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Crítica del Mundoclásico.
La Coruña, 18.06.2004. Palacio de la Ópera. G. Rossini: ?La Donna del Lago? (La Dama del Lago), Melodrama en dos actos de Andrea Leone Tottola, basado en la obra ?The Lady of the Lake?, de Sir Walter Scott, en edición crítica de la Fundación Rossini en colaboración con Casa Ricordi, a cargo de Colin Smith. Versión concierto. Reparto: Juan Diego Flórez ('Giacomo V, ?Uberto?'); Iano Tamar ('Elena'); Daniela Barcellona ('Malcolm Graeme'); Robert Mc Pherson ('Rodrigo'); Nicola Ulivieri ('Douglas d?Angus'); Angelica Mansilla ('Albina'); Felipe Nieto ('Serano/Bertran'). Coro de Cámara de Praga. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección, Alberto Zedda. Aforo, 1800 localidades; Ocupación, 95%.
Julián Carrillo
Quien ha hecho alguna vez body-surf -y más quien lo haya intentado sin tabla- conoce muy bien las sensaciones vividas al aprovechar bien una ola de gran tamaño, desde que uno se monta en su cresta y la cabalga hasta que, finalmente, la ola rompe: es tal su fuerza, que uno pasa de ser apenas una molécula de proteína perteneciente al cuerpo de un gigante a sentirse el gigante mismo por la euforia que proporciona haber sabido aprovechar tan descomunal poderío. Es una de esas sensaciones que difícilmente olvidará quien las haya vivido. Como la de vivir un terremoto: al principio, sólo es un rumor sordo y muy grave de creciente intensidad, luego una vibración cada vez más fuerte y, finalmente, la gran sacudida. Incapaz del menor movimiento, uno se siente como un átomo más -acaso el más pequeño- de una gran montaña en marcha.
El epicentro
El concierto del viernes en el Palacio de la Ópera de La Coruña me hizo sentir ambas situaciones muy vívidamente y con gran intensidad. Y es que este Rossini ?como se suele decir de las interpretaciones de Carlos Gardel- cada día compone mejor; y mucho me temo que gran parte de la culpa la tiene un señor llamado Alberto Zedda, vecino de La Coruña, que, ante la ?acusación? de que su Rossini es lo que es y suena como suena por dirigir con varita mágica en vez de batuta, se defiende con la verdad más sencilla y luminosa que se puede decir sobre la labor de un director musical: amor y trabajo. Según Zedda, todo consiste en ?amar la música y trabajar con entusiasmo; eso se transmite a cantantes y orquesta?. Y al público, maestro, y al público; que el viernes salimos todos del Palacio de la Ópera auténticamente conmocionados, como si hubiéramos sido ? y lo fuimos- sacudidos por un fuerte seísmo.
Todo empezó, como arriba queda dicho, con un rumor suave de intensidad sonora y vibración emotiva y artística crecientes. Quien haya vivido el fenómeno Rossini/Zedda en anteriores ocasiones ya sabe cómo es esto. Sólo con Zedda, el famoso crescendo Rossini adquiere toda su dimensión emotiva y artística, actuando en quien lo escucha ?y no me cabe duda de que también en quien lo ejecuta- como una fuerza incontenible surgida de sus propios sentimientos y sensaciones. La Orquesta Sinfónica de Galicia demostró una vez más las altísimas cotas de calidad que puede alcanzar ?y a las que debería aspirar de forma permanente- cuando se abandona en las manos de un gran director y enorme músico como Alberto Zedda. La calidad y calidez del timbre de todas las secciones, el gran empaste de su sonido, el altísimo vuelo expresivo que llega a alcanzar cuando despega con él la convierten en un instrumento de la mayor categoría sonora y artística.
En cuanto a las voces, configuraron un gran conjunto de solistas y comprimarios. Ahora bien; cuando se llega a las calidades gozadas el viernes 18 en La Coruña, la agudeza auditiva se afina lo suyo y no todo sabe igual, porque nada es igual, realmente. La mezzo Daniela Barcellona fue el culmen de tanta belleza vocal. Desde sus primeras notas, surgió ese algo inaprehensible que se advierte cuando algo realmente grande está a punto de suceder sobre el escenario. Y sucedió, vaya si sucedió.
