En primer lugar, ya saben que soy enemigo de las categorías excluyentes y que no termino de cogerle el sentido al hecho de que Marina, Maruxa, Adiós a la Bohemia y El Retablo de Maese Pedro (

) "son ópera" y Doña Francisquita (uno de los grandes exitazos de Kraus en el Liceu), Luisa Fernanda (que se ha hecho en estos últimos años en teatros tan poco sospechosos de provincianismo como el Real o la Ópera de Washington) y la Tabernera del Puerto "no son ópera". Y no es demagogia: es que de verdad no lo comprendo.
En segundo lugar, creo que el costumbrismo de la zarzuela está sobredimensionado, a menudo por desconocimiento (y espero que, al menos, no por complejo). En ese sentido, creo que la zarzuela lleva tiempo usando champús anticaspa y cremas Loreal muy buenos y su parte de tarea contra el envejecimiento ya lo va haciendo. Ahora, al que le toca es al público.
Yo, personalmente, y más allá del recuerdo sentimental por otra época, hay veces que la zarzuela me conmueve enormemente. Rara vez contengo las lágrimas en el aria de la carta de Gigantes y cabezudos o con el
Qué tiempos aquellos del Manojo, con esas dos personas diciendo trivialidades y obviedades mientras sus ojos, su música, su corazón va pensando "
Madre de Dios, con lo felices que podíamos haber sido, ¿qué hemos hecho con lo nuestro? ¿Cómo hemos podido ser tan idiotas?". Porno hablar del dúo final de Chulapona: lagrimooooones...
Chapí no sería Wagner, ni Wagner era Britten, ni Britten era Offenbach, ni Offenbach era Sorozabal
(ya quisiera) ni Sorozabal era Verdi ni Verdi era Léhar. ¿Y?
Es que puede ser que haya gente que conozca un montón de zarzuelas y no le guste ninguna, pero sinceramente, me cuesta creerlo, y sobre todo, me asusta pensar, y sobre todo viendo los becerros de oro que adoramos hoy en día, que sigamos pensando que "
Marcos Redondo cantaría zarzuela, pero cantar bien es otra cosa".