La ACO presentó ayer en el Pérez Galdós un
Rigoletto que resultó una suerte de secuela de los
Foscari de la temporada anterior: ambas producciones comparten director musical, barítono solista, escenógrafo/diseñador de decorados/diseñador de vestuario (el hombre-orquesta
Mario Pontiggia), así como otros puestos "creativos". No es de extrañar que tanto el resultado musical como el visual fueran similares.
La dirección musical de
Stefano Ranzani fue de las buenas. Es de esos directores que quieren potenciar el dramatismo de las partituras acentuando levemente las diferencias de ritmo, pero lo hizo sin excederse y el resultado fue en general muy satisfactorio, brillante en algunos momentos (como la tempestad del último acto). El maestro parece haberle cogido ya el "tamaño" a nuestro teatro y no cayó en los excesos de volumen del año pasado. Añado que no le hizo ningún favor a los cantantes; estoy seguro que más de uno le hubiera agradecido un tempo más lento en algunos momentos...
Sería de una crueldad inusitada juzgar la actuación del barítono
Alberto Gazale tomando como referencia a los grandes divos del pasado. Me ceñiré, por tanto, al criterio "esto es lo que hay, no hay más cera que la que arde". Desde ese punto de vista (obviando la falta de brillo y redondez de su timbre, sus limitaciones en ambos extremos de la tesitura, la justeza del fiato, la escasez de sus recursos estilísticos...) puede decirse que su Rigoletto fue más digno de aplauso que de abucheo. Gazale tiene dos puntos fuertes: es un buen actor y, con el tiempo, ha ido aprendiendo cuáles son sus limitaciones; el suyo fue un Rigoletto "reducido" a lo que él es capaz de hacer, y de esa forma sacó adelante el personaje e incluso consiguió conmover al público (con la inestimable ayuda de un tal Giuseppe Verdi, todo hay que decirlo).
Me encantó la Gilda de
Nino Machaidze. No hay que descartar que la apabullante belleza de la señorita en cuestión influyera en mi juicio (ni en el del resto de los espectadores de sexo masculino), pero en este caso creo que el atractivo físico es simplemente un valor añadido. La voz es hermosa (y con mucho la más potente del elenco), el timbre personal, no se le da mal la coloratura (que es mejorable), los agudos sonaron firmes y nunca se reservó ni se escondió durante toda la obra. Pero, principalmente, es una soprano que actúa mediante el canto: uno podía oir a la adolescente con la cabeza llena de pájaros en el acto primero, a la hija avergonzada en el segundo, a la heroína romántica en el tercero. Lo único que se le podría criticar a su creación del personaje es que tal vez se pasara un poco con el azúcar en las primeras escenas.
El tenor
Ivan Magrì probablemente será más recordado en esta plaza por su lustrosa melena y por la generosa exhibición de sus pectorales que por su voz (nasal), su emisión (irregular), sus agudos (trabajosos) y su técnica (alguna nota sonó más balada que cantada). Sólo en el
Parmi veder le lagrime dio la impresión de estar interpretando un personaje de ópera; por lo demás pareció más preocupado por salir del atolladero que por "ser" el Duque de Mantua.
El bajo
Konstantin Gorny nos regaló unos graves muy hermosos. El registro medio no sonó tan interesante, y tiene que mejorar en el fraseo. La mezzo
Rosa Delia Martín había cantado esta temporada una solvente Mércèdes, pero el papel de Maddalena le viene un poco grande. Fue literalmente devorada por la Machaidze en la escena de la tempestad.
La producción fue eficaz, agradable a la vista y, en general, potenció la acción dramática en vez de entorpecerla. Parece que había un poquito más de dinero que para los Capuleti: a diferencia que en ésta, los decorados estaban terminados y los coros no vestían trajes de alquiler

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