Ayer volví, esta vez al segundo reparto. En general, un pelín mejor que el primero.
Matos, una mala (francamente) balada, pero una voz espectacular. A la niña que tenía detrás le sorprendió cómo
una persona puede cantar tan alto. A mí también

Canta sin mucha intención, pero el material es sorprendente, y el agudo poderoso. Me gustan hasta esos graves entubados. Y tiene la misma mandíbula que Varnay, que más queremos. (El vestido que llevaba Senta, rojo y verde, haciendo patria, claro que sí).
Kampe, con un centro vocal más denso, precioso, hace una Senta más interesante, pero realmente incómoda arriba. En la balada, al menos, alcanza el punto de ensoñación que Matos ni huele.
Reuter inexistente. Frente a él,
Silins es algo, aunque la voz se vela por arriba, y no tiene el punto afilado para
sonar con la orquesta (pero bueno, eso casi nadie, Wagner, chico)
Gould de espanto y
Wottrich de más (me encantó en su primer dúo y en el sueño) a desastroso. Al final al borde del gallo. Es una pena, porque me estaba gustando la voz, metálica, apurada por arriba pero decente.
König muy bien como Daland, clava el carácter de prosaico padre, y la voz es de esas que le gustan a los wagnerianos: un ogro que sale de la gruta a través de un mareante portamento. Como Salminen pero con menos clase y menos voz, claro
Halfvarson, que me hacía ilusión verlo, algo peor. Le costaba sonar y su Daland era anodino. Pero bien.
De la puesta de Rigola poco puedo decir. Como el propio Rigola

Al menos funciona, que no es poco. Detrás del II Acto hay una idea, que tampoco es poco.
Lo mejor, que estas funciones y la ópera del mes de Naietta me han hecho recuperar el Holandés, que sólo la habría oído un par de veces. Operón.