Bueno, pues ya he hecho mi crónica, que siguiendo una vez más el consejo de Delaforce

paso a pegar, aunque salga más pequeñita y sin colores

:
Citar:
Buena parte de lo mejor que es capaz de hacer el hombre se mostró el martes pasado en el corazón de Madrid, y más de tres mil afortunados fuimos testigos. En la castiza Plaza Mayor, bajo el sofocante calor de Agosto y entre el exquisito aroma a bocata de calamares, dos milagros se ofrecieron a nuestros oídos: el milagro de la música de Wagner y el maravilloso milagro de la orquesta West-Eastern Divan. El artífice de ambos, Don Daniel Barenboim. Ese hombre que es argentino, israelí, palestino, español, y que cuando viste de sport parece italiano. Alguien capaz de convertir la guerra en paz, el odio en belleza, el arte en algo sublime. Que ha conseguido liberar la música de Wagner de toda la carga negativa con que otros la emponzoñaron: desde el mismo corazón del rechazo, él ama el arte de Wagner y nos hace amarlo a los demás. Desde el centro de las iras él tiende la mano a Palestina, y crea, junto a su amigo Edward Said, un proyecto aún más hermoso que las óperas a las que da vida, en el que la capacidad de unir de la música se materializa físicamente, y todo lo positivo, lo bello, lo maravilloso que hay en ella se pone de manifiesto de manera tangible, visible, audible. Escuchar el sonido de esa orquesta es algo incomparable, porque a la belleza de la música, al toque mágico del maestro, se añade la emoción de lo que representa. Ojalá el futuro lo crearan personas como Said y Barenboim, como esos muchachos de la orquesta que dan vida juntos a la música más hermosa.
A decir verdad, todo fue más fácil de lo que pensaba. Esperaba hacer horas de cola bajo un sol abrasador (de hecho, en una farmacia de camino me compré protector solar para lo que se avecinaba), pero cuando llegué, a eso de las siete menos cuarto, la cola estaba a la sombra, no llegaba a dar la vuelta a la zona acotada y además descubrí que los accesos se abrían a las siete y media, con lo que el grueso de la espera se podía hacer sentado. (para cuando se pudo empezar a entrar, todo hay que decirlo, había diez veces más gente que cuando yo llegué). Todo me pareció muy bien organizado: mucho personal controlando los accesos y acomodando, asientos más que suficientes (hasta bastante después de abrir seguía sentándose gente), varios contenedores de basura (la gente, como es lógico, se lleva sus refrigerios para aguantar tantas horas) y un montón de WCs portátiles. Hasta daban un botellín de agua a cada asistente. La espera, por lo demás, no fue ni mucho menos aburrida. No tardaron en salir los artistas a hacer las pruebas de sonido, deleitándonos con trozos de las obras, frases de los cantantes y, sobre todo, el privilegio de ver trabajar al maestro. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de que la West-Eastern Divan es mucho más que una orquesta, y que el término "maestro" nunca estuvo tan bien aplicado a un director. Verlo indicar, advertir, escuchar a los chicos, y observar las caras de estos jovencísimos músicos, atendiéndole como si bebieran cada palabra, no tiene desperdicio.
El concierto comenzó con la Sinfonía Concertante en Si bemol de Haydn, uno de los compositores más grandes y menos valorados de la historia y por el que siento predilección. La amplificación, en este caso, no le fue propicia, porque distorsionaba el sonido de varios instrumentos, haciéndolos sonar estridentes, y la delicadeza de la urdimbre tejida por Haydn quedaba desvirtuada. Tras una breve pausa, fue saliendo al escenario el resto de la frondosísima orquesta wagneriana, y por fin el maestro. Saluda y, de improviso, se gira rápidamente y, al tiempo que se apagan las luces, comienza el sobrecogedor preludio de La Walkiria. La fuerza de esta obra, su vivacidad, Barenboim la multiplica. Con él, cada nota tiene sentido y es única, y la sientes, casi distingues cada ola del tsunami que te arrastra hasta dejarte sin aliento. Parece conocer tan bien esta música que haya llegado a poseer el secreto, y pueda modelarla y matizarla para que alcance su expresión más perfecta. Después, poco antes de su primera intervención, apareció Siegmund, Simon O'Neill. Este tenor neozelandés tiene una voz muy apropiada para el papel, poderosa y con agudo generoso (dió unos Walse! Walse! espectaculares), aunque no sé cómo lo trataría la acústica natural de un teatro. Tras él, Sieglinde, la alemana Angela Denoke, que tiene una voz muy bonita y -a decir de quienes la han escuchado en teatro- también muy grande. Su Sieglinde tierna, desamparada y doliente me gustó mucho. Pese a tratarse de una versión de concierto, ambos interpretaban sus papeles, y gestos, miradas, movimientos reforzaban la elocuencia de la música.
Junto a ellos, el imponente Sir John Tomlinson, que no en vano ha cantado en Bayreuth durante dieciocho temporadas consecutivas. Aunque el vibrato denota su edad, las tablas y el buen hacer suplen con creces la falta de juventud en su voz. Cuando hay cantantes entregados, poco importa que no sea una versión escenificada. Con La Walkiria sobran decorados, trajes y atrezzo. La música basta. Una música que emociona, que mantiene en vilo, que a veces hace dudar si uno es capaz de resistir tanta belleza. Una vez más yo fui capaz, y volví a casa embriagada. Por la belleza de la música, pero también ante las maravillas que es capaz de crear el ser humano. Como la música, como la paz. El milagro que se obró el martes en Madrid es prueba de ello.
http://llevamealaverbena.blogspot.com/2 ... mayor.html