En esta ocasión discrepo bastante de la opinión del señor Mitchum. Efectivamente, a mí me parece que hay un abismo entre la obra de Leoncavallo y la de Sorozábal, pero a favor del donostiarra. Seguro que es una manía mía, pero
Pagliacci es una obra que cada día que pasa se me viene más abajo, y en cambio
Black va para arriba sin parar. En conjunto me pareció una noche grisácea, que no acabó de despegar sobre todo por la dirección musical y la escénica. Renzetti presentó una dirección de absoluta rutina en general, pero quizás un poco más atraído por la novedad de
Black, regaló algún chispazo que otro, mientras que en
Pagliacci todo fue anodino y plano. Sin embargo, en la zarzuela pareció como si el maestro no acabase de asimilar la peculiar sonoridad de la obra lo que llevó a un desequilibrio muy evidente entre foso y escena, que es de suponer que a lo largo de las funciones se vaya arreglando. Dicho esto, también hay que mencionar que María José Moreno pasó muy desapercibida en la primera parte porque se reservó descaradamente. No es de recibo. Si considera que cantarse los dos papeles protagonistas en una misma noche es demasiado esfuerzo, debería de haber hecho como Juan Jesús Rodríguez, y alternar funciones en ambos roles. Esperemos que se trate de una circunstancia de la primera noche, y que según avancen las funciones sabrá dosificarse de una manera más equilibrada. En cualquier caso, la voz, cuando se le pudo escuchar en plenitud, pareció menos tersa que de costumbre. Como Nedda hizo una faena de aliño, pero ni el papel ni el estilo es el adecuado para demostrar sus mejores cualidades.
Aceptable trabajo de Juan Jesús Rodríguez como Black, con la voz menos enjundiosa de lo habitual y con sonidos mates, pero a cambio con más flexibilidad para los matices. Bueno también el White de Rubén Amoretti, que tiene un centro de voz precioso, aunque pierde por arriba y por abajo. Javier Galán como Dupont canta con gusto, pero debe evitar el abuso de relajar las vocales, que acaban por no distinguirse unas de otras, quedando todo en una especie de "a" abierta, que vale lo mismo para un roto que para un descosido. Y por cierto ¿por qué un barítono, por muy lírico que sea, para cantar un papel de tenor?...

Inaudibles el resto de personajes. Parte de culpa la tuvo el maestro, pero otra parte es de ellos por dejarse la voz en el camerino.
Jorge de León ha perdido brillantez en el registro agudo, que ahora suena más fibroso, y no parece involucrarse demasiado en las emociones de su personaje, que resulta muy distante y poco apasionado; quizás porque el cantante está más pendiente de soltar el pepinazo que de recrear un personaje a través del canto. Grata impresión la de Fabián Veloz (Tonio), voz de barítono auténtico, amplia y pastosa, aunque todavía por formar del todo. Habrá que seguirle la pista. Incómodo y tirante David Menéndez que no supo sacar partido de las melodías amplias de su personaje, un estilo que en principio le cuadra perfectamente a su manera de cantar. Y modosito el Beppe de Borrallo.
La puesta en escena se queda coja y pobretona. Una pena que no sepa sacar partido del juego de apariencias, fingimientos, máscaras y desencanto vital que brota a chorros de una obra como
Black, el payaso. Queda un vestuario lujoso y aparente, pero falta poesía y capacidad de ensueño en un escenario medio vacío y medio en penumbra. E igualmente poca inventiva en
Pagliacci, con un carromato enorme que ocupa medio escenario y dificulta el desenvolvimiento de la acción y de los personajes, en particular del coro, que se mueve como piojos en costura.
Exíto apotéosico durante la función, y también al final, con bravos, aclamaciones y desparrame de entusiasmo. Se nota la crisis y las ganas de desahogarse

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