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A ver, que ya tengo un teclado como Dios manda. Dicho todo (o casi) del esperpento vocal que es este Don Giovanni, y del contagio que el foso sufre de la propuesta escénica, sí hay alguna (que no muchas) ideas aprovechables de la retorcida mente de Tcherniakov.
Me parece osado, en el mejor sentido de la palabra, buscar la némesis del DG en él mismo, y deconstruir la historia hasta llevarla a su autodestrucción. La premisa la encuentro valiente, sinderamente. Pero salvado el fondo, creo que es la forma la que hunde la idea. Sospecho que la espiral de la autoinmolación tampoco es del todo nueva, pero quizás nunca se había explicitado de una manera tan clara. Estando de acuerdo con esto, no lo estoy con la ausencia de un elemento clave en toda esta ópera: lo sobrenatural. Y derivado de ello, el sainete del Comendador. El juego de los parentescos tiene algunas cosas acertadas que ya se han apuntado por aquí. Que Zerlina sea hija del Don sólo añade patetismo y depravación al personaje. La escena de él sentado, hundido en la silla, y ella vestida de bailarina, está muy conseguida. ¿Dónde está el desquicie? Para mí, en todo el segundo acto, que se le va de las manos al director de escena queriendo ser Buñuel en "El Angel Exterminador". La búsqueda de la opresión mediante el encierro de los personajes en esa biblioteca del Cluedo me resulta todo menos opresiva: aburrida y coñazo. Eso, sumado al ridículo de la escena de la estatua sin estatua, del "Deh viene alla finestra" sin ventana, de ese telón arrojado cual manta toledana tras cada escena, de ese año que pasa entre el principio de la historia y su final (lo que hace perder la unidad dramática que buscaba Da Ponte), del delirium tremens constante en que está inmerso el DG, que creo que exige demasiado al espectador y le da poco, por no decir nada. Yo no vi el cinismo de Doña Elvira por ningún sitio, como dice Arteta en algunas entrevistas. Pero por ninguno, oigan. Y el rollo sexual del Leporello zampándose a las féminas en la escena del banquete, gratuito y sin sentido.
No por dicho voy a dejar de decirlo: con un cast vocal DECENTE, habría corrido mucha menos tinta. Pero es que musicalmente, esto es de las peores cosas que han pasado por el Real. El tal Paul Groves es un cantante infame. No me creo que no haya un sólo cantante español que pueda cantar las dos arias del Don Ottavio sin caer en el ridículo de este señor, de agilidades imposibles, de agudo afalsetado, de centro feo... Escucharlo fue todo un suplicio. Peor el tal Ketelsen de Leporello, con un grave artificial y descontrolado, monótono como poco, que no sabía si ser bufón o ir de serio. Los elogios a la Schäfer me parecen un regalo. Esta señora tuvo dos notas, tres a lo sumo, que sonaban con decencia, con brillo, timbradas. El resto, hueco, sordo, áfono. Arteta fue lo mejor, pero con un cinco raspado: voz pesante, con menos vibrato del que acostumbraba años ha, pero con problemas para subir la voz. Al menos llenaba la sala. Eso ya es más de lo que se puede decir del protagonista, el tal Braun, una comedia de cantante que podría estar bien en el musical, pero no en la ópera. La insustancialidad hecha cantante. De muy buen ver la Mojca Erdman, pero de muy mal escuchar. El chenismo tiene nueva reina. Obviamente, fue elegida por catálogo porque lo que buscaban era una intérprete con pinta de niña a la que vestir en Bershka. Y su marido, un Massetto plano y zafio. Aunque esto no es novedad, es el perfil habitual en el rol. De Kotcherga no hablo. La amplificación no me va.
Aquí no hay redención posible. Ni explicación para los bravos al final de la función. Yo no la encuentro. Porque bravear esto lleva a que se le conceda el Premio Nacional de las Artes a la próxima compañía eslava que vaya a cantar al Teatro Municipal de Lepe.
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