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Llama la atención la inmediatez con que el Teatro Real ha comunicado el fichaje de Michael Haneke.
El cineasta germano llevará a escena 'Così fan tutte' en 2012. Era la ópera que Mortier hubiera confiado a Almodóvar, aunque la resistencia del manchego se compensa con interés y la actualidad que reúnen el propio Haneke, Palma de Oro en el Festival de Cannes y realizador de culto a propósito de la desolación humana.
Mortier comienza a mandar en Madrid.
Su incorporación es oficial en enero, pero la noticia de Haneke lleva su firma, sus maneras y su impronta. No sólo porque lo ha reclutado él. También porque demuestra la cintura mediática del futuro condotiero.
Nada conocemos oficialmente de su primera temporada (2010-2011), pero Mortier anticipa la sorpresa de la segunda. No hubiera ocurrido así de haber recaído en Lars Von Trier la Palma de Oro. Es decir, que Mortier airea el nombre de Haneke cuando más notoriedad puede procurarle y cuando más puede impresionar la iniciativa.
Le han caracterizado siempre las artes de la comunicación al mercader belga. Unas veces en beneficio de la propaganda. Otras con razones y argumentos.
Desde este último punto de vista,
se antoja una buena idea encargar al cineasta alemán 'Così fan tutte'. Le concederá un tratamiento despiadado, inmisericorde, pero el lenguaje de Haneke, sublimado en La Croisette con 'El lazo blanco', forma parte del patrimonio contemporáneo y abunda, por más señas, en el repertorio de Mozart.
De hecho,
Gérard Mortier ya había logrado que el autor de 'La pianista' se iniciara en el género la ópera con 'Don Giovanni'. Ocurrió en París, hace tres años, en la penumbra de un montaje que equidistaba entre el esperma, la sangre y el alcohol.
No tuvo vértigo Haneke en leer entre líneas la ópera ni en introducir aportaciones argumentales.
La más polémica consistió en el beso que Don Juan estampa en la boca de su criado, aunque la más valiente provino de haber suprimido el trasfondo metafísico de la obra. No hay cementerio ni escenas espectrales. Como tampoco se produce la venganza póstuma del Comendador. Don Giovanni muere acuchillado a manos de Doña Elvira con la complicidad coral de los demás protagonistas, todos ellos capaces de arrojarlo por la ventana de un rascacielos embadurnado de sangre y de vino.
No hay moraleja ni moralina. Al contrario, el gesto homicida colectivo enseña -demasiado tarde- a los personajes que era mejor quemarse con el fuego de Don Giovanni que templarse con la cotidianidad.
Seguramente no era la versión piadosa que esperaba aquella noche la esposa de Chirac, ensortijada en el solaz del palco, pero Haneke concibió un espectáculo espeluznante y visceral que extrapolaba eficazmente la trama a la realidad contemporánea. De hecho, su Don Giovanni acontecía entre las paredes de una corporación internacional y se atenía a las reglas implacables de la sociedad competitiva. Por eso el personaje central era un yuppie despiadado que llevaba al extremo la hostilidad contra las reglas establecidas. Antes de la crisis.
Los antecedentes prometen un 'Così fan tutte' descarnado, físico, brutal. No tanto por las escenas explícitas que pueda haber como por el retrato psicológico de los personajes. Ahí radica el mérito de Haneke, cuyo oficio en el teatro y el cine le han permitido explorar, sin fondo ni piedad, el túnel de la mediocridad y de la vacuidad humana.
Montaje de Don Giovanni realizado por Michael Haneke en París.
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