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Estuve el día del estreno y en efecto fue una función descafeinada. Fundamentalmente, porque no hubo ni una buena dirección orquestal, ni una buena dirección escénica, ni un buen protagonista. Y con semejantes lagunas, es difícil que una obra como ésta salga adelante.
El director musical (Haenchen) optó por buscar un sonido rudo y agresivo de la orquesta, lo cual en principio no es una mala opción; el problema es que no hubo matices, ni contrastes. Todo sonaba igual. Lo mismo daba que daba lo mismo, que se estuviera en Rusia, en Polonia, en el monasterio, en la plaza o en los aposentos reales. Tampoco había diferencias entres situaciones ni entre personajes. La orquesta sonaba más o menos bien, pero era sólo un murmullo de fondo, sin personalidad y sin prestancia.
La puesta en escena fue inexistente, y no por falta de dinero (como apuntan los palmeros del Reino), sino por falta de ideas. Fue la Nada más absoluta. Una escenografía mastodóntica que no aportaba nada. Un desaprovechamiento total del espacio escénico, una incapacidad manifiesta para mover las masas, y lo que parecía un desconocimiento descomunal de personajes, relaciones y situaciones. Si no, no se entiende cómo una obra con semejante fuerza dramática y con momentos de tensión altísima, pasa ante la vista con semejante displicencia. Un ejemplo muy simple: los finales de escenas estaban más pensados en función de cambios de atrezzo o similares, que de razones dramatúrgicas. Sólo hubo un destello de idea en la escena del reloj, cuando aparecen un montón de niños que observan a Boris, pero sólo se quedó en eso: un montón de niños que observan a Boris. No hace falta decir que estéticamente todo era horroroso, pero eso, como el valor a los militares, ya se le supone a las propuestas escénicas de hoy en día.
Y en cuanto al protagonista, pues como ya sabíamos, no tiene la talla mínima para un papel de semejantes dimensiones. Ni por facultades técnicas ni por personalidad como intérprete. Simplemente, no existió. Del resto de cantantes, el mejor con diferencia fue Ulyanov como Pimen. Este hombre me gustó desde la primera vez que lo escuché, en “Les Huguenots” de hace un par de años, y sigue en línea ascendente. También demostró buenas formas Julia Gertseva (Marina), una voz carnosa aunque con algunas problemas por arriba. Aceptable Rangoni el de Nikitin, y el Shuiski de Margitta, aunque el problema de éste es que la dirección escénica deja en la sombra un personaje interesantísimo como el suyo. Kotscherga como Varlaam, a falta de voz, le echa histrionismo y salva la papeleta. Y pésimo Kónig, un cantante de nulo interés. Mención especial para Karoly Szemeredy, un cantante joven con un nivel muy bueno, y que sigue desaprovechado en el teatro. El coro estuvo más poderoso y contundente que verdaderamente empastado, sobre todo las chicas.
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