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Saludos a todos
Recientemente colgué una crítica de la función de Maestros en Barcelona del 23/03/09 en el apartado correspondiente a críticas. A partir de ahí se abrió un hilo de discusión cariñosa entre el forero Lenz que le parece plasta Wagner y le gusta la ópera barroca entre otros. Y yo comentaba que para mi sensibilidad la ópera de verdad nace en Mozart y muere en Strauss. Que lo de antes es plasta y lo de después ininteligible.
Obviamente me corrigió un barroquista reclamando la paternidad de la ópera para Monteverdi, lo que no deja de ser estrictamente cierto.
Lucien Rebatet es un musicólogo francés que dejó "Una historia de la música", obra de unas 800 y pico pág. certera, completa, sin enciclopedismos y muy fácil de leer donde nos pinta un fresco de la historia de la música occidental y su desarrollo . Entresaco algún párrafo:
"Habíamos dejado la ópera napolitana en el umbral del siglo XVIII, cuando acababa de conquistar toda Italia. Al reencontrarla cuarenta años más tarde, en la cúspide de su prosperidad, vamos a alejarnos ligeramente de la música.
Asomémonos, en una velada de Carnaval, al teatro San Carlo de Nápoles, el mayor de Europa -tres mil localidades-, brillando con todas sus nuevas doraduras: acaba de ser inagurado en 1737, a pesar de que existen ya cuatro salas de ópera en la ciudad. Lo llena hasta los topes una multitud tan bulliciosa y agitada que se diría presta a amotinarse. La obertura, aunque la tocan ochenta músicos, no amortigua el alboroto. Durante los recitativos, el público se limita a continuar en una voz algo más baja las conversaciones entabladas. Se interpela bruscamente al amigo de un extremo a otro del patio de butacas. En los palcos, que son verdaderos apartamentos, se hacen visitas, se conversa, se sirven resopones, se inicia una partida de cartas. Nadie concede la menor atención a las evoluciones escénicas. La trama tiene, de hecho, tan poca importancia que se ha empezado la representación por el último acto, cuando muere la heroína, que se casará gozosamente mucho más tarde, al final del espectáculo.
Bellas damas, gentilhombres, comerciantes, faquines, todo el mundo ha venido únicamente para oír los aires del castrado favorito, de la prima donna de renombre. La aparición de estos divos es saludada por un clamor salvaje, mientras un millar de bastones, el taconeo de seis mil pies arrancan del suelo un rugido de trueno, el estruendo de una carga de caballería. Acto seguido se escucha el aire en un silencio de éxtasis, aunque cortado constantemente por sollozos, por gritos de júbilo. Si los aplausos no estallan mucho antes del final de la pieza, es una señal de que el favor del cantante o de la intérprete decrece. Las disputas sobre sus trinos degeneran entonces en una batalla campal. Estos tumultos no son privativos de Nápoles. El presidente De Brosses, acostumbrado a jugar plácidamente al ajedrez durante los recitativos, se siente aturdido por el griterío continuo de los milaneses, cuya efervescencia no permite distinguir una sola nota de los cantantes a los que luego ovacionarán triunfalmente.........
............Si el numeroso público presta tan poca atención a los recitativos no es solamente a causa de su práctica nulidad musical -el recitativo secco se ha generalizado-, sino porque conoce de sobra el argumento, o incluso los versos palabra por palabra con que lo han adaptado los poetastros. A decir verdad, existe un número infinitamente mayor de óperas que de tramas posibles, o en todo caso tramas que se juzguen dignas de interés. Hemos visto a los florentinos y a loa venecianos, desde sus primeros balbuceos, componer casi al mismo tiempo sobre las desdichas de Eurídice y la metamorfosis de Dafne. Estos hábitos se expandieron de una manera inimaginable. Los más de treinta librettos escritos por Metastasio, es especialista más conocido de esta clase de literatura, proveyeron a más de mil doscientas óperas. Algunos de ellos se utilizaron en setenta ocasiones. Era corriente que un compositor pusiera música al mismo texto cinco o seis veces... Así tratada, la ópera tiene mucho de concierto; de recital de canto, dirían algunos. Lo que pasa entre los fragmentos escogidos carece de importancia. Por lo tanto, a nadie le extraña si se invierte el orden de esos fragmentos, el de los actos donde figuran, o si se reemplaza un aire que gusta menos por otro escrito la víspera, o bien procedente de otra ópera......
.....Entre los autores de ópera, hubo muy buenos músicos cuyas obras restantes todavía se editan y se tocan. Pero, al trabajar para la escena, esclavizan su talento y su personalidad a una industria. Nos hemos forjado de la sociedad del sXVIII un ideal de elegancia, de ingenio, de cultura aristocrática. No obstante, conoció con su frenesí de ópera un fenómeno de vulgarización, análogo a los triunfos mundiales de todas las inframúsicas de nuestras democracias mediatizadas......."
Mientras en "ópera" estábamos con todas estas payasadas, Bach escribía sus misas y su pasiones.
Hasta Mozart la ópera no tiene el peso, la calidad y la excelencia de la verdadera músca al nivel (o superior) de cualquier otro género. Antes de Mozart hay protoejemplos, alguna ópera de calidad, Haendel, como excepción que confirma la regla.
Por cierto, la luces en un teatro las apagará por primera ver Wagner en Bayreuth.
Para Lenz, respecto a Dido et Aeneas, es una ópera que se puede escuchar... gracias al Lamento de Dido. Sin embargo, y lo dice Palinuro, piloto de la nave de Eneas, una lectura atenta del Libro cuarto de la Eneida es infinitamente más emocionante que la audición de la ópera de Purcell. Aquí la música sobra.
Un saludo wagneriano.
PS. Para los que se confunden, no solo escucho Wagner, ni muchísimo menos. Gozo con la buena ópera italiana.
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