 |
| Florezido |
 |
Registrado: 26 Mar 2004 16:50 Mensajes: 5436 Ubicación: Numero quindici, a mano manca.
|
Crítica de La Voz de Asturias, D. Aurelio M. Seco. http://www.lavozdeasturias.es/noticias/ ... kid=242145
... En líneas generales la obra presenta claroscuros, relacionados fundamentalmente con el reparto vocal y con una puesta en escena bastante limitada de elementos materiales. Curiosamente parte del público pareció sentirse embelesado por la representación: es de suponer que más por las virtudes musicales y dramáticas que se desprenden de esta magnífica ópera que por los méritos interpretativos de un reparto que, en algunos casos, dejó bastante que desear. Desde luego, si se acostumbra al público a jalear estos niveles de calidad general --por otro lado satisfactorios-- mal pintan las cosas.
La dirección escénica estuvo a cargo de Robert Carsen. Se trata de uno de los típicos casos en los que si se quiere ver el lado positivo, se suele decir que en la producción se ha optado por una escenografía muy sumaria, que al final siempre tiene relación con la dramaturgia de una u otra manera. Embrollos banales a parte, la versión delata carencia de medios. Se usan, únicamente, un número elevado de puertas a modo de piezas de rompecabezas, que sirven para articular, a veces de forma inteligente, otras de manera un tanto forzada, el espacio donde se desarrolla la acción. Al principio del primer acto, las puertas entorpecen la visión de la escena. El sentido simbólico opresivo se intuye como premeditado y, por qué no positivo, pero aquí no sale rentable porque limita demasiado la audición y visionado de la obra. Desde el gallinero seguro que lo vieron de cine, pero en el patio de butacas hay quien no se enteró de lo que pasaba. Robert Carsen hace de un defecto --la carencia de medios-- una virtud en varios momentos, algunos de ellos de singular belleza, como puede ser el final de la obra, en el que se imita una lluvia torrencial que, en el contexto de la historia, y en el expresivo y también simbólico vacío espacial (se entiende que representa la superación de la opresión moral a través de un mayor espacio físico, que ofrece una sensación de libertad), se convierte en un momento precioso. De la iluminación, de Meter Van Praest, no se puede decir eso tan socorrido de que acompañó muy bien la escena, porque no llamó demasiado la atención. Su uso no fue especialmente limpio , dejando ver al público algún foco de luz. La idea general tira por lo expresionista, al deformar ciertas sombras sobre las puertas, pero la idea es lejana: no está mal, pero tampoco entusiasma. Tampoco fue nada especial el vestuario de Patrick Kinmonth, aunque en el caso de una obra de esta naturaleza dramática no tiene por qué ser malo, pero tampoco bueno.
Es interesante a la hora de valorar la versión vocal de esta Jenufa , apuntar que es muy sencillo, una vez se pasa de los primero diez minutos de la obra, adecuar el nivel del oyente al que los intérpretes están en condiciones poder ofrecer, dándose el caso de una clara falta de perspectiva al final de la obra. Cuando los intérpretes se alejaban de escena, como puede ser al principio del primer acto, la versión bajaba muchos enteros, porque apenas se oía, obligando a la orquesta a matizar su sonido; quizás por eso se mantuvieron casi siempre en el límite del escenario, lo más cerca posible del público. Con esto no se quiere decir que uno tenga que olvidarse del mérito y esfuerzo interpretativo de los cantantes, pero lo cierto es que sus virtudes vocales denotaron en algunos casos una importante falta de volumen y entidad lírica. Esto modificó de manera importante el potencial musical general que la obra podría haber dado de contarse con un reparto de más enjundia. Es paradigmático, por ejemplo, el caso de Josephine Barstow, en el papel de Kostelnicka . Se trata de una intérprete tremenda desde el punto de vista dramático, casi se podría decir que magistral en la concepción de la Sacristana. No obstante, en lo vocal, estuvo muy justa en volumen, que no en seguridad técnica e interpretativa, que denotan a una gran cantante que tuvo mejores momentos, y que en su actual estado suple los estados de crispación vocal con un mayor empuje escénico que no logra hacer olvidar dichas limitaciones. Del reparto femenino sobresale Amanda Roocroft, en el papel protagonista de Jenufa . Sobresaliente en escena, sus cualidades líricas se adaptan bien a las de la protagonista: calidez y juventud tímbrica, seguridad técnica y un notable gusto interpretativo, ofrecieron una notable caracterización lírica, que nunca estuvo sobrada de volumen, ni tampoco de cuerpo sonoro. En general gustó más el reparto masculino. Aquí la cuestión del volumen fue más satisfactoria, porque la proyección vocal de los dos protagonistas cumplía con unas expectativas que, en este contexto, parecían magnificarse; porque los dos tenores son de calidad, pero tampoco hay que exagerar. Ian Storey encarnó a Steva admirablemente. De hecho, se puede decir, que la obra no logró despegar del todo hasta su aparición en escena. Muy bien su caracterización del enriquecido y bobalicón novio de la protagonista. Impresionó más la plasmación vocal del La§a de Stefan Margita, uno de los más aplaudidos de la noche. Su versión dramática consigue atenuar la expresiva maldad de los actos de su rol, al concederle una mayor intención humana del personaje. Convenció por su diligencia la mezzo catalana Mercé Obiol como la abuela Buryja , al igual que lo hicieron Víctor García Sierra, por su carisma vocal y escénico como capataz, y el bajo vasco Alfonso Echeverría, que con un papel escueto también se dejó sentir. Mari Luz Martínez encarnó a Karolka con evidente frescura y buen hacer, que también hay que hacer extensible a Sandra Galiano y Fabiola Massino, en su caso con una cuidadísima actuación en escena.
El Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Opera ofreció dos aspectos: uno, menos afortunado, en el primer acto, cuando las voces masculinas pusieron en evidencia un registro agudo de poca entidad, que también necesitó de las garantías como concertador de Max Valdés; el aspecto positivo vino marcado por las voces del elenco femenino en el tercero, al igual que por el trabajo escénico del conjunto, muy exigente en la obra.
Dejamos para el final quizás lo más meritorio: la versión musical de Maximiano Valdés y la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Valdés se amolda bien a este repertorio. Ofreciendo una versión de la obra muy intensa rítmica y orquestalmente. El director chileno y titular de la agrupación ofreció una lectura espléndida, quizás algo relajada al comienzo de la ópera, pero siempre fiel al espíritu de la obra y a las cualidades vocales del elenco. Fue lo más interesante de la velada, junto con la certera interpretación de la orquesta.
_________________ ...la scena a' miei tempi era altra cosa.
|
|