Ni Tristán ni Isolda. Efectivamente, la pareja protagonista lastró la interpretación concertística de la obra de Wagner y es que, ni siquiera las partituras del genio de Lepizig, pueden salir adelante una fabulosa orquesta y una dirección orquestal apreciable y con bellísimos momentos, si no hay cantantes de nivel.
La Wilson sigue siendo la misma soprano sin garra, sin carácter, inexpresiva, aburrida, monótona, plana y anodina de siempre, pero, encima, ha bajado mucho vocalmente. El centro ha perdido timbre, redondez, cuerpo, anchura y sonoridad, el grave no está y los agudos extremos (si naturales de la maldición -difícil imaginar una más apagada, destensionada y escasamente vibrante- y does del dúo) se pueden equiparar el desagradable sonido de una tiza que se frota en una pizarra.
El tenocerte Hunter Morris entusiasta, simpáticón, muy americano él, con una voz ingrata, aniñada, desguarnecida, de emisión guturalísima, agudos estrangulados y acento naïf y blandorro. Insuficiente a todas luces.
La mejor del elenco, Gubanova, que ofreció el mejor momento de la noche (en mi opinión) con una magníficas advertencias primorosamente acompañadas por Mehta. Muy digno Liang Li, que el día antes interpretaba también aceptablemente el Ferrando de Il Trovatore y desgastado, pero siempre profesional, Schulte como Kurwenal.
La dirección de Mehta al frente de la magnífica orquesta, además de sonido esplendoroso, ofreció momentos y detalles embriagadores (los preludios de los actos primero y tercero-con el solo de corno inglés-, todo el acompañamiento del dúo, los avisos de Brangania...) con intervenciones solistas fabulosas, una tensión si se quiere discontinúa, con altibajos, pero una labor más que apreciable y de una factura irreprochable.
Tremendos (y como se dice muy Berlanguianos-me vino a la cabeza Calabuch) los diez minutos de mascletá, tracas, cohetes y fuegos artificiales (en un lugar de tanta tradición en esta materia) que celebraban la victoria de España en la Eurocopa y que impidieron la escucha de la inmortal música de Wagner poco antes del final. No sabemos si tan grande sacrilegio provocará que alguna asociación Wagneriana o el Festival de Bayreuth declare Valencia "ciudad non grata"
