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Función gloriosa.
Estos Puritani suponían mi debut absoluto con una ópera de Bellini. Nunca antes había visto una ópera suya ni en vivo ni en mi casa. Reconozco que es culpa mía, pero nunca es tarde si la dicha es buena. El divino Vincenzo crea una partitura con melodías hermosas e inspiradas, heredera del clasicismo en algunos aspectos, pero capaz de poner el virtuosismo de las voces al servicio de una música sensible y hermosa.
La función de anoche fue transmitida en pantalla gigante, en esas jornadas donde la ópera se pone al servicio y disfrute del público en general, estupenda tradición que nuestro Real está recuperando en estos años. Y además fue transmitido a varios centros culturales en España, Austria y Latinoamérica. Aunque yo estuve dentro del teatro, disfrutando de las voces en vivo. Tuve suerte.
Y ha tenido mucho éxito pese a las limitaciones que tuvo que hacer frente.
Javier Camarena fue el verdadero triunfador de la noche. Por fin pude ver en vivo al tenor mexicano de moda, y finalmente logró cautivarme. Empezó el A te, o cara cantando a bajísimo volumen (lo que me decepcionó porque adoro esta aria) pero continuó bien el aria, aunque el nivel estaría por llegar. Ya en las escenas con Riccardo y Enriqueta empezó apuntando maneras y con los agudos sonando maravilosamente, exhibiendo su potencial. Pero el delirio llegaría en el tercer acto: menuda voz, menudos agudos, menuda agilidad, menuda interpretación. Una interpretación romántica en Corre a valle, una entrega única en el dúo con Elvira y un Credeasi misera impresionante, cantado bellísimamente; y aunque no dio el famoso fa no le hizo falta, los agudos seguían siendo imponentes. Y como es lógico desató un pequeño pandemónium en el público en todo el tercer acto. Todos salimos impactados de la sala.
Diana Damrau volvía al Real después de mucho tiempo (¿quizá aquél recital de 2009 fue la última vez?) interpretando una Elvira con altibajos pero que de algún modo pudo salir airosa. Aunque no sé cuanto tenga que ver, me ha parecido que por ejemplo en Lucia la soprano alemana conseguía sonar bien pero a costa de sufrir. con la coloratura. Y algo por el estilo ha sucedido aquí. Al principio conseguía estar afectada por la falta de volumen en su entrada y en Son vergin vezzosa, pero la escena final del primer acto fue estupenda por su interpretación desgarradora y su proyección suficiente, al dejarse oir y no parecer hacer aguas sino dominar los agudos (aunque no duren mucho) y la coloratura, que sí sacó adelante. Ya en la escena de la locura del acto segundo estuvo más suelta y el Vien diletto fue bastante bueno, con los agudos bien resueltos. Al igual que Camarena, fue el acto tercero su mejor intervención, donde estuvo estupenda y convincente. La parte actoral la resolvió bastante bien aunque la dirección de actores no favorecía demasiado al personaje de Elvira.
Ludovic Tézier empezó algo engorroso su Riccardo pero a medida que avanzaba la función logró impresionar con su enorme voz, sobretodo en su sensible interpretación en el acto segundo. El agudo es impresionante, dentro de un instrumento vocal que llena el teatro y suena lo suficientemente grave para un antagonista de categoría. A veces me recordaba a Ódena, pero nuestro barítono por momentos me parece más salvaje que el francés; pero a cada uno lo suyo, ambos son de los mejor de esta cuerda.
Nicolas Testé fue un buen Giorgio, cantando un bellísimo Cinta di Fiori (que una señora muy amable que estaba sentada cerca empezó a tararear molestamente mientras el bajo empezaba a cantar el aria, pero sobreviví) y excelente en el dúo con Riccardo.
Annalisa Stroppa no me gustó mucho como Enriqueta, me parecía falta de volumen pero quizá no fuera culpa suya. Espero verla en otro rol que me permita apreciarla como es debido.
Antonio Lozano fue un estupendísimo Bruno, de voz muy bella y agrdable. Igualmente Miklós Sebestyén como Gualtiero.
Evelino Pidò, como ya he comentado antes comenzó entusiasmándome con una versión del breve preludio con la orquesta a pleno rendimiento (memorable la sección de trompeta y demás viento metal), pero a medida que iba avanzando la función el sonido fuerte de la orquesta no remitía ni en los momentos más íntimos de la partitura, convirtiéndose en un serio inconveniente y no dejando disfrutar de las voces, tapándolas. Que parecía El Anillo y no Bellini. También me pareció que empezaba con tempi muy rápidos pero al final la función terminó 15 minutos más de lo previsto. En el tercer acto dio una introducción estupenda pero ya estaba el resultado general bastante viciado por haber obstaculizado las voces. Y fue abucheadísimo al final.
La puesta en escena de Emilio Sagi partía de una perspectiva clásica, con evocaciones al mar. El telón era de un precioso color azul con temas marinos, de un mar tempestuoso. Al levantarse daba paso a un escenario cubierto de arena con pasarelas de madera y bancos. El coro tenía un vestuario de apariencia clásica en las mujeres y atemporal en los hombres. Un momento bellísimo fue la entrada del tenor, cuando por el ambiente nupcial las lámparas de candelabro bajaban, se iluminaba el escenario y Arturo entraba con una rosa dorada para ofrecérsela a su Elvira.
Un punto de incongruencia era la apariencia de Enriqueta: para tratarse de una mujer misteriosa y desconocida iba ricamente vestida y llamativa. Cualquiera habría adivinado su abolengo a simple vista. Elvira aparece como una niña inocente y jovial: siempre riendo y saltando alegremente (y Damrau añade su gracejo particular al asunto), pero que termina teniendo un tinte caricaturesco. Aunque cuando enloquece es conmovedora: en el primer acto es separada del coro por un telón blanco que la aisla de la presencia del coro que la compadece, ya que lo que importa parece ser ella. Luego en el segundo acto la vemos encender los candelabros con una luna en mano.
El tercer acto muestra a un Arturo exhausto que cae rendido a la arena (¿podría sugerir que ha llegado a Plymouth a nado?) y se resuelve bien la escena con una iluminación primero sombría y luego envolvente al final de la obra, sugiriendo un nuevo amanecer. La escenografía corría a cargo de Daniel Bianco, director artístico de la zarzuela. No dejaba de parecerme curioso ver a dos directores artísticos de los dos grandes teatros de la capital trabajando en la misma puesta en escena.
La función fue acogida calurosamente por un público que disfrutó mucho de esta maravillosa obra en manos de competentes músicos. Entre los espectadores estaba Plácido Domingo, que presentaba el entreacto y luego pudo vérsele en un palco de proscenio debajo de los subtítulos. Al acabar la función los artistas salieron a la terraza del teatro donde fueron aplaudidísimos: Tézier y Damrau saludando al público con unos ¿Cómo están ustedes? ¿Todo bien? en español, con palabras de agradecimiento del barítono. También Pidò dio las gracias. Camarena tuvo más gracejo y preguntó al público si les había gustado y hasta pidió que hicieran la ola. El público pedía que cantasen, pero se despidieron con unos efusivos saludos y besos.
Uno sale de estas funciones ampliamente difundidas con sensación de alegría.
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