Excelente el aspecto que presentaba ayer el Palacio de Festivales, rozando el lleno y con la presencia del Presidente de la bella Cantabria entre los asistentes. Nada que ver, por cierto, con la escasa afluencia de público en las pasadas funciones del
Boris Godunov o en el lamentable
Requiem de Verdi (la versión perpetrada, no la obra en sí, que es Cumbre en la Cultura Occidental), escuchados también en la presente edición del Festival Internacional de Santander, que alcanza ya su número 59.
Günter Neuhold, al frente de la Sinfónica de Bilbao, Horacio Lavandera (piano) y la bellísima y extraordinaria Ainhoa Arteta, con obras de Samperio, Albéniz y Ravel en el programa.
La primera parte, la verdad, se me hizo algo pesada. Abrió plaza una obra del compositor cántabro Miguel Ángel Samperio, fallecido hace ahora diez años, titulada
Don Quijote en la Cueva de Montesinos, inspirada en el capítulo XXII de la segunda parte de
El Quijote. Comenta José Luis García del Busto, en sus notas al programa, que Gustavo Moral, en una obra sobre el maestro cántabro de próxima publicación a la que ha tenido acceso el señor del Busto, escribe: "la obra es un interesante ejercicio orquestal, plagado de armonías forzadas (expresionistas) y otras más impresionistas, una técnica que casi se convierte en táctica en la producción de nuestro autor". Yo no sé si forzadas, impresionistas, expresionistas, técnicas o tácticas; a mí las armonías del maestro Samperio me parecieron un soberano tostón. Después un tríptico de la suite
Iberia, del Maestro Isaac Albéniz, formado por
Evocación,
Lavapiés y
Triana. De esta obra escribió Olivier Messiaen: "es la maravilla del piano, ocupa quizá el más alto puesto entre las más brillantes muestras del instrumento rey por excelencia". ¿Dónde está el piano? No había. Lo que se ofreció ayer fue un arreglo hecho por el compositor madrileño Jesús Rueda. Eso, un arreglo, aunque si algo funciona es mejor dejarlo como está... Y, para finalizar la primera parte, el Concierto número 1 para piano y orquesta, conocido como
Concierto Fantástico, del maestro Albéniz, con Horacio Lavandera al aparato. El joven pianista argentino, de 26 años (aunque aparenta 16,

) cumplió con las exigencias de la partitura, ágil, hábil, técnico, aunque, la verdad, dejó bastante frío a la concurrencia. Aunque él lo intentó, en ocasiones no pudo con la orquesta...
La segunda parte fue mucho más interesante, en mi opinión. La
Rapsodia española, de Maurice Ravel, animó algo el cotarro, aunque el plato fuerte de la velada fue el último. La bellísima
Ainhoa Arteta, guapa, guapa, guapa, interpretando las seis baladas del maestro Albéniz, escritas originalmente para soprano y piano, aunque lo que escuchamos ayer fue la orquestación de la parte pianística realizada recientemente por Albert Guinovart. No había escuchado nunca a la Arteta en directo con anterioridad. Extraordinaria soprano lírica, que sabe cantar ligado, con un caudal sonoro de importancia, centro denso y graves suficientes. En el registro agudo no fue muy exigida por la partitura, pero intuyo que no debe plantearle mayores problemas. Los aplausos más sonoros fueron para ella, incluídos algunos bravos, si bien, en mi opinión, la respuesta del público fue demasiado fría para el merecimiento de la artista. Concedió un bis (el
Morirò!, creo), que fue premiado con una gran ovación.
Lo mejor, como siempre, la compañía forera, y esos pinchos deliciosos en Casa Lita.
P.D.: Se te echó de menos,
Santuzza.