No sé, pero este análisis es para enmarcar.
González Casado escribió:
Técnicamente -ahora sí-, en vez de lograr una movilidad sul fiato con el sonido delante, Cecilia ha ido retrasando cada vez más su posición para mejorar esa agilidad que logra preponderantemente a partir de la glotis, con el típico staccato de las cantantes que cultivan esta línea musical (Jennifer Larmore sería otro ejemplo de este estilo, mientras que Joan Sutherland estaría en las antípodas). Esta emisión retrasada implica ya un terrible defecto, y es que el color de la voz es muy pobre, típicamente velar, y el volumen escasísimo al no aprovechar los resonadores (para colmo, no hablamos de grandes medios). En directo, se exige un silencio absoluto y una atención tremenda para poder captar el sonido de la cantante. Ella lo sabe e intenta suplir este problema con movimientos simpáticos o dramáticos, según proceda, o de complicidad con la orquesta, a la que a veces parece dirigir.
Su fraseo está igualmente recargado de pasiones y significados, lo que provoca continuas fugas y rumores variados de roce, defectos intolerables para cualquier purista del canto pero que a ella no parecen importar, pues sabe que seguramente vende más un volcán en erupción que trabajar sobre la base de un sonido redondo, útil y audible -sin libros, micrófonos o teatro-.
Existe también en el canto de Bartoli otra enorme carencia, relacionada con lo escrito en el párrafo anterior, que estriba en el aire. Como ejemplo, se puede tomar [16: 0'17''], el aria para Adina que compuso la propia Malibrán (estupenda, por cierto). La mezzo comienza con una messa di voce que no logra equilibrar: debe disminuir rápidamente el volumen para evitar el trémolo al que tiende el sonido. Y es que Bartoli huye del cantar a plena voz notas mantenidas como de la peste. En fortes y mezzofortes siempre busca algún elemento que la ayude (el coro, la técnica de grabación u originalidades poco menos que antimusicales). Su sorprendente ‘Casta Diva’ [17] es toda susurrada. Pese a unos ataques desafinados y fijos, en un primer momento agrada el que esta música se cante tan distinta, y puede gustar esa especie de intimidad, por más que una invocación a la luna se nos antoje con algo más de poderío. Pero en audiciones posteriores nos damos cuenta de que Bartoli no quiere ser original: simplemente, le es imposible ir por otro camino, y lo que intenta es exprimir demasiado una fruta poco jugosa. En cuanto utiliza algo más de aire el mecanismo se empieza a desmoronar, y el sonido tiembla desagradablemente. Los sacrificios en su vocalidad se pagan también aquí, y de qué manera...
Después de esto sólo cabe esperar que coja otra vez el camión de la gira Malibrán y esta vez se dedique a transportar naranjas.