Gino escribió:
Tintin y Astérix comparten un irritante auto bombo nacionalista.
En Mortadelo y Filemón lo nacional sólo aparece como esperpento.
Yo tengo claro con qué me quedo.
Bueno, por el contrario yo creo que esa perspectiva nacionalista se halla, más bien, en quien mira estas dos obras maestras de la
bande dessinée con tales ojos y como reacción a lo que cree percibir, pero no en las obras propiamente dichas. Aunque en principio pudiera parecer que los guiones de Goscinny pudieran caer en lo chauvinista --pues toda la serie se concibe en función de una clave geográfica
(Asterix en Bretaña, en Córcega, en Hispania...) y explota a mansalva los tópicos nacionales de esos países--, en cuanto los lees te das cuenta de que su esencia es, justamente, la contraria: burlarse absolutamente de todo; incluido lo propio, pues aunque siempre es presentado como lo mejor (los galos son los más listos, los más fuertes, los más avispados, siempre terminan ganando, etc.), en el fondo todo es para hacerlo en clave burlesca y de comedia delirante. No hay más que ver álbumes como
La vuelta a la Galia de Astérix, por ejemplo, para percatarse de ello. En resumen: aunque la serie se nutre de explotar la supuesta idiosincrasia de cada país --acudiendo a lo que han sido considerados sus tópicos tradicionales--, aquellos relativos a Francia no quedan al margen y son tratados como los demás. Goscinny los desemenuza, se deleita en ellos y los ofrece bajo la forma de entretenidísimas historias donde nada (ni nadie) escapa vivo.
En cuanto a
Tintín, tampoco hablaría de "auto bombo nacionalista", sino de "paternalismo eurocentrista", y sólo detectable en los tres o cuatro primeros álbumes (merced a la influencia que recibió el joven George Remi del Catolicismo y de haber "crecido" a la sombra del abate Norbert Wallez, su poderoso mentor en el semanario juvenil
Le Petit Vingtième, donde aparecieron publicadas, por vez primera, las aventuras del reportero belga). Pero a partir de
El loto azul, Hergé iniciaría un camino de liberación creativa y personal que le iba a llevar a desarrollar una de las series más internacionales, irenistas y menos nacionalistas que imaginarse pueda. Sí, es verdad que el reportero y sus compañeros viven en Bruselas (al principio) y en un castillo de clara raigambre centroeuropea después de las aventuras de El Unicornio y de Rackham el Rojo. ¿Pero y qué? Ambas cuestiones no influyen absolutamente para nada en el posterior devenir de los personajes. No hay la menor mención a cuestiones políticas --salvo el claro posicionamiento de Hergé a favor de la causa China contra Japón en el caso de
El loto azul (que llevó a a una protesta formal del país del sol naciente ante Bélgica), o su condena explícita del tráfico de esclavos (en
Stock de Coque). No hay muestras de triunfalismo "nacionalista" en ninguno de los grandes proyectos que aparecen a lo largo de la serie: el viaje para explorar
La estrella misteriosa, o la expedición en busca de El Unicornio, por ejemplo, siempre son el resultado de una labor de conjunto debida a expediciones internacionales o a iniciativas privadas. Ni siquiera en el caso del proyecto de viaje a la Luna se aprovecha el tema para hacer "nacionalismo" belga (pues todo se debe al trabajo de una coalición internacional). Las pocas referencias geográficas y nacionales precisas relacionadas con lo político aparecen siempre ubicadas en países imaginarios como son Borduria (los malos), Syldavia, San Theodoros, etc. De hecho, y por si esto pudiera valer como refuerzo argumental, una persona tan poco sospechosa de nacionalismo como Fernando Savater tiene a Tintín como uno de sus tebeos favoritos (según puede ver
aquí, y perdón por la autocita).
Queda
Mortadelo y Filemón. Es cierto que en las historias de Ibáñez --así como en la mayoría de las series de Bruguera-- no existe una exaltación de lo "nacional" y que cuando este elemento se da aparece tratado desde un punto de vista marcadamente costumbrista (no hablaría yo tanto de esperpento, salvo en algunos casos concretos). Pero esto tampoco es un mérito especialmente destacable, sino una peculiaridad muy destacable de nuestra historieta patria de aquellos años y que, incluso, se halla bastante más desarrollada en otros títulos menos universales que la popular serie de los dos agentes secretos (por ejemplo
Carpanta, La familia Trapisonda, Las hermanas Gilda, Doña Urraca, etc.). Por otro lado, en más de una ocasión, los referentes a la españolidad se ofrecen con una óptica bastante chauvinista --el español listo, el extranjero (guiri) tonto y fácilmente manipulable--, que se detecta asimismo en numerosas películas de la misma época, donde abundan todo tipo de gracietas y manifestaciones del ingenio
tipically spanish. De todas formas debo decirle que no es
Mortadelo y Filemón --una serie amable donde las haya-- el paradigma de la crítica sociológica y del esperpento (considerado éste como su manifestación extrema y más estética). ¡Fíjese usted que en pleno
boom de reivindicación de la historieta como medio crítico y de comunicación, al bueno de Ibáñez se le llegó a acusar de consentidor y acomodaticio! Y aunque eso no es del todo exacto --no hay más que ver su
13 rue del Percebe--, sí he de reconocer que su serie estrella ha muerto un poco "de comodidad" ante el éxito alcanzado y por no hacer más que repetir fórmulas que parecen un tanto agotadas. De hecho, es sabido que don Francisco hace muchos años que no dibuja las historias de sus personajes, dejándolas en manos de "negros" conocidos que trabajan para él. En este sentido, si quiere usted ver algo cortante de verdad --tan cortante como un bisturí o un diamante--, donde el esperpento alcanza unas cotas insuperadas y que es crítico como pocas cosas con lo divino y lo humano, lea mejor a Vázquez (en concreto sus
Cuentos del Tío Vázquez, o
Angelito, por ejemplo). Y ya verá...
Y concluyo (por fin): estas reflexiones sólo pretenden contraargumentar una afirmación, referida a lo ideológico, que me parece demasiado categórica y un tanto gratuita. Porque si pasáramos a otro plano y entrásemos a hablar de los planteamientos puramente dramáticos o argumentales que las tres series mencionadas atesoran, entonces la comparación entre
Asterix-Tintín y nuestro
Mortadelo y Filemón francamente no admitiría duda alguna (pero a favor de los dos primeros, por supuesto). Y es que mientras que el relato en Ibáñez no pasa de ser una sucesión de gags más o menos acertados --característica, por otro lado, común a la mayoría de nuestros tebeos humorísticos y, más concretamente, propia de los personajes pertenecientes a la Escuela de Bruguera-- en los casos francés y belga nos encontramos con una estructura del relato mucho más compleja, rica y variada, capaz de ofrecer matices y de presentar situaciones que no se pueden dar en el caso de la serie española (aun con todas las ventajas y méritos que ésta posee, y que son muchos). Pero bueno, esto último reconozco que es más una cuestión del gusto de cada uno. Aunque la comparación en número de ejemplares vendidos y de reconocimiento de los lectores, me temo, no admite resistencia alguna.