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Hola, leo con atención sus mensajes y prometo revisar mi visión del romanticismo español de cartón piedra (realmente sólo me interesa Gustavo Adolfo Bécquer) Con todo, me quedo con La venganza de Don Mendo, que es al Duque de Rivas lo que La Vida de Brian a Ben-Hur, más divertido, más auténtico, mejor.
Sobre los cantantes, pues me gustaron, y la soprano, mucho. Yo no sé mucho más aparte de "me gusta" y "no me gusta". La partitura me parece muy irregular, con algún momento bastante absurdo pero que al final casi se hace entrañable, pero no estaría entre mis diez Verdi favoritos.
Yo soy aficionado y soy abonado al Liceu desde hace unos cuatro años, cuando acabó la pandemia, antes iba solamente a las obras que me interesaba de verdad ver. El abono tiene la ventaja de que vas a verlo todo, te guste o no te guste. Antes de ir a una obra, me informo, reviso este foro, y normalmente la escucho en mi oficina, mientras trabajo, sin prestar mucha atención, para irme impregnando. Cuando oigo algo bueno, me paro, tiro para atrás y escucho con atención. Claro que me gusta, y conocía previamente, la obertura, y también conocía lo de Preziosilla, porque alguna pulla se ha ido echando del tema, en este mismo foro, durante años, pero ya en las dos o tres escuchas que hice me llamó poquísimo la atención la música, que le vamos a hacer.
Ustedes no me entienden. Como aficionado de a pie y totalmente lego en la materia, aparte de mi injustificable pasión wagneriana, no tengo ningún compromiso previo. Pese a la pequeña información previa que hago, nada exhaustiva, voy bastante virgen a ver la función y realmente no sé distinguir nada de las sutilezas que ustedes indican. Pero por eso yo busco una obra total, no en el sentido wagneriano, pero sí en el teatral, en el que la música, el canto, el argumento, la interpretación teatral, la dramaturgia, el decorado, encajen y me hagan pasar un buen rato. No divertido, sino interesante. Yo de ópera entiendo poco, de teatro y literatura considero que entiendo bastante.
El punto flaco de la ópera son los argumentos. No los libretos, que a veces mejoran los argumentos. El 99% de las óperas no iríamos a verlas si fueran obras de teatro, o me dirán que harán cola para ver Don Álvaro, o por decir otras más sustanciosas, pero igualmente desfasados, Los puritanos o Lucia di Lammermooor. Claro, ahora alguno me dirá que sí, y yo me lo creeré. La ópera exige una total suspensión de la incredulidad, empezando por el hecho de que Julieta tenga cincuenta años y talla tres equis ele. Pero muchas veces eso pasa también en el teatro, no habremos visto Hamlets inerpretados por septuagenarios.
Pero una cosa es la suspensión de la incredulidad y otra que la obra de origen sea mala, pero mala, mala. Il Trovatore es malísima, pero en su absurdidad de la gitana equivocándose cuando tira el niño a la hoguera, hasta te produce ternura. El empacho de Don Alvaro de pecadores y pecadores yendo al monasterio a redimirse, en escenas repetidas, es un tostonarro que solamente salvaría la música más sublime. Y ésta no lo es. ¿Trozos buenos? Un montón, que es Verdi, la creme de la creme. Pero la obra dura tres horas y media y es un sinsentido, y tiene mucha música rozando lo ramplón y momentos muy de trámite.
Y el sinsentido, ya no las andanzas de los dos amantes de Hornachuelos (no me sale ninguna rima), sino todo el resto... los españoles apoyando a los ¿italianos? en 1750 contra los ¿alemanes?. Por supuesto que Verdi sabía el error histórico, pero o ese día estaba despistado con la vaca que iba a parir en su finca (que igual en esa época ya le interesaba más que la ópera) Esos dos personajes que se hacen amigos en medio segundo, ese herido mortal que hace la máxima confidencia, al borde de la muerte, y luego se levanta tras una aplicación de Reflex... por no hablar que en el actual montaje, ambientado en el Risorgimento (y por tanto más coherente, aunque los enemigos fueran los austríacos) el capitán Herreros lleva galones de sargento... las interrupciones en la trama para poner alegres escenas de typical spanish, con gitanas, soldados y chicas preziosillas. Aunque para ver otro tostón en el convento, pues que Viva la Guerra. Y ni siquiera nos dan el placer de que Don Alvaro se tire por el risco, sino que es redimido a través del amor de una mujer, como el Inca errante que es, o el Tannhauser con palmeros...
Ya, ustedes quieren que cierre los ojos, me abstraiga y perciba los vibratos, los fiatos, los trinos o los sí bemoles, pues no lo haré, porque no lo sé distinguir, y además no es lo que me interesa. Yo voy a la ópera para emocionarme, que lo consigue muchas veces, o a reflexionar, o a aprender. Y de verdad que La Forza del Destino no me conmueve ni me enseña nada.
Me pregunto si la ópera está dirigida, como espectáculo, a personas como yo, meros aficionados, o a especialistas como ustedes que nunca llegan a disfrutar de verdad porque tienen una grabación en la que la Callas se salió, otra en que Mutti la bordó y otra en que Caruso dio quince dos de pecho. Pues cuando se compusieron las óperas, sus autores no contaban en que los espectadores habrían podido escucharlas quinientas veces seguidas, con rebobinado para cada compás de la obra. Yo concibo la representación teatral, que eso es la ópera, como un acto de ese momento y que me ha de proporcionar la satisfacción con lo que se me proporciona en ese momento, no como una representación de sombras visto desde la caverna, de una ópera ideal a la que solamente accederán los escogidos.
Y luego, a La Flauta de la calle Aribas, con los amigos, para cenar un bocata de tortilla de patatas y un copazo de vino, a veces incluso comentando la representación que hemos visto. Velada completa.
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