Le Gouverneur escribió:
Delaforce, soy plenamente consciente de todo lo que dices, soy una gran enamorado de la obra, no sé si tanto como tú, pero creo que es una de las mejores obras del repertorio. En toda propuesta escénica que no sea clásica y literal se puede encontrar un argumento para levantarse y gritar ¡Mentira!
Comprendo perfectamente su argumento y lo entiendo. No trates de convencerme de la intención del autor porque estoy de acuerdo. Pero esto es arte y estamos hablando de una obra muy profunda donde las emociones en el receptor no pueden estar domadas por el compositor. Creo que se puede entender que Blanche además de tener miedo a la muerte, lo tiene también por la vida, por eso ingresa en el convento y darle por tanto la vuelta al final tiene su lógica. Creo que el miedo de Blanche por la vida también es palpable en el original. Al final, sola, abandonada por todos, se entrega a la vida. Es la visión de una cuestión por la aceptación de la contraria. En este caso salva la vida a las demás arriesgando la suya propia, salva su miedo a la vida y a la muerte al mismo tiempo. La música es un salmo, una alabanza que sirve para la vida y para la muerte, no una marcha fúnebre. Por las producciones que he visto de Tcherniakov me parece que no basa sus propuestas en banalidades y su visión, por supuesto que atacable desde la literalidad del original, tiene su interés.
Entiendo tu postura pero yo tengo mi conexión con la obra que es absolutamente intransferible y me imagino, que en una obra de este calado, que trata el tema espiritual, le ocurrirá a todo el mundo igual.
No, no y no.
La visión de una ópera, donde se conjugan palabra y música, viene dada por sus autores. Y la misión de un regista es potenciar esa visión, si tiene el talento y la inspiración necesarios (en Diálogos tenemos los ejemplos de Marthe Keller o Robert Carsen, accesibles a todos en DVD) , o hacer una puesta neutra, si carece de ellos.
Lo que nunca se puede hacer, es presentar algo que está totalmente divorciado del texto
y de la música. Entonces es cuando sólo cabe decir al iluminado de turno: ¡Mentira!. Pues no está trabajando para la obra, sino aprovechándose de ella para contar su propia historia (generalmente, además, hueca y previsible, como el caso del final de estos Diálogos).
Cuando vea usted un Tristán que transcurre en un supermercado con Isolde como cajera y el propio Tristán como reponedor, siendo el Rey Marke el gestor del establecimiento, y tras el Mild und Leise, Tristán, que no estaba muerto, sólo lo parecía tras caérsele encima una estantería llena de tomate frito, e Isolda se van a abrir su propia tienda, bendecidos por la mirada paternal de Marke. O un Parsifal en un parvulario, que no es más que una imagen procedente de una enferma mental, Kundry, que acaba con los doctores del psiquiatrico riendo a mandíbula batiente de los delirios de la pobre enferma.... entonces, se levanta y aplaude la visión del regista. Yo, me seguiré levantando y gritando: ¡Mentira!.