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Esta vez no puedo dar otra nota que no sea la matrícula. Es mi ópera favorita, de mi compositor favorito, y además un acontecimiento decisivo en la historia de la música. Un parte aguas, gracias al lenguaje musical atrevidísimo para su época (un lenguaje que se alejaba de los patrones tradicionales y proyectaba su influencia hasta los momentos que precedieron a la disolución del sistema tonal, durante el periodo de entreguerras), y a la complejidad de sentimientos expresados: la pasión, el sentido oculto de la lucha entre amor y muerte, la lealtad y el triunfo final del amor.
Desde el Preludio que comienza y acaba en el más mortal de los estatismos y que acumula en su parte central un grandioso caudal de tensiones crecentes, asfixiantes, obsesivas, terribles y aniquiladoras; sólo liberadas tres horas y media más tarde, en el momento de la transfiguración donde Isolda renuncia a la vida y a su propia individualidad para unirse a Tristán y al resto del cosmos en la muerte; en la recuperación de la identidad, de su identidad con Tristán, mediante la disolución en la nada, en una unidad innominable. Nos encontramos con oro puro. Con la sublimación de una historia de amor. De la mayor historia de amor. Y a la vez la más sencilla e intensa.
Es simplemente el drama más grandioso creado por Wagner, y la ópera más extraordinaria que conozco y que nunca me cansaré de escuchar. Así, desde la alucinada inmovilidad del primer acto, hasta su grandiosa explosión de apasionamiento, cada vez más grandioso e impetuoso, que se espera orgásmico, apaciguada sólo por la contemplación de la noche-muerte, el grito y la entrada de Kurwenal y el melancólico dolor del rey herido en el segundo acto. Hasta su prolongada agonía y el canto funeral de Isolda en el tercer acto. Todo, absolutamente todo, me fascina y sublima. Es la obra que me ha acompañado toda la vida, desde que la descubrí hace tiempo y que me permitió acercarme a la grandiosa reforma Wagneriana. Y la que más escucho, por encima de otros dramas wagnerianos como Parsifal y El anillo, y eso quiere decir, evidentemente, que es una de las cinco o seis piezas que más frecuento. Y para mí, la ÓPERA, así, con mayúsculas y negritas. Palabras me hacen falta para expresar mi devoción por ese monumento musical. (La ópera para envolverme y morir)…
Y quizás a algunos no les guste, lo entiendo perfectamente, digo es normal que a un amplio sector de aficionado, sobre todo al aficionado a las voces, les desagrade sobremanera una obra totalmente estática llena de pasajes orquestales, largos diálogos y muchos monólogos, y donde la acción se reduce a unos pocos minutos; claro que también es un drama lleno de pasión, cuya tensión alcanza el paroxismo. Pero eso no significa que no sea posible valorarla adecuadamente como lo que es: un punto crucial en la civilización Occidental donde el genio de Wagner lleva hasta sus límites los procedimientos de la "melodía infinita", donde combina conceptos opuestos y a la vez complementarios: por un lado construye explosiones grandilocuentes desmedidamente dilatadas; por el otro, usa procedimiento de conclusión evitada, lenguaje de silencio, de inmovilidad y, en consecuencia, de suspensión. Para dar vida al mito de Tristán e Isolda.
Por lo demás sólo quiero dejar en claro que renuncio a la idea de hacer una especie de campaña pro-Tristán, como se ha hecho con otras óperas para intentar que sean poseedoras de una nota altísima. Porque me parece absurdo y porque el enorme valor de Tristán e Isolda como obra de arte total se impone por sí mismo, con independencia de la nota impuesta por un grupo de melómanos. (Si hubiera una especie de Olimpo de las óperas, estaría ahí compartiendo espacio con: Pelléas, Don Giovanni, Wozzeck, Otello y esa ópera, siendo la más joven en pertenecer, tan cercana al oratorio llamada Saint François d'Assise -que sigue pareciéndome aburridísima-).
Tristán es simplemente único:
<center>[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=RZNHPwS4vmU[/youtube]</center>
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