El lunes pasado el barítono británico se presentó en el Ciclo de Lied, con la lujosa compañía de Graham Johnson (él no debutaba en el ciclo

). Un programa precioso (parecido al que le oimos en Zaragoza hace un par de años), que recorría la trayectoria vital y poética de Goethe, a través de composiciones principalmente de Schubert, con algunas perlas de Loewe (guauuu) y Wolf, y otros puntitos menos brillantes de Schumman, Beethoven y Brahms.
Maltman es un barítono de voz robusta, algo tosca, con un timbre duro pero seductor. La voz se proyecta extraordinariamente bien en el agudo, pero pierde dramáticamente presencia en el centro y en el inexistente grave (vamos, que muy natural no es). La disparidad entre los registros es tan pronunciada que Maltman hace de la necesidad virtud y busca siempre el efecto más que la ortodoxia. A veces incluso lo consigue. La voz en el centro suena con la ligereza necesaria para el género, y es capaz de plegarse a algunos matices. En el agudo, fluctúa entre la emisión plena, roma, mate y demasiado ruda; y una emisión más ligera, afalseteada, utilizada con gusto. Si en el panorama del lied masculino actual Bostridge es el joven atormentado, Goerne el primero de la clase y Gerhaher el maestro; Maltman podría ser
el hombre, el ligón del grupo. Su mayor virtud (aunque en otra argumentación éste podría ser su mayor lastre) es que todo en él transmite natural masculinidad. No sólo su voz lo es, sino su presencia, sus gestos, su pose como liederista.
La interpretación sobresalió en las partes más teatrales (El divertido
aprendiz de brujo de Loewe, a pesar de que la voz perdía mucha presencia en el ritmo rápido), y convenció mucho menos en las canciones soñadoras, donde incluso por forzar la media voz peligraba la afinación (sobre todo en
El crepúsculo de Brahms). A pesar de todo, cantó un bellísimo
Anakreons Grab. Lo mejor llegó en la escena del espíritu maligno, de las
Escenas de Fausto de Schubert, donde interpretó las tres partes. Brutal también el
Erlkönig de Loewe (poema que regaló en una de las propinas, en la más conocida versión de Schubert; donde no estuvo, por cierto, tan brillante).
Graham Johnson acompañó como siempre, con especial intensidad en las canciones de taberna de Wolf (qué maravilla la escritura para el piano, con esas frases sincopadas, casi más interesante que la vocal

).
Éxito en el público, encantado con un programa tan fetén
