

Yo sigo, como decía Joe Rigoli...
A pesar de contar con una formación inigualable, experimentada y conocedora de este repertorio, y de ser un director que se caracterizó por darnos versiones realmente electrizantes de algunas óperas (¿hace falta recordar, por ejemplo, su
Il trovatore de 1969 para RCA?), lo cierto es que, en esta ocasión, Zubin Mehta no consiguió extraer de la Filarmónica de Berlín todo lo que hacía falta para conseguir una
Salome redonda. Y es que nos hallamos ante una versión algo impersonal, donde todo suena demasiado aséptico, a la que le falta pulso dramático, temperatura emocional, profundidad y algo del fuego y el salvajismo que identificamos con la transgresora partitura straussiana, y que sí encontramos en otras lecturas que ya he analizado días atrás. Y el problema, claro está, no radica en que se trate de una grabación de estudio --donde todo resulta siempre más medido y equilibrado--, sino en el escaso pulso y la excesiva pulcritud que imprime Mehta a su lectura, así como en el conjunto de voces protagonistas que intervienen en ella, todas (con la excepción de la protagonista) de menor fuste que las de grabaciones anteriores.
¿Acaso están mal los solistas? En absoluto, pero tampoco alcanzan las altas cotas que espero siempre en esta ópera tan fascinante como provocadora. El Herodes de
Heinz Zednik, por ejemplo, tiene, en principio, el color vocal y las sonoridades ambiguas que exige el personaje; además acentúa y matiza, pero carece de la autoridad y, sobre todo, del volumen necesarios para caracterizar adecuadamente al tetrarca, cuya
particella se mueve en una tesitura muy exigente, por lo que el tenor austríaco se encuentra, en más de un pasaje, al límite de sus posibilidades. Otro tanto podríamos decir del Narraboth de
Keith Lewis: está bien cantado, pero la voz del neocelandés resulta demasiado liviana y blanda, y carece del
slancio adecuado para recrear
comme il faut al pasional, impetuoso y un tanto desequilibrado capitán de la guardia herodiana.
Bernd Weikl, en la piel de Jochanaam, ya no suena tan joven y viril como en la grabación videográfica dirigida por Böhm de 1974, por ejemplo, y el paje de
Gabriele Schreckenbach tampoco resulta especialmente destacable. Me ha gustado, por el contrario, la Herodias de
Brigitte Fassbaender, que aprovecha su desgaste vocal para crear un personaje mucho más desquiciado de lo habitual, característica que no desentona en absoluto con lo buscado por el drama. En cuanto a
Eva Marton, no se puede negar que estamos ante una soprano con voz sonora y robusta, pero su Salome adolece de falta de matices y suena algo forzada en más de una ocasión (por ejemplo, en su última petición de la cabeza de Jochanaam, que está casi gritada). Por no hablar de la lectura que hace del personaje, que no es aquí la aniñada princesa pervertida (que, a mi entender, corresponde mucho más a las intenciones originales de Wilde y Strauss), sino una mujer hecha, derecha y, por qué no decirlo, incluso algo mayor.
El sonido, como no podía ser de otro modo, es muy bueno.