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Bueno, mientras buscaba información en La Vanguardia Digital sobre el Concurso Francesc Viñas (creo que ha ganado un contratenor en el apartado de voces masculinas) he encontrado este artículo sobre Shosta (este finde se ha programado el Concierto para violoncelo y orquesta núm. 1, op. 107 en l'Auditori) y lo pego por si os interesa :
Shostakovich, en la sombra de la Revolución
A los treinta años de su muerte, el compositor ruso es considerado hoy uno de los grandes músicos del siglo XX. Cuando se cumplen también cien años de su nacimiento, la OBC le recuerda en tres conciertos
La de Shostakovich, obra de dimensiones monumentales, no cesa de depararnos sorpresas apasionantes MIQUEL DESCLOT - 18/01/2006
A cien años de su nacimiento y a treinta de su muerte, Dmitri Shostakovich (1906-1975) es considerado unánimemente como uno de los mayores compositores del siglo XX, al lado de Schönberg, Stravinsky, Bartok, Berg, Webern o Messiaen. Sin embargo, esta afirmación habría chocado hace unos años con muchos discrepantes que, por prejuicios varios, eran incapaces de apreciar la originalidad de la fenomenal fuerza creativa del compositor ruso. Y es que la música de Shostakovich estuvo tan íntimamente ligada al desarrollo de acontecimientos públicos de gran trascendencia histórica que a menudo provocó que no fuera juzgada, o siquiera percibida, como una pura manifestación estética.
Hoy en día, en cambio, cuando el pro y el contrasovietismo han prácticamente pasado a la historia, y cuando la imagen de un Shostakovich irónica e incluso sarcásticamente crítico con el régimen se ha impuesto, no sin polémica, después de la publicación en 1979 de Testimonio (unas memorias dictadas a Solomon Volkov), ya sólo nos queda enfrentarnos objetivamente a una obra de dimensiones monumentales que no cesa de depararnos sorpresas apasionantes. Una obra sin duda desigual (Shostakovich escribía con gran facilidad y rapidez), pero llena de numerosas obras maestras indiscutibles.
Exaltación revolucionaria Dimitri Shostakovich se formó como pianista virtuoso y como compositor en la efervescente San Petersburgo de la Revolución de Octubre y en los primeros años de exaltación revolucionaria que insufló nueva vida a todas las artes (eran los tiempos felices de Lunacharsky, en los que floreció una deslumbrante plétora de artistas de la talla de Malévich, Kandinsky, Larionov, Goncharova, Rodchenko, Tatlin, Eisenstein, Vertov, Meyerhold, Mayakovsky, Jlebnikov, Ajmátova, Tsvietáyeva, Mandelshtam, Pasternak, Esenin, Bábel, Bulgákov, Pilniak o Platónov). Su nombre saltó a la fama súbitamente a sus veinte años, con el estreno de la primera sinfonía, la pieza con que se graduó en composición con Maximilian Shteynberg, que ya era mucho más que una promesa.
Aquel recién graduado se sumó con entusiasmo a la ola creativa de la joven Revolución y encadenó una sucesión de obras de gran frescura y originalidad en varios géneros, desde el sinfónico al teatral. Las sinfonías segunda y tercera, aun siendo menores, son características de la experimentación revolucionaria de aquellos años. La dedicación al teatro, durante un tiempo de la mano de Meyerhold, se saldó con el ballet La Edad deOro, la música incidental para La pulga de Mayakovsky, y sobre todo la ópera cómica La nariz, sobre el cuento de Gógol, y la ópera verista Lady Macbeth del distrito de Minsk, sobre un cuento de Leskov. En ellas, el gusto por la experimentación y por la novedad parece inagotable, pero para entonces la Revolución ya estaba avanzando en sentido contrario.
