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Me resulta siempre altamente placentero presenciar en teatro una obra que nunca hasta el momento he visto, más aún si esa obra forma parte de la lista personal de composiciones musicales predilectas. Si a todo esto le añado que el resultado global ha sido tan esplendido uno no puede por más que estar doblemente complacido de este viaje a Milán este fin de semana.
Les Troyens es una ópera infrecuente en los teatros más importantes de Europa; viéndola se entiende el motivo: es una obra complicada de montar, en la que además se necesitan varios cantantes de sobrados méritos para salir a flote en sus enrevesados roles, que requiere de una sólida y compacta orquesta y la mano maestra de un gran concertador que dote de empuje y seducción durante las mas de cuatro horas que dura esta empresa. A todo ello hay que añadir una dirección escénica capaz de aportar algo en esta tragedia, de apoyar la escritura orquestal que tan magistralmente compusiera Berlioz, doblemente en este caso puesto que es como si se tratara de dos operas unidas entre si por elementos y personajes comunes pero diferenciadas por el desarrollo dramatúrgico que acontece. La producción que se está representando en Milán durante este mes de abril es una coproducción con la Royal Ópera House de Londres, Wiener Staatsoper y San Francisco Opera, estrenada en el primero en junio de 2012 con el unánime aplauso de crítica y público.
Comenzaré reseñando que uno de los grandes motivos que me indujeron a comprar una entrada para esta ópera, además del titulo en si, fue el elenco vocal, pero sobre todo poder regodearme con una cantante que aprecio significativamente como es Anna Caterina Antonacci en una de sus grandes creaciones y por la que se le identificará sin duda en tiempos futuros, como es la asunción que hace del rol de la profetisa Cassandre. Es todo un deleite estar a pocos pasos de ella y disfrutar de su gestualidad y como enriquece artísticamente este bomboncito de papel con su sola presencia. Antonacci es antes que nada una gran actriz que además de ello interpreta vocalmente una Cassandre excepcional. Su voz continua en un gran momento, con un fraseo extraordinario, con un rico y hermoso centro y un poderoso grave aunque el agudo se resienta en ciertos pasajes. Lástima que el rol de Cassandre sólo aparezca en los dos primeros actos aunque su huella permanezca intacta en el resto de la representación.
Otro de los grandes atractivos era Gregory Kunde como Énée, el único personaje que aparece en los cinco actos. No había visto aún a Kunde en esta reinassance que nos está regalando este cantante y que esta cosechando grandes elogios por parte de la crítica y en este foro más concretamente. Su voz es ideal para Énée: canto noble, firme, heroico, no afeado por técnicas espurias, de agudo restallante y con squillo que se expandía en un teatro de unas dimensiones tan descomunales como La Scala, y de centro radiante. Extraordinario y musical en la escena y aria del acto V “Ah quand viendra l’instant” complicado escollo en donde muchos tenores naufragan estrepitosamente. Se le puede reprochar algo mas de implicación en el rol, encontrándolo mas acertado en la segunda parte, Les Troyens á Chartage, que en la primera y que la voz no goza de la flexibilidad adecuada, pero ¿qué cantante con 60 años mantiene la tersura y la flexibilidad en el canto?
Mantenía una gran interrogante en relación a Daniela Barcellona asumiendo el rol de Didon. Quizás fue, cuando vi por primera vez el reparto vocal, la que más duda me planteaba o sobre la que mantenía mi punto de incertidumbre. Hubiera preferido, a priori, a Westbroek quien fue la Didon en el ROH de Londres. A Barcellona siempre la he visto interpretando roles rossinianos o donizettianos, donde no hay duda que está siempre excepcional, pero mantengo mis dudas abordando otros papeles como Eboli o este al que me estoy refiriendo. Creo que el balance se inclina hacia el lado positivo. Es una cantante con gran presencia escénica, con un centro sólido y unos graves imponentes aunque con un timbre seco y con poca seducción y que da vida a una Didon ilusionada y doliente. Esplendida en la escena “Dieux immortels” y el subsiguiente monólogo “Je vais mourir” del último acto y muy destacable el duo con Kunde del cuarto acto “Nuit d’ivresse”, la página mas inspirada de Berlioz en esta magna obra con ese regusto a incienso y jazmín en donde el empaste vocal entre Barcellona y Kunde consiguieron uno de los momentos mas evocadores de la noche.
Fabio Capitanucci fue Chorèbe, algo irregular y a quien Antonacci eclipsa en el duo del primer acto. Algún alejado abucheo para él proveniente del loggione. Correctisimo Giacomo Prestia como Narbal. Meritorias las intervenciones de Maria Radner como Anna, Paola Gardina como Ascagne y Shalva Mukeria como Iopas, poco impostado y de timbre blanquecino aunque exquisito en la bellísima aria “O blonde Cèrés”, y del resto de comprimarios en una ópera como esta que necesita de un grueso número.
Pero es el británico Antonio Pappano quien cosecha el gran triunfo de la noche. Era su debut en el teatro escalígero y el resultado no puede ser más convincente: dirección cuidadosa, inspirada, atenta con los cantantes y la orquesta, vigorosa, matizada y contrastada en las diferentes escenas que combinan el estruendo más orquestal con los cuadros más intimistas. Impone un buen ritmo a la narración y no consigue en ningún momento que resulte anodina ni soporífera. Quizás lo note poco refinado en el interludio orquestal que da comienzo al acto IV. La orquesta respondió admirablemente a la batuta estando a la altura de la dirección orquestal. Extraordinario el coro.
Soberbia la dirección escénica de McVicar; imponente la aparición del caballo en el acto II e inquietante la figura humana en la imprecación de Didon en la última escena de la obra.
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