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Philip Glass es un compositor muy maduro, ya setentón. Otros autores de parecida edad han producido auténticas obras maestras en el pasado, baste recordar a Verdi o Janacek.
No es el caso. A pesar de ser el compositor de ópera vivo más representado, la historia de Glass es la de una larga, casi interminable decadencia. Tras su excelente Satyagraha, y los dos experimentos fallidos, pero interesantes, de Einstein on the Beach y Akhnaten, no ha vuelto a producir nada de esa calidad.
El Teatro Real, en lo que sin duda constituye en cualquier caso una acertada decisión, presenta la última ópera de Glass: The Perfect American, basada en los últimos años de la vida de Walt Disney.
Aunque en mi infancia nunca despertaron mi interés los productos de la factoría Disney, sin embargo les estaré eternamente agradecido por su inestimable colaboración para alimentar a mi hija, una ardua y difícil tarea, mientras la niña contemplaba embobada las peripecias de la Sirenita, Cenicienta o Dama en la pantalla de TV. Así que le tengo cierto cariño al 'personaje' Disney. En la obra se intenta retratar a la persona, más que a ese personaje, mostrando algunas de sus sombras, junto a muchas de sus luces. La verdad es que, desde un punto de vista dramático, la historia se mantiene en pie, y nos deja un retrato bastante equilibrado de Walter Elias Disney.
Otra cosa son los aspectos musicales. La ya típica receta de Glass, esta vez condimentada con una orquesta resultona, a pesar de una percusión más bien desafortunada, entrometida y un tanto divorciada de la acción. Se empieza mejor que se acaba: la evocación de Marceline, donde Disney pasó su infancia, es apropiadamente sentimental, y promete emociones para el resto de la ópera que nunca acaban de llegar. Desde la aparición, hacia el final del primer acto, del autómata del presidente Lincoln, la cosa empieza a tomar un cariz más bien plomizo, lo que se confirma en el segundo acto, sobre todo en la escena del hospital, con el niño enfermo y Disney.
Efectivamente, las lineas vocales son monótonas, y un tanto aburridas. Algún forero se preguntaba si esto era prácticamente una seña de identidad en la ópera contemporánea. Y no le falta razón. El uso del 'parlando', de esa entonación que nunca acaba de transformarse en canto, es un producto de una larga evolución que tiene ya más de cien años. El canto ha sido desterrado en muchas óperas, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, aunque el origen es, claro, anterior.
Las razones son varias: el uso de libretos 'teatrales' con textos muchos más apropiados para recitar que para cantar; el deseo de incrementar los aspectos dramáticos, la verosimilitud de la acción escénica; convicciones musicales de los compositores, que no creen ya en la capacidad de la voz humana para trascender las palabras del libreto; incluso la atracción del 'recitar cantando' de las primeras óperas....
Hay excepciones, sin duda. Pero también muchas óperas donde no hay otro tratamiento de la voz, como "The Perfect American". Personalmente, creo que es una lacra de la ópera contemporánea, y prefiero una mayor variedad, donde se utilicen estas técnicas, sin duda, pero también otras posibilidades. Más allá de usar voces muy agudas cantando coloratura, para caracterizar algún personaje.
La otra alternativa, aunque a algunos foreros no les atraiga, es proponer un nuevo canto, un nuevo paradigma para tratar la voz humana en la ópera, como hace por ejemplo Salvatore Sciarrino.
La puesta en escena, eficaz sin más, a base de utilizar una máquina que soltaba regularmente rollos de papel higiénico desde el techo (afortunadamente para el suelo del escenario y las cabezas de los intérpretes, no eran aquellos, marca 'El Elefante', de mi niñez). Se echó de menos que no se pudieran utilizar las figuras de los muñecos de la factoría.
El trabajo en equipo de los cantantes, el coro y la orquesta, resultón.
En definitiva, una función que se deja ver, de una ópera que olvidaré pronto. En realidad, ya estoy empezando a olvidarla.
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