Última representación de
Boccanegra, y de la temporada 2009-2010 de Oviedo. Ni excelso ni tan espantoso como la crítica vaticinaba. Es lógico que de la primera a la cuarta función las cosas hayan ido mejorando, al menos en parte.
Para bien ó para mal,
Boccanegra está de moda. Si hace relativamente poco este título no subía demasiado a los escenarios, ahora hay Simones hasta en la sopa. Todo va por oleadas, y nunca mejor dicho en este caso. Barcelona cerró el año pasado con Simon, ayer Oviedo, el Real lo hará en los meses venideros… O no se programa, o hay saturación. Lo que no hay es término medio. Pero vamos a lo de anoche en el Campoamor.
Aunque para nada me parece
un operón de flechazo –a mi entender esa expresión cuadraría mejor para
Macbeth ó
Ballo, que sí son arrebatadoras–, debo decir que ayer me reconcilié en gran medida con este título, y me absorbió desde el principio. Iba con unas expectativas razonablemente bajas, y eso que prescindo de las críticas porque espero a tener elementos de juicio sin vivir del de los demás.
Con matices: hubo cosas que no estuvieron mal, cosas normalitas y elementos olvidables. Y todo ello tanto en las voces como en la escena.
–Es una verdadera lástima que
Ángeles Blancas Gulín no haya vivido en los tiempos del cine mudo, porque hubiera estado en su elemento. Sobreactuada, siempre al borde del ataque de sepa Dios qué, siempre al límite… Es muy cansado ver a un cantante que parece no tener más que un registro actoral, el del dramón. No calentó la voz hasta media función, y el agudo es estridente, desagradable, chillado en ocasiones, y ello por no hablar de su angustiosa respiración, que debe dejar sin aire el escenario. Si "actuar bien" es ir de diva trasnochada fulltime, es el ejemplo perfecto.
–
Marco Di Felice salía desde la primera función con todas las de la ley en contra: como canceló Carlos Álvarez, había que afilar las uñas contra quien fuera, sin importar el nombre. Empezó con un vibrato realmente feo, pero la cosa fue mejorando a medida que avanzaba la función. Hubiese sido deseable más fuerza en la escena del Senado. Por contra, no me disgustó su muerte, que otros vieron como demasiado fría. En suma, cumplió dignamente, mejor que otros que pasean el rol por los teatros y que no deberían atreverse (véase Michaels–Moore en el Liceu el año pasado

, eso sí que fue

).
–
Vitali Kowaljow fue un Fiesco pétreo, y no lo digo en el mal sentido, sino como elogio: siniestro e implacable, resultó creíble.
–Quien no tuvo medio pase fue el Paolo Albiani que nos tocó en suerte, conocido en los carteles con el nombre de
Paolo Pecchioli. Otro digno miembro para los repartos del cine mudo, que habría sido un gran Fu–Manchú mientras no abriese la boca… El vibrato es el de Juanita Reina en sus peores momentos, sobreactúa constantemente. Olvidable.
–La sorpresa de anoche fue
Giuseppe Gipali (sí, sí, no estoy delirando). La voz es la que es, pero en la función de ayer se apreció una seguridad que estuvo muy lejos de tener en su frío Riccardo del
Ballo de hace un año, y además se creía su papel. No es el colmo de la expresividad, pero el balance fue positivo para este cantante, si recordamos su anterior aparición en Oviedo. Ovaciones, aunque sin oreja ni vuelta al ruedo.
El resto del reparto cumplió su cometido, así como el coro, perjudicado por una escenografía que no facilitaba en absoluto el movimiento en escena. El artefacto giratorio anoche no chirrió (al menos, desde mi localidad no se apreciaba, o bien le dieron un par de oportunos
fu-fús de 3 en 1), pero era un armatoste demasiado grande para las dimensiones del escenario. Resultaba agobiante, y ese muro con tres ventanales en arco que se supone al principio el palacio de los Fiesco…
más bien era la mansión de los Plaff.

Sobre las paredes laterales verdiazules ya se ha dicho bastante. No insisto. Ah, me olvidaba del "mar" que se ve al fondo, y que más bien parecía una sábana arrugada.
La orquesta no estuvo mal en conjunto, aunque hubo algún momento de desajuste y se debía haber cuidado mucho más las dinámicas en el acompañamiento del aria de salida de Amelia/María (de verdad que ahí la cuerda sonó a jeringa oxidada, y además se oía demasiado…).
Dije al principio que
Boccanegra no es para mí una ópera de arrebato. Pero en parte rectifico la opinión que tenía sobre ella. Es cierto que el libreto es difícilmente tragable, con muchos flecos sueltos, pero en su música hay momentos magníficos, y marca un punto de inflexión en la trayectoria de un Verdi que exploraba nuevos caminos. De todos modos, si pienso en óperas cuyo tema sea el poder mal adquirido y sus consecuencias, siempre me quedaré con
Boris Godunov.