Diario El comercio - domingo 27 de agosto 2006
¿Zarzuela u ópera?
Señalar de manera precisa los linderos entre la ópera y la zarzuela es algo un tanto vano. No cabe duda de que existen zarzuelas de género chico, en las cuales la parte musical es un conjunto de números insertados en una estructura fundamentalmente hablada, que forman parte de una tradición teatral que viene del siglo de Lope de Vega y Calderón de la Barca. Sin desmerecer a una u otra zarzuela del siglo XIX, el género en su conjunto de esa época representa una etapa de decadencia del teatro español, que no obstante adquiere popularidad gracias al carácter costumbrista que adquiere.
La influencia de la ópera italiana, en su edad de oro, es potente y determina el carácter y sentido del denominado género grande, que se constituye como la ópera española nacionalista de la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. He allí "Marina" o la propia "Doña Francisquita" como las muestras más representativas de esta llamada zarzuela grande, que no es otra cosa que la versión española de la ópera. Ópera cómica, opereta, o musical, estamos hablando, pues, en realidad de un gran género. La zarzuela, grande o chica, pertenece incuestionablemente a este gran mundo del teatro lírico que, a partir de la Camerata Florentina, con el surgimiento del melodrama conquistó los ámbitos aristocráticos, burgueses y, finalmente, avanzado el "siglo de las luces", los ambientes pequeño burgueses de Europa y América, convirtiéndose en el siglo XIX en el espectáculo por excelencia.
Comprensible el éxito de la zarzuela en Lima durante la misma época central de su producción. Así, apenas a un año de su estreno en Madrid, "Doña Francisquita", de Amadeo Vives, conquistó los escenarios americanos y hoy, refrescada por buenas puestas y cuidadosas ejecuciones musicales, puede aún interesar a públicos bastante numerosos, lo que ocurre inclusive en las ciudades norteamericanas con importante presencia hispana.
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La "Doña Francisquita" que ofreció
Romanza, bajo la dirección escénica de
Carlos Fernández de Castro, fue muy buena: excelente escenografía, esmerado vestuario en términos generales y convincente dirección en el plano actoral. La dirección musical de
Pascual Osa fue precisa y mantuvo el interés, a pesar de que la partitura, bastante bien orquestada y con algunos aciertos tímbricos y colorísticos, resulta a veces reiterativa por la insistencia en giros melódicos y rítmicos populares estereotipados, algo comprensible, por cierto, si nos atenemos a lo que el estilo significa.
El elenco, en general muy bien seleccionado, pero debo destacar especialmente a
Caridad Herrera, mezzosoprano cubana residente en Lima, en el rol de Aurora la Beltrana. Caridad canta con pleno dominio del estilo, siempre está en el papel (pareciera que siguiera inclusive al agradecer al final), baila y domina la escena con inteligencia y buen gusto. Magníficamente bien en términos vocales
Jacqueline Terry como Doña Francisquita. Esta soprano peruana ha encontrado el repertorio adecuado a sus estupendas dotes vocales. Pero hay que trabajar más con ella en el aspecto escénico, aunque no cabe duda de que merece mayores oportunidades y que debiera empezar pronto una carrera en otros escenarios.
Destaco especialmente también a
Mabel Perestein (Doña Francisca), que hizo gala de experiencia, dominio escénico y calidad vocal.
Los tenores
José Marino (Cardona) y
Enrique Ferrer (Fernando) muy bien en lo vocal y en los escénico. Bastante bien y convincente en su papel
Humberto Zavalaga (Matias).
Alternaron con solvencia y a la altura de la calidad general de la puesta,
Sonia de Munck (en el rol de doña Francisquita) y
Andrés Veramendi (como Fernando).
José Quezada Macchiavello