Agosto es un mes peligroso, amigo gakugeki. Ya sabe usted: las crónicas de sucesos aumentan sus páginas, la sangre corre que se las pela. Ahora lo llaman violencia de género. Cuando yo era joven, se decía crímenes pasionales o cosas más cursis todavía, pero nunca vulgaridades prosaicas, desde luego. ¡Cuidado con agosto! Es un mes muy perro: también hay famosos que les da por morirse en agosto de muerte, digamos natural. No falla y suelen esperar a finales, supongo que para mantener el suspense... hay que cruzar los dedos. Directores de cine clásico no faltan a la cita (Fritz Lang, John Ford) claro que, como cada vez quedan menos, las posibilidades disminuyen. Por llevar la contraria y dar la nota, que era lo que le encantaba, a Hitchcock le dio no por morir sino por nacer en agosto. Papas carismáticos también se mueren en agosto: Pablo VI. Actores ni le cuento y este año ya vamos servidos con lo de Liz Taylor y Farley Granger en marzo, otro mes muy perro, por cierto. Karl Böhm se murió en agosto, mejor no sigo.
Esto viene a cuento de que le veo a usted con un talante muy de agosto, ahí encerrado, lo que me hace gracia y me anima a seguirle el juego. A riesgo de que, como usted bien dice, terminemos convirtiéndonos en sicofantes de nosotros mismos. Es un juego muy delator, el que propone, y no voy a rebuscar mucho. A mi edad ya me da igual ocho que ochenta, o que me tomen por lo que soy o por lo que no soy. Pero a bote pronto, hay un par de momentos de ópera que siempre me ponen muy cachonda, incluso sin necesidad de verlos representados. Y no están precisamente lejos del
bondage, palabra que cita usted, no yo.
Uno es de cajón: el
Or tutti a me del final del segundo acto de
Traviata, hasta la apoteosis del
Che qui io pagata l'ho, antes del concertante. La humillación de Violetta, vamos. A mí me hace eso un hombre de verdad, como dice Alaska, de los
viriles, vamos, y me desmayo, no de humillación sino de otra cosa. Ahora bien: tiene que saber tirarme como es debido los billetes. Yo siempre digo que, para cantar bien Alfredo, hay que saber tirar bien los billetes, sólo un poco por encima de la cara, aunque dirigidos a ella, y que revoloteen a sus anchas como una espectacular lluvia dorada de siniestro confeti. En los teatros he visto esos confetis de todos los colores. Espero ese momento para juzgar como se merece al cantante. Colecciono ese momento, en resumidas cuentas. Y me suelo reir mucho cuando no lo hacen bien. El último más divertido fue un desconocido tenor, en Bratislava, que se los tiró directamente a la barriga de Violetta. Yo soy Violetta y le devuelvo una hostia que se va a enterar. Se lo va a tener que sacar papá Germont desmayado de escena, para empezar. El último tenor que me lo hizo bien, aunque ya sé que no es el Alfredo ideal, es Jonas Kaufmann en el pintoresco montaje de Marthaler, con Christine Schafer. Una producción, por cierto, muy inteligente y hasta divertida.
Total que así se hace:
http://www.youtube.com/watch?v=Qf3ccetEirgDelirante, desesperado, fuera de sí, con un arrebato más allá de la ira: pura locura furiosa y arrepentida, necesidad insaciable de Violetta. ¡Qué bien vuelan esos billetes! Eso sí que se llama crimen pasional.
Mi otro momento se lo cuento mañana, si hay tiempo, que por hoy voy servida ya de hombre y no quiero ponerme más todavía.