Matthäus-Passion, BWV 244, DE J. S. BACH (Auditorio Nacional, Sala Sinfónica, 31/03/26)Todos los años, por estas mismas fechas, en casa intentamos preparar la entrada en el Triduo Pascual acudiendo a alguna representación de cualquiera de los dos
Pasiones de Johann Sebastian Bach que han llegado completas hasta nosotros. Esta especie de tradición familiar, lo confieso, no tiene una finalidad religiosa, pero resulta indudable —y lo hemos comprobado en todas las ocasiones— que dicha coincidencia enriquece la escucha, le da un plus de autenticidad a la misma, y acaba produciendo en nosotros cierta sacudida espiritual (cosa que, por otra parte y dado el carácter y enorme calidad artística de ambas obras, tampoco debe extrañarnos). En esta ocasión, además, se ha dado la circunstancia de que la función que comento —una de las dos celebradas en Madrid estos últimos días— ha estado dirigida por el que, seguramente, sea en la actualidad el mejor intérprete de dicha partitura.
Me refiero, claro está, a
Philippe Herreweghe, quien al frente de su
Collegium Vocale Gent ofreció un extraordinario concierto, con una lectura de la obra que, aun manteniéndose fiel a la corriente historicista de la que forma parte, encontró el punto exacto para situarse a caballo entre la austeridad calvinista que confería a esta partitura otro clásico como Gustav Leonhardt, y el mayor impulso dramático y teatralidad de un Nikolaus Harnoncourt. Con su dominio abrumador de la partitura —derivado de los años que ha dedicado a su estudio y ejecución— y este planteamiento de principios, Herreweghe extrajo del
Collegium un sonido ajustado, perfecto, de nítida afinación y gran empaste, priorizando siempre la transparencia polifónica sobre el volumen, con todas las secciones admirablemente coordinadas y una distribución estructural que, en lo esencial, respetó lo dispuesto por el propio Bach para adaptarse a las condiciones arquitectónicas de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, donde se interpretó la partitura por primera vez*. Asimismo, los
tempi fueron, para mi gusto, ideales, exactos, precisos, siempre dentro de la tradición historicista, pero lejos de los excesos del rigorismo filológico de nuevo cuño que, o bien optan por interpretaciones demasiado aligeradas de intérpretes (instrumentales y vocales), o bien se caracterizan por la premura y velocidad, o por exagerados cambios de dinámica y de
tempo. Con ello, Herreweghe logró una interpretación plena de dramatismo, tensión y, al mismo tiempo, profundo recogimiento y contrición.
El equilibrio entre orquesta y solistas fue, asimismo, extraordinario. Estos últimos, además, sin ser las grandes figuras mediáticas que también frecuentan este repertorio (Prégardien, Bostridge, Jaroussky, Fagioli, Lezhneva, etc.), estuvieron magníficos en sus respectivos papeles. Sensacional el tenor
Guy Cuttingy en la parte del Evangelista, tan exigente y principal, en la que tanto hay que contar y expresar con ese
recitativo secco que le asigna Bach. Y otro tanto podríamos decir de las dos sopranos principales (incluida
Hannah Ely, que sustituyó a Johanna Ihrig, indispuesta en el último momento), que estuvieron sensacionales; pero desearía destacar, especialmente, a
Grace Davidson, en el primer coro, que nos escanció un etéreo y delicado
Blute nur de muchos quilates. Muy bien, asimismo,
Florian Boesch como Jesús, que supo transmitir perfectamente la solemne dignidad del personaje, pero sin olvidar la correcta y matizada expresión de sus sentimientos más humanos (miedo, enfado, dolor, resignación). Pese a todo, me pareció que, en algunos momentos, desplegó un canto con exceso de
pathos, pero siempre, eso sí, dentro de una relativa contención. Dados los tiempos que corren y la orientación historicista de Herreweghe, era lógico que las partes de "alto" fueran encomendadas a dos contratenores; el principal,
Alex Potter, estuvo fantástico, perfecto, expresivo, atento a las dinámicas y muy imaginativo en su aria de entrada
(Buss und Reu), durante la que desplegó una serie de adornos y melismas que embellecieron su exposición y nos hicieron olvidar, por un momento, la austeridad y contrición general; muy correcto, asimismo, su compañero de cuerda. En cuanto al resto de los cantantes no puedo señalar nada en especial, sino decir que se movieron a un nivel muy alto dentro de sus respectivos cometidos.
Espectaculares, igualmente, los solistas instrumentales (
cello, flauta travesera y violín), que se marcaron unos solos de enorme factura, gran sensibilidad e indudable expresividad. Aunque sí me gustaría hacer una especial referencia a la concertino, por el impresionante diálogo, lleno de
rubato y expresividad, que se marcó con el contratenor en la maravillosa aria
Erbarme dich, posiblemente la más célebre de todo el oratorio (si es que hubiera que elegir).
En resumen: inolvidable concierto y, posiblemente, una de las mejores interpretaciones que he escuchado de esta grandiosa obra. Menudo tanto se ha apuntado la institución
La Filarmónica organizándolo (¡y en unas fechas tan próximas al drama que se nos cuenta en la obra!).
Ahora, transcurridos un par de días desde el evento, me paro a reflexionar y, la verdad, llego a la conclusión de que sólo por esta maravillosa composición Bach podría haber pasado perfectamente a la posteridad (con el empujoncito que le dio Mendelssohn, claro está).
Aquí unas imágenes del clamoroso éxito:
https://www.instagram.com/reels/DWkZKBKCPKq/--------------
* Como bien indica Juan Manuel Viana en el
programa de mano (el que se entregó en la función era una especie de tríptico de cartón, así es que remito al documento digital), la iglesia de Santo Tomás estaba provista «de dos tribunas laterales (con un órgano cada una) y un espacio central destinado a la asamblea de fieles que apenas podía ver a los músicos, semiocultos en ambas galerías. En consecuencia, la nueva Pasión requería dos coros y dos conjuntos instrumentales, cada uno con su órgano y su continuo, además de dos cuartetos de solistas vocales, lo que significaba un total de más de 60 intérpretes, según ha podido estimarse»
(loc. cit., p. 25). La distribución propuesta por Herreweghe contemplaba en este concierto dos coros principales, a ambos lados del escenario (cada uno de ellos integrado por doce cantantes, incluidos todos los solistas, menos el evangelista y Jesús), y un tercero de
ripieno, formado por sólo ocho sopranos que sustituían el coro infantil (individualizado y en el centro, imagino, que para ajustar mejor el sonido a las características sonoras del Auditorio, un espacio mucho más amplio que la nave de una iglesia), así como dos órganos y dos conjuntos instrumentales que sumaron, si no conté mal, treinta y tres músicos, lo que da un total de sesenta y siete intérpretes.