La mosca del vinagre, Drosophila melanogaster, es el supuesto hilo conductor de esta medio mamarrachada que anoche tuve ocasión de ver en el Teatro de la Zarzuela.
¿La excusa? La búsqueda de la esencia del amor y los sentimientos en la evolución del hombre basándonos en los experimentos genéticos hechos por un grupo de investigadores a la mosca de la fruta y expresado a través de
arias de ópera. Así de duro, como suena. Y en alemán.
Imagino que soy demasiado simple como para comprender la narrativa teatral actual, pero salvo la idea general, que creo que capté, y algunas frases felices, el desarrollo del espectáculo me resultó larguísimo (2 horas y 20 minutos sin descanso), repetitivo y que no aportaba nada al concepto. Parte del público se partía de la risa: ¿snobismo o compenetración con la idea?
Por suerte y para todos, todo toma sentido en el último minuto, cuando nos explican que todos los actores son figurantes de una representación de Faust que van disfrazados de científicos y están esperando a salir a escena. Francamente, se podría haber reducido la duración de la obra en una hora y el efecto hubiera sido el mismo.
Los actores, geniales y llenos de recursos, incluso cantando (espléndidos el aria de Don Carlo y el final repetido del dúo de Lakmé).
Una curiosidad, una rareza. Estreno absoluto en España -no me extraña-.
Imágenes en
el blog.
Y la ficha, pinchando
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