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voz y vocalidad
Verdi pretendió, con toda la experiencia del mundo a sus espaldas, dar cuerpo a una idea: la interpretación es un todo; es decir, la suma de elementos que integran una representación (o grabación, decimos nosotros), por variados que sean, deben constituir una globalidad, un conjunto unitario. El compositor tenía desde luego opiniones muy claras, exigencias muy concretas que, unidas a las que pide la partitura respecto a su ejecución vocal, orquestal y escénica, hacían prácticamente inviable su realización ideal. Verdi fue dando, a partir de la conclusión de la ópera y de los preparativos del estreno en La Scala, una serie de pautas tendentes a alcanzar esa imposible perfección. Indicaciones que no cesó de dar hasta más allá del estreno y que fueron recogidas cuidadosamente por Ricordi en 1887 (Disposizioni sceniche). Además, su lenguaje se había modernizado: ya no se trataba de seguir una línea heredada directamente del belcantismo, sino de aplicar unos modos, nacidos hacia 1850, poco antes del comienzo de la etapa de madurez, que pedían una mayor concentración, un mayor realismo; una estructura dramática que eliminaba los números separados y que hacía que todo fuera más verosímil. Pero Verdi no llegó realmente a prescindir nunca de esos rasgos que lo ligaban a un singular neobelcantismo y que él recreaba admirablemente, al tiempo que iba puliendo su estilo y su técnica orquestal.
Solamente el barítono francés Victor Maurel, que encarnó a Yago y había encarnado antes a Simon Boccanegra en la revisión de 1881, convencía realmente al músico entre los tres protagonistas. Puede decirse que la parte del alférez está, en buena medida, pensada y escrita para él. La inteligencia del cantante, sus dotes de actor, su clara pronunciación y su extraordinaria habilidad para colorear la voz con los más sutiles acentos y que le habían dado tan buenos resultados en su interpretación del doge, encantaron a Verdi. Aunque más tarde surgieron otros nombres, como el del francés Jules Célestin Devoyod, no hubo duda; y menos desde que el barítono perfeccionó su papel con el anciano compositor durante una breve estancia en Génova en diciembre de 1886. Era raro que un hombre capaz de despertar una alabanza como la que le dedicó Gino Monaldi («Quien no haya escuchado el “Racconto del sogno” por Maurel no tiene ni idea de lo que es el maravilloso artificio de la palabra») no fuera el más adecuado artista para Yago. La obsesión verdiana por la pureza, la verosimilitud de la dicción, el realismo de la frase, quedaba con el cantante francés bien servida.
Yago, que es un malvado típico, sin una sola nota de bondad, sin un resquicio de arrepentimiento, sin duda una de las criaturas más torvas y siniestras de la historia de la ópera, tiene a su cargo una amplia panoplia de efectos vocales y de interpretación escénica. Como primera medida ha de saber manejar y modular la media voz y sus parientes, el falsete y el falsettone. Exceptuando unos cuantos momentos muy precisos, tendría que cantar toda la ópera susurrando; como en la famosa secuencia del sueño de Cassio, cuando intenta –con éxito– hacer ver a Otello que su lugarteniente tiene sueños pecaminosos con Desdemona. Ha de estar, más que ninguno de los restantes protagonistas, preparado para servir el sinuoso recitativo melódico, a menudo expuesto sibilinamente, con dominio de los claroscuros. Tiene un aria, construida de manera muy original –el famoso «Credo»– donde el celoso alférez muestra por primera vez su auténtica faz –puede que en exceso negativa en la versión operística, no tanto en el drama de Shakespeare. Como definía Barraud, este sombrío monólogo en el que se expresa una especie de religiosidad al revés, una verdadera mística del infierno, exige del barítono una amplia gama de matices, de la palabra musitada, susurrada, al grito más estentóreo. En la segunda sección la voz ha de elevarse de forma altisonante («Credo en un Dio crudel…») y seguir su curso a través de un pasaje en tresillos repetidos («Credo con fermo cuor»). El carácter tortuoso del oficial queda bien reflejado en la música ondulante y llena de silencios y rupturas, que se prolonga en un recitativo que recuerda a Monteverdi y lleva antes de la explosión final con un majestuoso y mantenido Fa natural agudo (dificultad para no pocos barítonos) a un pasaje sombrío en el que el satanismo exagerado del personaje aparece expuesto: un semiparlato, «La morte è nulla», dicho a continuación en un escalofriante pianísimo (5 p).
