Agradable sorpresa ayer en la transmisión cinematográfica de la ópera
The Tempest (2004), de Thomas Adés. Seguramente la ópera más importante compuesta desde
San Francisco de Asís (por la repercusión y el éxito unánime de público y crítica que está teniendo desde su estreno). En solo 8 años, se ha visto ya en Londres (3 veces), Copenague, Estrasburgo, Santa Fe, Nueva York, y viajará pronto a Quebec y Viena. Suma en total más de 60 funciones representadas, y EMI ha publicado el cd de las funciones londinenses de 2007. Para una ópera de tan corta edad, no está nada mal. Y hay motivos.
Lo primero, la partitura de Adés, que no renuncia a crear un lenguaje contemporáneo accesible al público, escribiendo casi siempre
desde la tonalidad y desde la melodía. Una partitura en general hermosa y envolvente, en la que incluso hay momentos de tremendo lirismo (en los personajes de Miranda y Fernando, básicamente), y tiene una duración perfectamente asimilable (2h25 minutos). No es una partitura en absoluto snob, no explora nuevos lenguajes, ni nuevas tendencias, aunque tampoco renuncia a jugar cuando es necesario: el personaje de Ariel, por ejemplo (el que tiene una escritura más decididamente contemporánea, y al borde de la tonalidad) se le propone una partitura estratosférica, de coloratura casi incantable, que por fortuna estuvo muy bien servido en su momento por Cyndia Sieden, y ahora aquí por Audrey Luna. Además, Adés usa la orquesta muy acertadamente para resaltar el texto, y la situación dramática de los personajes, con lo que las líneas vocales son (casi) siempre muy claras. Si algo se le puede discutir a esta ópera, es el uso del coro como un pueblo completo que se ha perdido en la tempestad: no es muy coherente, muy grande tiene que ser la isla de Caliban para dar cabida a tanta gente, pero después de todo esto es una minucia. Sin embargo, mientras otras obras de nueva creación con tendencia a lo snob, difícil, o llámenle como quieran, fallecen después de su estreno, esta sigue más viva que nunca. Yo creo que esto debe llamar a la reflexión.
El amplísimo reparto, estuvo bastante bien servido. Simon Keenlyside repitió su Próspero (un papel escrito para él, y se ve que lo al dedillo), acentuando lo lírico de la parte y enfoncándolo desde la humanidad; Audrey Luna estuvo sensacional como Ariel: no solo por lo bien que defendió la escritura, sino porque también se entregó a un montaje físicamente exigente. Lo mejor de la función, el Caliban de Alan Okie, un papel que parece escrito en la línea de un Loge, y que el tenor interpretó con la necesaria abyección, y con un trabajo escénico impecable (¡realmente se movía como un simio!). Un papel que debería marcar un antes y un después en su carrera. Me cuesta imaginar a un tenor como Ian Bostridge cantando este papel, aunque fue quien lo estrenó.
Más floja la parejita de amantes: Álex Shrader (Fernando) e Isabel Leonard (Miranda), que tienen las partes más líricas de la obra, pero las sirvieron con voces bastante impersonales, blanquitas y de escaso brillo; algo especialmente grave en el caso de ella, que tiene un papel bastante extenso. Además, la dicción de la ¿mezzo?soprano fue imposible, pese a que es neoyorquina.
Interesante la pléyade de secundarios, todos en su sitio: los borrachuzos de Iestyn Davies (Trinculo) y el cantante que interpretaba a Sebastian, cuyo nombre no he podido localizar por ninguna parte, tuvieron una actuación muy destacada en lo vocal y en lo escénico. Mejor el vocalmente aseado William Burden como un Rey de Nápoles de marcada presencia escénica, que Toby Spence, otro tenor de voz blanquecina y blandos acentos, (rebajado desde Fernando en el estreno hasta Antonio, el tirano usurpador aquí), incapaz de resaltar la villanía de su personaje con ese material; y bastante para el arrastre John del Carlo en el breve papel de Gonzalo.
Brillante la orquesta dirigida por el autor.
Tenía mis dudas sobre la necesidad de crear una nueva producción (posiblemente muy costosa), cuando la que se había visto hasta ahora funcionaba muy bien. Me equivoqué. Robert Legape ha creado un montaje genial, lleno de ideas: sitúa la acción en el escenario de La Scala de Milán, donde Próspero (recordemos, el Duque exiliado de Milán con poderes mágicos) actúa como director escénico de un espectáculo. Su espíritu esclavo, Ariel, bien podría ser el tramoyista, y todos los demás personajes (los que han llegado al teatro/isla tras la tempestad, que se escenifica al comienzo) quedan a merced de estos dos factotums. Al final, la escena de la reaparición de Fernando y su compromiso público con Miranda, se presenta como una función de ópera, de la que el público se acaba marchando. Ariel y Próspero se quedan solos, y es entonces cuando él comprende que su misión ahí ha terminado, y debe perdonar y marcharse. Este enfoque no solo es estético, sino que además es ingenioso, respetuoso con el texto que se lee, y funciona. Me ha parecido un montaje brillante, que redondea una gran función.
Conclusión: un éxito, la prueba de que aún queda gente que compone ópera pensando en el público, y de que por algo esta ópera se perpetúa en el tiempo. Esperemos que saquen el dvd. Será de compra obligada.
Si Mortier quiere enseñarnos ópera moderna, no sé a qué espera para traer esta al Real. Gustaría al gran público, pero claro, es mejor programar Choeurs, Marina Abramovic, Sánchez-Verdú, Pilar Jurado o adaptaciones de Brockabck Mountain, que queda todo más snob. No vaya a ser el público piense que aún hay quien usa melodía y se asuste.
