco hasta el final) la orquesta se superó y estuvo estupenda, alcanzando momentos de gloria en la escena de la catedral de san Basilio, que para un servidor fue el mejor momento de la velada. Pero estuvo lejos de alcanzar el nivel de la Lady Macbeth. Anoche Haenchen me recordó en los peores momentos a López-Cobos cuando estaba poco inspirado: un maestro que sólo se limita a acompañar a las voces.
Lo mejor de esta velada ha sido sin duda el coro. En una ópera donde el pueblo ruso es el principal protagonista es preciso que el coro deba dar mucho de sí, tanto como Boris. Pues no sólo el coro dio más de si sino que demostró ser uno de los coros más punteros de nuestro país, y si persevera en su labor, será un coro de referencia en Europa. En todas sus intervenciones sus voces poderosas parecían meterse en los tímpanos de uno. Quizá el único momento de debilidad lo encontraríamos en el comienzo del acto polaco, cuando sonaba tan flojo como la orquesta. Pero el momento cumbre se alcanzó en la escena de la Catedral de San Basilio: en el momento en que Boris sale de la catedral y el pueblo grita "Por Dios misericordioso, pan para el pueblo hambriento" el coro sonó a una potencia tan desgarradora, en unión a la orquesta que realmente se me hizo un nudo en la garganta. Increíble.
Gunther Groissbock interpretó a un Boris correcto, sin más. De comienzo tímido en la escena de la coronación, su mejor momento fue el primer monólogo del acto segundo. Después muy flojo y por debajo: una escena del reloj sin pena ni gloria, y una muerte que si conmueve no será por su canto sino por la belleza de la música de Mussorgsky. Es la suya una voz que no molesta pero que no transmite nada: parece que ha venido a cumplir, y ya.
Michael König fue el Falso Dimitri. La verdad es que este tenor, asiduo del Real por la gracia de Mortier, ha evolucionado desde la primera vez que le vi en el Mahagonny. Entonces me espantaba la idea de que un tenor con voz para secundario tuviese proyectado cantar roles de tenor principal. Ayer, debo decir que no molestó. La voz sonaba correcta. Si no se hubiera cantado el acto polaco diría que hasta fue muy destacable. Dicho acto lo sacó, no obstante con dignidad: es cierto que se necesita un tenor de voz que suene más a lírico que la de König, pero repito que no fue para tirarle verduras. Es más, al final el dúo fue capaz hasta de soltar un agudo que sin ser la alegría de la huerta tuvo cierta permanencia y sonoridad. Visto así y en este punto de su evolución vocal, no me extraña nada que esté programado para cantar Lohengrin: es más, el día que lo haga no va a causar tanta mala impresión porque visto el panorama wagneriano y quitando a unos tenores escogidos por la naturaleza para cantar el rol la gran mayoría suena como este tenor.
Una sorpresa agradable fue Julia Gertseva. Gran Marina la suya. En su primera intervención sonó firme, segura, con una voz contraltada al estilo de las grandes de la escuela rusa como Arkhipova u Obraztsova. A mí a veces me recordaba un poco a esta última. Toda su intervención en general fue admirable: una voz muy armónica, que corre por toda la sala y agradable de oir. Si sigue así será una referencia del papel en el futuro.
El otro gran punto de la noche junto a Gertseva y el coro fue Dimitry Ulyanov como Pimen. Una grata sorpresa, como ya lo fue en Iolanta. Una bonita voz de bajo que defendió bien el rol del monje.
Andrey Popov cantó bien el rol del Inocente.
Por último, mencionaré a Anatoli Kotcherga: aceptando que es el único rol para el que vale, no noté el estado lamentable que mostraba en el Onegin. Bueno, es el rol de Varlaam un rol que necesita más actuación que canto pero quizá por ser la parte que más dominaba pues la resolvió. Había olvidado (cuando le vi de Pimen en 2007) el volumen vocal de este bajo ladrador. No sé qué tal vaya a cantar el rol del Comendador mozartiano pero no será por defecto de decibelios.
El resto de comprimarios, entre bien y correcto. Mención para el guardia del prólogo, cuyo nombre no sé localizar en este momento. Stefan Margita cantó bien el Shuiski. El resto, pues bien sin más.
La puesta en escena de Johan Simons era espectacular, pero esto hay que tomarlo con pinzas. Realmente ese patio ruinoso de hormigón que simboliza a un país en crisis tenía sus puntos, pero en las escenas más intimistas podía resultar aburrido. Por ejemplo en la escena en los aposentos de Boris la dirección de actores resultaba aburrida. Nunca había visto una escena del reloj más aburrida. Boris debe sofocarse, sentir que el fantasma se le mete por el cuerpo. Pero no: se queda totalmente quieto y sentado tranquilamente en su silla. Toda ella daba el ambiente de un país al borde de la quiebra. Pero señalaré dos momentos de gran belleza:
1. En la escena de la Catedral de San Basilio, el coro y la orquesta, unidos en un momento de explosión musical, extiende sus cuencos al público, pidiendo pan, mientras que Boris y Shuiski se tapan los oidos para evitar oir ese lamento desgarrador, como políticos que viven ajenos a las carencias del pueblo. Impresionante. A mí se me hizo un enorme nudo en la garganta.
2. Toda la escena del bosque de Kromy. Hay un momento en que se ponen a dar zapatazos y a tirar cosas por las ventanas. Recordaba todo a C(h)oeurs. Y al final, cuando el inocente canta su lamento, unos encapuchados vienen y abrazan al idiota, como asentando la verdad de su predicción.
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