La gran sacudida
Qué difícil es encontrar una mezzo con tan grandísimo poderío vocal y tan increíble proyección de la voz, que la hace llegar a cada rincón del auditorio y a cada espectador como si sólo a él fuese destinada. Y tal torrente sonoro lo es de una voz con un timbre bellísimo, una emisión totalmente regular en todos los registros y una musicalidad y capacidad de interpretación tales que convierte en emoción cada nota y hace una completa obra de arte de cada recitativo (¡ese Mura felici!), de cada dúo, de cada aria. Las dos suyas provocaron dos fortísimas y muy, muy largas ovaciones, llenas de gritos de ¡brava! que dejaron a más de uno con las cuerdas vocales perjudicadas. Merecía la pena; quien volvía a cantar el domingo era ella, no los espectadores.
Nuestra ciudad, que tiene una larga tradición lírica tuvo la suerte de recibir hace dos años la visita de ese grandísimo tenor y excelente intérprete que es Juan Diego Flórez. Aquel concierto fue uno de los mayores acontecimientos vividos en los últimos años por los aficionados coruñeses a la lírica. No es pues de extrañar que, al salir al escenario, parte de los asistentes ?pese a hacerlo mientras sonaba la orquesta- comenzaran a aplaudir agradecidos al recuerdo de aquella gran tarde de música.
Desde luego, Flórez supo responder sobradamente, a lo largo de la noche, a las enormes expectativas creadas. Desde su primera intervención, el bellísimo timbre de su voz, sus perfectas vocalización y afinación, y su interpretación llena de todos los colores que requiere la difícil partitura de La Donna llegaron a lo más hondo de la sensibilidad de todos, haciendo saltar esa chispa que establece la comunicación entre escena y auditorio. Fue su voz la que iluminó sus duros dúos con Elena en el primer acto y la que en su aria del segundo, O fiamma soave electrizó de nuevo el Palacio culminando su soberbia actuación.
Elena es asimismo un personaje de gran dificultad. Su carácter romántico, unido al aura de misterio que lo envuelve, hace que su interpretación sea un gran reto para cualquier soprano. La georgiana Iano Tamar tiene un timbre de voz un tanto oscuro, claramente apropiado al mismo, aunque con un apoyo en la gola que suele resultar demasiado evidente por momentos, lo que sucedió también en dos escalas descendentes con un portamento interrumpido para cambiar de registro. Su composición del personaje resaltó muy bien el misterio y una cierta ambigüedad de sentimientos en el primer acto y la decisión heroica en el segundo que requiere el libreto. Notable alto.
Las réplicas
Nicola Ulivieri estuvo muy centrado en el personaje del guerrero rebelde y padre dominador. Su voz, como siempre que ha actuado en La Coruña, redinda, bien llena de armónicos, potente y expresiva. Por su parte, Robert Mc Pherson es un tenor especializado en el bel canto y posee una voz ágil y bien dominada por escuela, pero la emite con un continuo vibrato que resulta algo molesto a veces y, en los momentos más duros de su parte, su voz manifiesta una excesiva tencsión. No obstante, hace bien su personaje, especialmente los pasajes más heroicos. Los comprimarios respondieron muy bien a sus papeles y al reto que significaba su actuación junto a los ?monstruos? a quienes hubieron de dar réplica.
El Coro de Cámara de Praga estuvo sobrado de recursos y matices: Muy bien preparado por Lubomir Matl, cumplió sobradamente las exigencias de partitura y director.
El tsunami
Una última palabra para el gran artífice de esta gloriosa noche: El tsunami es la ola gigantesca que se produce a veces cuando un gran terremoto se produce en el mar, siendo su localización más frecuente el Océano Pacífico. El que se produjo el viernes 18 en La Coruña con epicentro en Alberto Zedda fue de una intensidad enorme, pero imposible de cuantificar, no se ha creado aún la escala adecuada. La ola gigante de arte que produjo transportó a los que tuvimos la suerte de asistir hasta las más altas cimas de la música de Rossini. Gracias, maestro.
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