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DIETRICH FISCHER-DIESKAU RUBÉN AMÓN 22/05/2012 Barítono de fraseo inigualable Podría decirse que Dietrich Fischer-Dieskau ha sido un barítono histórico, pero el adjetivo ha perdido fuerza de tanto manosearse gratuitamente. Quizá funcione mejor la idea del cantante legendario o del barítono absoluto para definir a uno de los mejores artistas del siglo XX. Artista porque el germano trascendía la partitura desde la creatividad, el intelecto y la inspiración. Y del siglo XX porque su retirada definitiva se produjo en 1992. Podía haber prolongado su carrera algunos años, pero el maestro tuvo la honestidad de marcharse en la plenitud.
Escogió el papel de Falstaff (Verdi) en Múnich como la última prueba de su talento polifacético y como ejemplo de su instinto teatral. Se le ha definido como el mejor cantante de lied de nuestro tiempo a cuenta de la hondura, de la sensibilidad, de la pureza, pero se trata de una restricción que relativiza injustamente su gigantesca carrera de barítono operístico. Fue un mozartiano de referencia y un verdiano de extraordinaria sensibilidad, destacó como especialista wagneriano, mantuvo en su repertorio los papeles más afines de Richard Strauss y se atuvo a las obligaciones y devociones de la vanguardia. Tanto por su concurso en las grandes óperas de Berg, Busoni, Pfitzner y Hindemith como porque tuvo el honor de estrenar el War requiem de Britten y el Rey Lear de Reinmann.
No poseía Fischer-Dieskau el color ni el metal ni la corpulencia carnosa de sus colegas italianos, pero muchas veces los sobrepasaba en el esmero del fraseo, en la emoción e intensidad que aportaba a la palabra. Sirva como prueba su lectura de Rigoletto, que permanece como un hito en la historia de la Scala porque Fischer-Dieskau entendía de psicología y de humanidad. Interiorizaba la música, para entendernos. Y la cultivaba desde todas las perspectivas imaginables. Porque fue un cantante erudito. Porque era musicólogo. Y porque tuvo sus inquietudes como director de orquesta. Empezando por La canción de la Tierra de Mahler y terminando con un disco de Richard Strauss donde mecía la voz de la soprano Julia Varady.
Era su mujer. Su cuarta mujer, más concretamente. La muerte de la primera -la violonchelista Irmgard Poppen- supuso una experiencia tan traumática como la participación en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, su primer recital público en Berlín fue interrumpido en 1943 por los bombardeos de la aviación británica, más o menos dos años antes de ponerse por obligación el uniforme de la Wehrmacht y de ser apresado por las tropas norteamericanas en el norte de Italia.
Estudió a conciencia en el campo de prisioneros y destripó literalmente el repertorio de Schubert y de Schumann para amenizar el exilio de sus compatriotas, aunque en 1947 obtuvo la libertad con tiempo suficiente para cantar el Requiem alemán de Brahms. Fue el inicio de una carrera deslumbrante que no se puede compendiar y en la que sobresalen los hitos de su presentación en Salzburgo (1951), su debut en Bayreuth (1954), su primer recital en el Carnegie Hall (1964) y su actuación en el Covent Garden (1965).
Tenía delante todavía 30 años de carrera. Que le sirvieron para grabar 400 discos y para convertir en referencias inalcanzables los ciclos de Schubert, Schumann, Mahler y Wolf. Le acompañó al teclado como un escudero Gerald Moore, pero hubo otros grandes pianistas, Sviatoslav Richter y Alfred Brendel entre ellos, que participaron a su vera de aquellas experiencias. Era la suya una voz noble, templada. Y fue Fischer-Dieskau un cantante de época tanto como una época del canto que se extingue como un viaje de invierno, aunque no faltan barítonos -Matthias Goerne, Thomas Quasthoff- dispuestos a reivindicar el cetro.
Dietrich Fischer-Dieskau, barítono, nació el 28 de mayo de 1925 en Berlín y falleció el 18 de mayo de 2012 en Berg (Alemania).
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