



Hasta ahora, en mis audiciones, no había prestado atención a la cantante que, con total justicia y numerosos argumentos, puede ser considerada la mejor Salome de todos los tiempos, y a la que siempre se identificará con este rol. Me refiero, claro está, a la sensacional soprano búlgara
Ljuba Welitsch, a la que el propio Richard Strauss, en 1947, consideró la intérprete ideal de su princesa idumea. De su creación --que arrebató al público de la primera mitad del siglo XX-- han quedado grabados algunos pasajes clave (por ejemplo la escena final, que cantó con Karajan en 1948) y, sobre todo, dos representaciones completas registradas en funciones de la MET de los años 1949 y 1952, que nos permiten disfrutar del excelso arte de Welitsch en este rol, paradigmático de su carrera. A continuación analizaré ambas versiones, señalando desde ahora mismo que prefiero la segunda de ellas (la de 1952) por las siguientes razones: tiene mucho mejor sonido (aunque ambas sean en mono), el conjunto de su reparto es más redondo y la Wellitsch, aunque tres años de cantar duros papeles pasan factura, sigue sonando sensacional pese a todo.
Empecemos diciendo que la dirección de Fritz Reiner, auténtico experto straussiano, es estupenda en ambas versiones, pues conduce a la orquesta del famoso teatro neoyorquino con mano firme y segura, ritmo vibrante, gran teatralidad, excelente uso del
rubato y de las dinámicas en la escena de la danza (con un frenesí perfectamente marcado a nivel musical) y unos
tempi adecuadísimos en cada caso, obteniendo de dicha formación todo tipo de matices y claroscuros. La diferencia fundamental, una vez más, radica en la diferente calidad del sonido, que es muy superior en la versión de 1952.
Ljuba Welitsch, como ya he señalado, es la Salome perfecta en ambos registros: su voz suena límpida, cristalina e infantil. La naturalidad e inocencia de su canto, la variedad de colores adaptados a cada situación dramática, la intencionalidad del fraseo, la incisiva y nerviosa vocalización, lo vertiginoso de la misma en las primeras escenas (como si quisiera expresar la atolondrada juventud de la muchacha), el dinamismo, el modo en que construye la progresión dramática del personaje --desde la primeriza niña curiosa e inocente, hasta la monstruosa criatura que juguetea con los despojos del hombre que ha hecho asesinar--, el brillo en la zona aguda y la, pese a todo, solidez en la grave, la asombrosa proyección que le permitía hacerse oír a pesar de la densa orquestación, la naturalidad y aparente facilidad con que lo hace todo... En fin, un amplio conjunto de elementos que definen a una auténtica
fuoriclasse y una Salome de auténtico lujo, a la que es un placer escuchar. Aunque en los dos registros está excelente y en la de 1949 suela algo más fresca y desahogada, sin embargo personalmente prefiero la de 1952, tanto por el excelente sonido --que permite apreciar todos los matices--, como porque hace una caracterización tan perfecta y ajustada a lo que, en mi opinión, debe ser la princesa idumea que, difícilmente, ha sido superada por alguna otra soprano antes o después de ella.
En la versión de 1949
Herbert Janssen es un Jochanaam algo altisonante y bastante limitado en lo vocal, cosa hasta cierto punto comprensible, dado que en las fechas de grabación de estas funciones ya frisaba los sesenta años y llevaba casi treinta de carrera (había debutado en 1922). De hecho, cuando cantó en ellas sólo le quedaban tres para la jubilación, pues se retiró en 1952. Quizá por eso, encontramos un cantante que interpreta con estilo y gusto, pero cuya voz se caracteriza por los sonidos fijos, que clarea en la zona alta y cuya voz suena demasiado viejuna y limitada. En este sentido, me parece bastante superior el Bautista del gran
Hans Hotter, pues aunque suena menos humano y terrenal que Janssen resulta, sin embargo, magnífico en su hieratismo autoritario, en su iluminado fanatismo religioso y en su intransigente desprecio ante las insinuaciones de la joven
prinzesin idumea.
Frederick Jagel, en la versión de 1949, es un Herodes muy robusto, menos histérico que el de otros tenores (Lorenz, Stolze) y muy bien cantado, pero también creo que es superior el tetrarca que construye el gran tenor wagneriano
Set Svanholm, básicamente porque suena más juvenil, menos gastado. El sueco cincela aquí un tetrarca poderoso vocalmente, pero no por ello falto de elegancia y nobleza. En este sentido, y a pesar de su instrumento, vemos que hace lo mismo que Vickers, plegando su instrumento a las necesidades vocales de su
particella. Además dibuja perfectamente la evolución del personaje hacia el desquiciamiento. Excelente, asimismo, la Herodias de
Elisabeth Höngen, de timbre untuoso, oscuro, y expresión torva y siniestra, muy compenetrada con Svanholm en sus diferentes parlamentos. Muy buena, asimismo la Herodias de la grandísima
Kerstin Thorborg (en la versión de 1949), aunque ya suena más envejecida que Höngen y me parece, por ende, menos adecuada.
Estupendo, una vez más, el impulsivo y apasionado Narraboth de
Brian Sullivan, y correctísima
Hertha Glaz como paje de Herodías.
En la piel del primer nazareno tenemos al conocido
Alois Pernerstofer, que fue un interesante Alberich en diferentes temporadas bayreuthianas de
El anillo del nibelungo, y que aquí suena, quizá, más ligero y menos solemne y transido que en el caso de cantantes con voces más oscuras y profundas, más de bajo.
Magnífica, también, la escena de la discusión teológica de los cinco judíos, con una de las pocas interpretaciones donde la intensidad de la discusión y el barullo que crean los personajes, sin embargo no acaba convirtiéndose en pura confusión y ruido (como ocurre en otras versiones).
En mi opinión, estamos ante una de las mejores y más referenciales grabaciones de esta ópera (si no la mejor).