Estamos, por tanto, ante un barítono de carácter, un fraseggiatore, un artista que ha de ser también buen actor y que ha de cantar siempre con mucha intención. No es preciso una voz dramática o especialmente oscura o grande (no lo era la de Maurel), aunque sí ha de ser una voz elástica y extensa: su tesitura va de la 1 a la 3, dos octavas justas. La nota más aguda aparece en el brindis del primer acto, cuando Yago comienza a urdir el plan para desacreditar a Cassio delante de Otello. En medio de la borrachera general, Yago asciende a la cota más alta, en ese la 3 de «BeVI con me!»; un grito casi espasmódico tras una escala cromática descendente.
Otello necesita, evidentemente, por carácter, por autoridad, por tener que enfrentarse en la práctica con una orquesta muy amplia, un tenor di forza o heroico, es decir, dramático. Ha de poseer volumen e intensidad lumínica, verdadero squillo, en la zona alta, que ha de ser por ello fácil y desahogada. El peligro para las voces demasiado fornidas está en el dúo de amor del primer acto, en el que Verdi incluye multitud de indicaciones y matices, con diversos pasajes que exigen varias p y con un cierre en La bemol agudo anotado morendo y que prácticamente nadie hace; lo mismo que el Si bemol que cierra Celeste Aida.
Dos tenores se barajaron fundamentalmente para esta parte: Angelo Masini (uno de los grandes rivales de Gayarre) y Francesco Tamagno. Aunque ninguno de ellos satisfacía las exigencias de Verdi, el segundo, por su caudal sonoro, era el candidato más firme. Había sido escuchado en las dos obras retocadas por el compositor: Simon Boccanegra y Don Carlo. El músico quedó favorablemente impresionado. Pero a la hora de elegir a su Otello mostró razonables dudas: «Por muchas, muchas cosas Tamagno sería maravilloso, pero en otra muchas, no. Hay anchas, largas, frases, pasajes legato, que han sido escritos para ser cantados a media voz, algo imposible para él». Sin embargo, el tenor turinés poseía el más poderoso instrumento de su día, y eso pesaba a su favor. El milagro casi se produjo y Tamagno dio, en el estreno de 5 de febrero de 1887, lo mejor de sí mismo. Tenemos, por tanto, un ejemplo claro de tenor dramático, de tenor heroico, heredero de aquellos tenores viriles y sólidos, auténticamente fieros, del Verdi temprano: Arrigo, Oronte, Jacopo Foscari, Rodolfo, que llegan a Manrico y a Carlo. Otello sigue esa corriente pero necesita más caudal y arrestos.
El tenor que se decida a cantar Otello tiene, desde la misma salida, un hueso muy duro de roer: el «Esultate!» que, a partir de un salto de sexta mayor ascendente, desarrolla una larga y victoriosa frase, que desciende primero hasta el Fa grave y luego, en su segunda mitad, en una tesitura sin duda tirante para un tenor di forza, alcanza un amplio La natural agudo y pellizca brevemente, mediante una apoyatura, el Si natural, en pasaje de mucho compromiso, máxime cuando a estas alturas de la obra la voz está más bien fría. Este momento es el que nos va a dar las primeras pistas para calibrar la idoneidad del tenor, la capacidad para frasear en la zona de pasaje, su fuelle y su mordiente. Cosas que necesitará más adelante en numerosos instantes, uno de los cuales es el vigoroso dúo con Yago al final del segundo acto, el dúo del juramento. El número se divide en tres secciones. En la primera el moro revela su temperamento y dice adiós a sus glorias pasadas: «Ora e per sempre addio», un allegro assai ritenuto, furioso, melodramático y primitivo. La segunda sección alberga el racconto del sueño de Cassio a cargo de Yago. La tercera es un allegro agitato, que conducirá a un molto sostenuto en 3/4, la secuencia del juramento, una nada disimulada cabaletta: «Si, pel ciel marmóreo giuro!». Es página algo exterior que recuerda al Verdi pretérito y posee un voltaje muy alto. Evidentemente, aquí tanto Otello como Yago han de poseer voces vibrantes, estentóreas, squillantes.
