A mi esto del aplausímetro no termina de convencerme. En todo caso si hay que meterse en berenjenales prefiero medir el volumen del rugido de un bravo, su grado de unanimidad y cuanto de espontáneo tiene.
Un ejemplo es el final del Sigfredo de Krauss que consiguió que incluso en Bayreuth la gente no esperase para aplaudir. Para muchos será reprobable pero, simplemente, por lo honesto y espontáneo ya es para mi un hito.
Otro pudiera ser esta marcianada de la Montse. Jugaba en casa pero ese rugido es merecido incluso en la luna.