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¿Os acordáis de aquella sección de El Jueves titulada El Día y la Noche?
Bueno, pues aquí el día...
Un hito del Campoamor
COSME MARINA
Cuando la recién creada Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera (AO) decidió apostar en mayo de 1978 por realizar una sucinta temporada en primavera contando con la Compañía de la Ópera de Brno -conjunto que quedaría muy vinculado después al ciclo ovetense-, el primer título que se representó en el Campoamor el 11 de mayo fue «Jenufa», de Leos Janacek. En un boletín informativo, la entidad explicaba a los socios el resultado de la representación: «Éxito artístico y y descalabro económico» con 369 localidades vendidas. Cerca de tres décadas después, la segunda «Jenufa» del Campoamor se saldó, en su estreno, con un éxito apoteósico y ni una entrada disponible en taquilla para la primera función. ¿Qué significa esto? Pues ni más ni menos que la madurez del público lírico de Oviedo es sorprendente -«esto es un hito», me decía un melómano a la salida.
El trabajo constante de la AO, en este sentido, desde 1990 ha nivelado al «otro repertorio» con el tradicional italianizante. Es decir que, con éxitos como el del martes y anteriores con títulos de Richard Strauss y otros compositores, dejan muy atrás aquella frase tan repetida tiempo atrás, «en Oviedo sólo gusta la ópera italiana». Esto ya, afortunadamente, no es así. Gusta, claro está, la ópera italiana y cualquier otra propuesta que esté realizada con calidad y criterio. ¿O qué razones explican si no el entusiasmo de anteayer al final de la representación? Pues expresaban satisfacción ante el magnífico espectáculo conjunto que, salvo alguna leve imperfección, propició que en Oviedo se representase al máximo nivel uno de los títulos imprescindibles de la historia de la ópera. Los tres pilares que articularon la velada, producción, cantantes y orquesta -por este orden-, cimentaron el éxito y lo hicieron con entrega, pasión y convencimiento, la única manera de que todo salga en condiciones.
El punto de inflexión clave fue, sin duda, la puesta en escena de Robert Carsen -milimétricamente desarrollada por Maria Lamont-. El director canadiense es sinónimo de teatro con mayúsculas. No se anda por las ramas ni se dedica a llenar de topicazos absurdos el escenario para camuflar la falta de ideas. En este sentido, su acercamiento a «Jenufa» es magistral porque está lleno de recursos expresivos. Se inició la representación a telón abierto y ya se dejaron ver los sucintos elementos escenográficos que vertebraron la acción. Una serie de puertas que servían para enmarcar las escenas y un suelo terroso protagonista absoluto. Las puertas y ventanas sirven, además, como arma arrojadiza contra la sacristana, como elemento separador de las estancias y también como ámbito por el que el pueblo cotillea y está al tanto de la vida de los demás. Y el suelo es sustrato telúrico y expresión de una pobreza lacerante que se trasluce sin cesar y aún arroja más dramatismo en una historia cuyo carácter naturalista se acerca a un tremendismo de rasgos veristas. El suelo se va ensuciando según el mal asoma sus garras, y la rectitud de la sacristana se desploma ante el peso de sus vivencias y de la férrea moral social que dicta conciencias. Del mismo modo que la lluvia redentora final, que, sin embargo, tampoco deja escape a los personajes.
La historia, de hecho, se resuelve con tristeza, a la fuerza, y la suerte es ambigua, esquiva, como en «Match point,» de Woody Allen, y así se percibe en la versión de Carsen en la que la dramaturgia es nítida en su desarrollo y se apoya en un vestuario y una escenografía de perfecta adecuación, sin un solo elemento folclórico, a cargo de Patrick Kinmonth. Y, desde luego, tiene otro punto esencial en la iluminación de Peter Van Praet, de trazo primoroso, muchas veces cenital, en tonos blanquecinos, que incluso la primavera convirtió en estación penitencial mustia.