Otra prueba de fuego para el tenor es la escena de la muerte. Si bien en ella no se plantean excesivas dificultades canoras, es muy comprometida dada la tensión con la que hay que cantarla, más de una vez a media voz. Se repite la tierna frase «Un bacio!», que era la protagonista en el final del dúo del primer acto, ahora con necesidad de expresarse con la angustia del moribundo, de alguien que se despide de este mundo. El tenor ha de musitar prácticamente en ese arioso que cierra la obra, ese andante dolorido. Para la ocasión Verdi eligió la tonalidad de Mi menor, que modula a mayor en el cierre definitivo, en el que escuchamos solemnes y fúnebres acordes.
Hoy no tenemos auténticas voces dramáticas y nos conformamos con instrumentos líricos, sin el mordiente ni el metal adecuados; y lo mismo reza para Yago: ¿dónde se encuentra un barítono de carácter? Los Yagos del presente son por lo general voces líricas, de poco peso, fraseadores vulgares. Claro que la parte de Desdemona tiene también su miga, bien que en la actualidad tengamos menos problemas para cubrir sus exigencias. Afortunadamente, se encuentran ahora mismo voces de lírica ancha –mejor que una spinto– bastante potables. Por supuesto, el papel ofrece también muchas dificultades. La elección de la primera Desdemona fue muy complicada. Se descartó la opción inicial, Ernestina Bendazzi-Secchi y Ricordi propuso a Elena Teodorini o a Gemma Bellincioni, pero Boito, el libretista, se negó a contar con esta última, mejor situada en principio, porque «aun cuando la voz es agradable y fina, como la persona, no es suficientemente teatral… ¡Una lástima!, pero creo que no ha nacido para ser estrangulada en la isla de Chipre. ¡Una lástima!». Entonces surgió la candidata definitiva, apoyada por la ya retirada y famosa Teresa Stolz y por su amante, Faccio: Romilda Pantaleoni, que en 1885 había causado sensación en La Scala en el estreno de Marion Delorme de Ponchielli. Verdi tardó en decidirse, no le entusiasmaba la voz, de no perfecta entonación, frecuentemente áspera y en exceso penetrante en el registro alto, bien que reconociera las cualidades artísticas, la capacidad de matización y la inteligencia escénica. Entre el 17 y el 28 de octubre de 1886, después de ser aceptada y con el papel ya bastante estudiado –bajo la dirección de Faccio- la cantante fue invitada por el maestro a Sant’Agata, donde pulió defectos y dio pie a ciertas reformas de última hora en la partitura: definitiva tonalidad del cuarteto del segundo acto, estructura final de la Canción del sauce… Para este número –había escrito el compositor a Faccio- la cantante debe ser como la Santísima Trinidad y producir tres voces distintas: una para Desdemona, otra para Barbara (la doncella que le cantaba de niña) y otra para el momento en el que tiene que emitir la triple y diferenciada exclamación «Salce, salce, salce!». La Pantaleoni, bien adiestrada, salvaba la parte con decoro, pero quedaba lejos del ideal: «Desdemona debe siempre cantar, desde la primera nota de su primer recitativo, que es también una frase melódica, hasta la última nota que pronuncia: “Otello non ucidermi...”, que es también una frase melódica. Por tanto, la Desdemona más perfecta siempre será la que mejor cante».
Se precisa, por consiguiente, una soprano lírica, pero de cierta anchura, de canto suave y cuidadoso y que –ahí reside a veces el problema–, posea suficiente volumen y potencia para hacerse oír en el gran concertato del acto tercero. Pero tiene otros muchos retos que precisan en todo momento de ese canto dulce y de ese tono conversacional tan caro al compositor. Por ejemplo esa canción popular del segundo acto acompañada de niños y de jóvenes, una auténtica visión celestial, que irrumpe con fuerza y contrasta con la crispación en la que se mueven Otello y Yago. Naturalmente, sentido lirismo para el dúo del primer acto y delicadeza para el «Ave Maria» del final. Verdi estuvo de acuerdo con el resto del reparto: Giovanni Paroli, un tenor lírico-ligero, para Cassio; Vicenzo Fornari, voz del mismo tipo, para Roderigo; el gran bajo Francesco Navarrini para Ludovico; Napoleone Limonta para Montano y Ginebra Petrovich para Emilia.
Arturo Reverter crítico y comentarista musical. Director de Ars canendi de Radio Clásica
_________________ AUPA WOLFIE!!!...esto ya lo había dicho, no? Fantinetta, hoy mismo
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