domingo, en abril escribió:

El miércoles fui a la sesión doble de Bergman en el Español. Primero, Escenas de un matrimonio. Un descansito, y Sarabanda. Total, tres horas y tres cuartos. En la primera obra, seríamos en el teatro unas cien o ciento veinte personas. En la segunda parte, no seríamos más de setenta. Nunca había visto un teatro tan vacío. Pero dado que a lo que asistíamos era a una celebración de desnudos (reales y metafóricos) e intimidades, acabamos sintiéndonos como en familia. En Escenas de un matrimonio, Francesc Orella (Johan) y Mónica López (Marianne) exprimen una relación hecha de convencionalismos, costumbre, mentiras e inmadurez, en una serie de cortes temporales que les muestra en diferentes fases de su vida individual y conyugal. Los personajes ventilan su visión del sexo, de las relaciones familiares, de la vida social y profesional, circundados por su domesticidad, mientras usan el baño, se ponen el pijama, desayunan antes de salir a trabajar o leen en la cama. La vida es un drama acolchado de felpa con eventuales calentones que hay que apagar con urgente desesperación hasta que alguien decide romper la baraja. La aparente civilidad nórdica se quiebra también en algún arranque de violencia. El texto está bien y Orella pone tanta fé y convicción que arranca emociones aún en medio de un ambiente algo frío.
La acabo de ver en Pamplona, esta vez sin Sarabanda, y la decepción no ha podido ser mayor. Todo lo que en Bergman es sutileza, complejidad e inteligencia, en el montaje de Marta Angelat se convierte en un apaño melodramático de lugares comunes, simplificado, constreñido en los mimbres de la tragicomedia de salón.
Bergman cuenta una historia difícil, que sólo se sostiene por un tratamiento gélido de la cámara y por una itnerpretación alejada del melodrama, tan poco convencional que consigue atraer al espectador a ese mundo de máscaras racionales. En esta versión teatral todo discurre por los cauces de la teleserie, con un código que deja a la historia de Bergman en poco más que incomprensible. Con una interpretación llena de efectismos, de sollozos y de tonitos estándar ni la acción ni el texto se entienden. En lugar de crear algo nuevo en el escenario, una construcción teatral que permita acercarse (aunque sólo fuera eso) al lenguaje de esta historia, la directora opta por dar al público lo que espera encontrar. Para eso no hacía falta el viaje y las Escenas de
un matrimonio podían haber omitido perfectamente el artículo y nos reímos y punto. Con la errada dirección poco podían hacer un profesional y por momentos comprensible Francesc Orella y una irritante Mónica López. Escenografía Ikea (muy apropiada pero sin intención) e iluminación acertada, que logra crear espacios y manejar las transiciones.
A modo de descargo, me queda la duda de que esta historia con este guión sea adaptable al teatro, donde no hay montaje ni cámara cómplice, donde la voz está sujeta a un tratamiento distinto y donde la gestualidad debe llegar al, en este caso, tercer piso.
De todos modos, la verdad es que no es la clase de espectáculo que uno espera de una coproducción entre dos de los mejores teatros españoles (Nacional de Catalunya y Español). O sí...