Lady Macbeth se estrenó con éxito en enero de 1934, pero el 28 de enero de 1936, cuando llevaba ya 83 representaciones en Leningrado y 97 en Moscú, Pravda publicó un violentísimo ataque contra la ópera, el famoso artículo Confusión en vez de música, en el que se tachaba la obra de neurótica, áspera, primitiva y vulgar, entre otras lindezas. Con él, Stalin pronunciaba una severa advertencia a los compositores soviéticos contra toda veleidad de modernismo, que sería acusada de antirrevolucionaria.
Fue el fin de una era artísticamente gloriosa. Y para Shostakovich un mazazo personal de gran trascendencia. La cuarta sinfonía, que estaba componiendo entonces en una nueva linea de inspiración mahleriana, fue a parar a un cajón, en espera de mejores tiempos, y el compositor se puso a trabajar en una nueva sinfonía, con la esperanza de encontrar un camino que, sin rebajar planteamientos, diera salida a su música en la nueva situación. Fue la conocida quinta sinfonía, la que mereció el famoso comentario anónimo "respuesta creativa de un artista soviético a una crítica justificada", que el autor aceptó con su resignada ironía.
Empezaban los años más duros de su carrera, pero el músico consiguió imponerse con piezas tan magníficas como el quinteto con piano, o con obras tan resonantes como las tres sinfonías de guerra (de la séptima a la novena), que le hicieron incluso popular en la Unión Soviética y en Occidente.
Terminada la guerra, la persecución estética recrudeció en febrero de 1948 con el siniestro decreto de Andrey Zhdanov, que acusaba a Shostakovich y a Prokófiev de representar "las perversiones formalistas y las tendencias antidemocráticas de la música, ajenas al pueblo soviético". Shostakovich optó por sobrevivir con el cultivo de dos estilos: uno más simple para complacer a los paranoicos directores del arte soviético, con obras como El canto de los bosques, y otro para dar salida a sus necesidades estéticas, como el que le permitió escribir el primer concierto para violín, algunos de sus primeros cuartetos, los soberbios 24 preludios y fugas para piano o el ciclo vocal De la poesía popular judía (en abierta respuesta al antisemitismo estalinista).
Encerrado Progresivamente, el compositor fue encerrándose en sí mismo y desviando el ímpetu épico de las sinfonías al lirismo meditativo de la música de cámara y de los ciclos de canciones. Aunque todavía escribiría seis sinfonías desde la muerte de Stalin (1953), con dos obras maestras como la décima y la décimocuarta, su interés se concentró en el cuarteto de cuerda, género en el que compuso quince obras de primera magnitud, de una calidad general y una homogeneidad muy superiores a las del ciclo sinfónico (lo que no quita que sus sinfonías sigan siendo el mejor reflejo de la carrera musical del autor, llena de logros, de pasión, de humor, de lirismo, pero también de dudas, de problemas y de reconsideraciones).
Durante los últimos años de su vida, cuando ya se había ganado el derecho a escribir como le diera la gana (y cuando el dirigismo artístico ya se había relajado), Shostakovich produjo todavía un nutrido catálogo de piezas en varios géneros, en el que la presencia del pensamiento de la muerte se fue imponiendo poco a poco (ya fuera en un ciclo sinfónico de canciones, como la sinfonía décimocuarta, en un cuarteto como el décimoquinto o en una sonata como la que escribió para viola y piano).
La inmensa producción de Dimitri Shostakovich fascinó a múltiples músicos de primera fila, que han hecho muchísimo por imponer su obra en el mundo (nombres como los de Oistrakh, Mravinsky, Kondrashin, Rozhdéstvensky, Richter, Gilels, Nikolayeva, Rostropóvich, Vishnévskaya, cuartetos Beethoven y Borodin, hablan por sí mismos). Su legado quedará como una de las aportaciones más características de su siglo: una música intensamente expresiva (sin dejar de ser formalmente sabia e ingeniosa, nunca del todo desligada de la tonalidad), aplicada a todos los géneros clásicos (y a los modernos, como la música para el cine), en la que la literatura, y en particular la poesía, ocupa un lugar de privilegio como quizá en ningún otro gran maestro de su tiempo. A los cien años de su nacimiento, Shostakovich es al fin un clásico inapelable.
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