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Nuevo paso adelante de la Asociación Aragonesa de la Ópera que, llenando uno de los numerosos agujeros culturales de la quinta capital de España, ha permitido, entre otras cosas, que un cantante de la dimensión de Carlos Chausson debute al fin en el Teatro Principal a pocos meses de su anunciada retirada. El evento bien merecía la visita a Zaragoza de algunos ilustres foreros -entre los que obviamente no me cuento- que compensaron, en parte, el excesivo número de butacas vacías. La sensación general con la que salimos es la de misión cumplida.
El dúo protagonista estuvo formado por dos cantantes bastante diferentes, cuyo contraste no marida mal con sus respectivos papeles. Ainhoa Garmendia es voz de cierto fuste y buena proyección, convincente en el centro y más insegura en los extremos –especialmente problemático el registro inferior. Tiene muy trabajado el personaje y está intentando hacer cosas durante toda la función; algunas le salen redondas y otras no tanto. Fue bastante aplaudida. A su compañero Gustavo de Gennaro se le nota más verde, tanto en la técnica general como en su tratamiento del rol. Tiene una voz justita, aunque bonita y podría hacer un Nemorino interesante si lo trabajara más. La sensación, sin embargo, es que lee la partitura con bastante sosería, como si lo único verdaderamente importante que tiene que cantar es lo que todos ustedes se imaginan, así que mi momento favorito (
Adina, credimi) pasó sin pena ni gloria. En cuanto a la
Furtiva lagrima, hay que reconocerle las tópicas buenas intenciones, que también dejaron en evidencia sus limitaciones, con una pifia notable en la messa di voce final. Piero Terranova es un barítono de extraña emisión, fraseo poco belcantista e irregular volumen al que, sin embargo, el público se acomoda a lo largo de la función, porque tiene tablas y coloca las notas. La Giannina de Ruth Iniesta fue para mí el mejor descubrimiento de la velada, aunque quien la conocía no se sorprenderá de un material más que atractivo y aparentemente preparado para mayores empresas.
La Orquesta Reino de Aragón es una formación insultantemente joven que acompañó con corrección a los cantantes. Dio la impresión de que Andrea Albertin mimaba especialmente al tenor, lo que no deja de ser una prueba de buen hacer. El Coro de Opus Lirica también estuvo a buen nivel, pese a algún desajuste al final del primer acto. La muy austera puesta de Giulio Ciabatti traslada la acción a una pequeña localidad de la América profunda en los años cincuenta, convirtiendo a la soldadesca en equipo de béisbol. No aporta gran cosa, pero tampoco molesta (¡menudos tiempos estos, en los que algo así pretende ser un elogio!). Al responsable lo empujaron al final a saludar: el hombre salió como asustado, pero compartió aplausos con el resto del equipo.
De Chausson prefiero no comentar nada. Primero porque creo que, con todos los respetos, juega en una división distinta que el resto del elenco. Y, segundo, porque alguno me podría acusar de forofo. Espero que alguien con criterio ponga las cosas en su sitio.