Este planteamiento obliga de forma absoluta a que los cantantes también sepan interpretar categóricamente. Y todo el reparto implicado lo hace con creces. En primer lugar, Josephine Barstow, nombre histórico de la ópera del siglo XX, soprano ilustre que por fin llegó a Oviedo. Su Kostelnicka estremece, deja sin respiración por la intensidad de su planteamiento. Se aleja de ilustres colegas que abordan el personaje a grito pelado -Marton, Silja- y opta por cantarlo muchísimo mejor, con un timbre de voz aún brillante y la capacidad para ocultar determinadas carencias y potenciar lo mejor de sus celebradas cualidades vocales. Aunque su emisión haya perdido en potencia. su interpretación suple cualquier carencia.
Con la fuerza de este personaje, Jenufa siempre está amenazada de quedar desplazada a un segundo plano. No fue así, porque Amanda Roocroft es una soprano impecable que está en el mejor momento de su carrera. Da la ternura adecuada al papel y también su fuerza interna. Desde el punto de vista vocal, el rol se adapta perfectamente a una realidad que tiene su fuerte en un centro rotundo y agudo poderoso. Es una delicia en la expresión y también musicalmente. Un ejemplo. De igual modo, Stefan Margita dibuja el mejor Laca que, hoy por hoy, se puede escuchar y ver en los escenarios. Es uno de los papeles que más veces ha interpretado y eso se percibe de inmediato por la excelencia con que lo desarrolla. Margita es un cantante de primera línea y su intervención ha sido un auténtico lujo, de una contundencia que no admite reparos. Ante este terceto, derivado de las características del personaje, quedó un tanto atrás el Steva de Ian Storey. Su buen talante escénico y prestación vocal fueron del máximo interés, relevantes -se trata de un tenor de clase-, pero le faltó un escalón para rematar la faena que, sin duda, mejorará en las próximas representaciones.
Pero la categoría de una representación de ópera no la marcan únicamente los roles protagonistas. Una temporada de entidad se mide también en la adecuación que se consigue en todos los papeles aunque sean episódicos. Por ejemplo, en la estupenda abuela Buryja de Mercè Obiol, en el correcto capataz de Víctor García Sierra -lástima el lapsus que le hizo comerse una frase en el primer acto- o en el sobresaliente alcalde de Alfonso Echevarría, siempre un valor seguro en sus intervenciones en el ciclo ovetense. A la perfección en sus requerimientos también han de consignarse Begoña Alberdi, Mari Luz Martínez, María José Suárez, Sandra Galiano, Fabiola Masino y Marina Acuña. Sin ellos, sin su entrega, la representación hubiera carecido de la rotundidad requerida. Un valor que también debe consignarse al epistolar y sensible Coro de la Ópera de Oviedo en su mejor trabajo este año. Comenzaron la velada consistentemente y la terminaron con calidad notable, en una dignidad interpretativa y vocal de relieve que sumó enteros y que es muy esperanzadora. Es muy satisfactorio cuando del trabajo se obtienen resultados y, más aún, cuando éstos se pueden consignar. Y como último pivote que cimentó esta «Jenufa», la aportación de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) fue sustancial, salvo pequeños desajustes, que el diseño de conjunto acabó por borrar. Maximiano Valdés optó por una lectura muy limpia de la obra, sin incidir en esas lecturas de la misma tan pasadas de volumen y desmelenadas que escuchamos en tantas ocasiones. Valdés buscó y consiguió claridad sin que por ello se mermase el claroscuro de la partitura. Sus aristas dramáticas terribles se exhibieron aceradas, sin concesiones y esto llevó a que el entramado de conjunto imbricase la escena con el foso sin el más leve fallo. La música también es silencio y los logrados en la escena de «Jenufa» del segundo acto son momentos dorados que quedarán en la memoria de todos -por fin las toses estuvieron contenidas, otra señal de la máxima atención-. Con este título, Valdés ha vuelto a refrendar su criterio certero en el repertorio del siglo XX que expone convincentemente y con personalidad propia, sin deudas. El trabajo del titular de la OSPA, su contribución al ciclo, ha sido, en este ámbito, categórica. Después de una noche de ópera de este calado, en un ciclo que ronda el notable, cada vez se entiende menos la racanería institucional -Principado, Ministerio de Cultura- hacia la ópera de Oviedo. ¿Cuántas temporadas tienen este nivel en España?
Y la noche... no la encuentro ahora mismo, es la crítica de La Voz de Asturias, en la que sale mal parada hasta la dirección de escena. 
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