|
Para mí fue muy especial poder ver dos funciones de una de mis óperas favoritas, la que me hizo amar definitivamente el género y cuyas brumas, silencios y enigmas me han acompañado permanentemente desde entonces. Vi ambas funciones igual que escucho siempre esta ópera en casa, disfrutando de su infinita calidad musical y su brillante pulso dramático (saboreando el libreto de Piper, nunca lo suficientemente elogiado), pero también buscando respuestas a las preguntas de siempre e incluso formulando algunas nuevas. La Vuelta de Tuerca es para mí encontrarme con una parte de la realidad apasionante, investigada con un lenguaje que cada vez entiendo mejor, que es mío. Bly se ha convertido en uno de los paisajes de mi propia vida.
Por eso agradezco al Teatro Real haberme dado la oportunidad de disfrutarla en tan excelentes condiciones. Josep Pons logró tejer con delicadeza e inteligencia los hilos de la partitura, marcando bien las densidades y los claroscuros, subrayando los colores de cada escena. Puede que faltara un poco de chispa, pero en una ópera así, a falta de una idea nueva clara, casi es mejor susurrar que gritar, mejor navegar en la corrección y el respeto que caer en la demagogia.
Emma Bell fue una Governess implicada y teatral, aunque muy poco personal. La voz, como se ha dicho, tiene cierta riqueza en el centro, es densa, de timbre reconocible aunque no especial. Aunque el agudo es estridente y abierto, en el resto de la tesitura la voz está bien controlada y la regulación es francamente buena. La dicción inglesa inmejorable, como la de casi todos sus compañeros, se podía seguir bien todo el texto. No hace una creación (como sí lo consigue Mireille Delunsch, por ejemplo), pero es una Governess creíble.
John Mark Ainsley hizo un Quint casi ideal, más humano que fantasmagórico. Su voz ligera pero con un punto de rudeza favorece la concepción del personaje que propuso McVicar: más que un seductor fantasma es un ser querido en el recuerdo. Sus gestos y su forma de decir en la escena VIII eran las de un compañero, el guía, el apoyo que da las respuestas que todos hemos buscado con 10 años, cuando todavía nos atrevemos a indagarlo todo. Algo apurado en lo más alto de la tesitura, el resto es un prodigio de adecuación estilística, perfecto en la coloratura y sugerente en la regulación (y esos glissandi brittenianos). Frente al monstruo de Robert Tear, al caballero de Pears o al fantasmagórico Bostridge, Ainsley es sencillamente un hombre, atrapado en el recuerdo (qué es un fantasma sino un ser con el tiempo suspendido, como el recuerdo).
Me gustaron mucho los dos Miles, pero me quedo con el segundo, Ramsay-Patel. Con la voz mucho más formada y más intenciones, aunque también más suelto y exagerado en escena, frente a la contención infantil de Shafran. En todo caso, excepcional actuación de ambos. La Flora de Fikret consiguió parecer una adolescente, con esa voz misteriosamente híbrida, detenida en medio de dos mundos. Era bonito (algo siniestro también) recordar con ella en el escenario el DVD de Aix. Igual que con McLaughlin, allí Jessel, aquí en el Real una correcta Grose, a pesar de que se fue un poco de tono uno de los dos días en su preciosa escena con la Governess del I Acto. Muy bien también la Jessel de Daniela Sindram, que tiene un material muy interesante, para papeles de más enjundia.
La dirección de McVicar tiene su inconfundible sello de teatralidad e inteligencia, a las que se suma un pudor comprensible hacia la obra, una respetuosa veneración. Y no me extraña. LVT, como Pelleas, por ejemplo, es una ópera frágil, como una vela que guía el camino en el pasillo. Si se toman decisiones demasiado fuertes el callado hechizo que la sostiene se viene abajo. Por eso McVicar propone en susurros, dejando siempre la interpretación al espectador: el delicado trabajo gestual en la escena VIII, de la aparición de Quint a Miles, mantiene la infinita ambigüedad de la obra; la diagonal en el You devil que tanto gustó a naietta y que deja abierta la interpretación de la frase final... Un respeto que no le impide sin embargo lanzar ideas apasionantes. Sería muy largo detallarlas todas, pero hay varias que merece la pena comentar. La muñeca de Flora como símbolo de la infancia perdida, por ejemplo (la careta del cerdito, los azotes... en el lago la muñeca duerme mientras Flora tumbada tiembla de un goce nuevo, el entierro como rito de paso en la escena de las campanas). Otra de ellas es la magistral pantomima de los fantasmas en la escena IX: McVicar cambia de código gestual y presenta a unos fantamas muy distintos de los de la escena anterior, de gestos exagerados, moviéndose en una especie de danza-lucha, un teatro de sombras en la imaginación de la Governess. No son así (tal vez no son), en esta escena son como la truculenta Governess los sueña, una Jessel que sale de su tumba (el detalle casi gore es definitivo para interpretar así esta decisión de McVicar), que murió cuando estaba tal vez embarazada... Llevar esta escena al mundo onírico de la Governess es un toque maestro, que además no atenta contra la ambigüedad general de la puesta: la ceremonia de la inocencia, el verso de Yeats que cantan los fantasmas, un concepto que en toda la obra aparece ligado a la Governess (en el prólogo, tras esa misma escena...lost in my labyrinth I see no truth...Oh innocence, you have corrupted me, etc.). Tal vez lo único que no me gustó fue la Flora satánica de las dos últimas escenas, que literalmente asusta, pero en mi opinión desequilibra un poco el tono. En definitiva, deslumbra como casi siempre en él la capacidad de ambientación, la variedad de lenguajes teatrales, la comprensión íntima de la obra y el detallado trabajo gestual.
La escenografía de McCallin aporta una ambientación genérica (como se ha dicho, “lo que se espera de LVT”) -mobiliario victoriano, madera, vidrieras con enredaderas- y se preocupa por reducir un espacio que siempre parece grande para una obra como ésta. Al final lo que consigue esa buscada intimidad es la maravillosa iluminación de Silverman, que separa espacios con eficacia y mantiene la escena, salvo golpes de efecto, en una sugerente penumbra.
En definitiva, unas maravillosas noches de ópera en el Real. Es verdad que a lo mejor les faltó ese algo que hace una función redonda, que te hace salir eufórico. Pero tal vez sea la propia naturaleza compleja, agridulce e imperfecta de una de las obras de arte más apasionantes del siglo XX.
|