Yo estuve ayer en la segunda función y, en general, coincido más con el señor Gakugeki que con el señor Spinoza.
Ha habido buenos descubrimientos vocales. La protagonista (Scherbachenko) es una voz muy interesante, con cuerpo (vocal y del otro) y belleza (vocal y de la otra), que sólo pierde algo de esmalte en alguna subida al agudo. El barítono Markov tiene una emisión muy “alla russa” (me recuerda mucho a Hvorostovsky, incluso en el timbre) y eso, probablemente, en otros campos puede resultar un obstáculo, pero en su repertorio patrio cuadra estupendamente. Su momento solista, apasionado y desenvuelto, fue de lo mejor de la noche. El bajo Ulyanov se deja oir muy bien. Es una señora voz, homogénea y cálida, con algún apurillo en los graves, pero que suena siempre a ser humano, y no a monstruo de ultratumba. Ya me había llamado la atención en “Los Hugonotes” del año pasado, y sigue en buena línea.
El veterano Willard White está cascadillo y la voz tarda en calentarse, pero sigue siendo sonoro, y aportó mucha clase al abrir el conjunto final con una exquisita media voz. Menos interesante me pareció el tenor Pavel Cernoch, entregado y fogoso en escena (¡menudo magreo le dio a la buena moza protagonista!, -supongo que a indicaciones del director de escena-

), pero que del centro hacia arriba es un suplicio, con sonidos abiertos y agarrotados. Más o menos como Paul Groves, quien mantiene un centro sano y relativamente ancho, pero que no está a gusto en los contados saltos al agudo que tiene su papel. Salvo una subida que resolvió con una buena voz mixta, el resto se le quedó encajonado en el cogote.
Comparto la buena impresión del coro, la orquesta (buen trabajo de las maderas, sobre todo el clarinete, muy destacado en “Iolantha”) y el director Teodor Currentzis, éste detallista, con muy buenas gradaciones dinámicas, y consiguiendo en algunos momentos ese sonido decadente y melancólico tan chaikovskiano. No sé si ha sido suya la idea de añadir ese salmo justo antes del final de “Iolantha”, pero aunque el fragmento en sí mismo pueda ser muy bello, en esta obra resulta un pegote musical y un anticlímax dramático.
Y la puesta en escena, pues la penúltima petardada del supuesto genio de turno: cansina, repetitiva, cursi, resaltando más los defectos que las virtudes de ambas obras, sin idea de narración temática ni espacial… En fin, el pan nuestro de cada día

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Pues yo disfrute muchisimo la Iolanta y el anticlimax al que se refiere a mi me elevo a las nubes. Como se nota que usted es mas de Rioja y yo de Ribera. El trabajo de Sellars me parecio interesante sin ser brillante, pero su concepto es respetuoso, humanista y cargado de positivismo.