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Dos breves puntualizaciones al Sr. Zacarías antes de comentar sucintamente este Tristán que esta ofreciendo el Teatro Real estos días.
-La influencia de Richard Wagner como compositor y de Tristán como partitura no la puede negar nadie con dos dedos de frente. Eso sí, la influencia no es el único ni excluyente parámetro a la hora de valorar una obra de arte o, en este caso, una composición. Eso ya lo han escrito y dicho muchos musicólogos. Evidentemente, Tristán contiene música sublime propia de un genio indiscutible, pero también pueden entrar en juego otros elementos a la hora de valorar a obra y autor. A saber, excesiva pretenciosidad y grandilocuencia, duración desmesurada, absoluta falta de sentido de la concisión, reiteración obsesiva, ausencia de acción... Perfectamente, un amante de la ópera o cualquier melómano cabal podría aferrarse al sabio principio verdiano "Brevitá e concisione!" y preferir, por ejemplo, el dúo de amor del acto Primero de Otello, tan sublime al menos como el de Tristán pero con una duración proporcionada propia de la maestría, capacidad de la concisión y sentido teatral del genio italiano.
-Otello y Falstaff no son "las obras maestras de Verdi", sino dos más de su largo catálogo de joyas. Es decir, que cuando compuso las mismas ya tenía una larga lista de obras maestras.
Ciñéndome al Tristán del Real, función del día 19. Primeramente decir que no estamos ante una producción operística, sino ante una versión en concierto o semiescenificada en que se proyectan unos vídeos cuya vistosidad, mérito artístico y calidad visual (no siempre y en todos los casos) no voy a discutir. Tampoco el pretendido simbolismo poético de los mismos, si yo no entré en él, seguramente sería problema mío. Pero, señores, esto no es teatro. Lo que resulta soprendente, en el mejor de los casos, es que aquéllos que desprecian las bellísimas y espectaculares producciones de Otto Schenk, Rudolf Hartmann, Filippo Sanjust, Boleslao Barlog o incluso, Franco Zeffirelli, porque carecían de "dirección escénica" (sic) alaben esto, en que unos señores más tiesos que una vela cantan sobre una tarima rectangular al que se cambia de posición (izquierda o derecha del escenario según el acto) y con el fin de molestar lo menos posible la emisión de las imágenes. Esto es un ejemplo más de la actual ceremonia de la confusión de estulticia filosnobista que tanto abunda en la ópera actualmente. Además, hace 10 años seguro que esto tendría más impacto e "influencia", ahora que está unoharto de ver proyecciones en gran porcentaje de producciones, ya me dirán... No estoy en contra de que se utilicen los avances tecnológicos y las proyecciones videográficas, pero en su debida medida e integradas en una producción teatral
Digna y solvente la dirección de Piollet, pero en el fondo, irrelevante y plana. Más bien bastorra en el primer acto, en el segundo logró crear al menos, la atmósfera nocturna y extática del dúo. En el tercero no tuvo piedad del honrado Dean Smith. En definitiva, un trabajo eficaz, aceptable, pero lejos de ser memorable: Sin inspiración, ni contrastes, ni emoción, ni tensión, ni transcendencia. Buena prestación de la orquesta, que podemos decir que "sonó" pero que aún le queda mucho camino por recorrer en cuanto a refinamiento tímbrico, transparencia y limpieza en las texturas. Violeta Urmana sacó una Isolda mejor de lo que cabía esperar. Estamos ante una cantante de gran solvencia musical y vocal, además del oficio que dan los muchos años ya de carrera. Lo demostró. El agudo está muy deteriorado. Los si naturales del racconto y maldición, así como los does del dúo resultaron alaridos, pero mientras la tesitura no se empina, la ahora soprano puede lucir aún un timbre bello, mórbido y esmaltado, así como sus dotes de vocalista y un fraseo, si no incisivo y vibrante, sí señorial que casa con su concepción de Isolda altiva y orgullosa. Llegó un tanto fatigada al liebestod, pero es justo decir que no se mide y reserva en el acto primero, cosa que si hacía la Meier en las Isoldas que le ví el año 2008 (madrid y Munich), No así en la de Viena de hace 14 años con Bychkov. Efectivamente, a la Urmana le falta la garra, la fuerza dramática (el que haya escuchado la maldición por la Meier o el final, sabe lo que es "que te los pongan de corbata"). En cualquier caso y lejos de la mencionada Doña Waltraud coloco a la Urmana al lado del grupo de Connell, Polaski y Voigt (la de antes de perder 40 kilos, no la de después) en mi lista de Isoldas vistas en vivo. Honradísimo, Dean Smith que con su nobleza y musicalidad, intenta compensar sus insuficiencias vocales. Pasó el tercer acto mejor que hace 6 años en que recuerdo varios "accidentes" vocales. Pésimo Rusilainen, de timbre horroroso y emisión "de atargea", personaje desdibujado. Cumplidora la Gubanova, carente de graves y dramáticamente trivial. Mejor de expresión, el Rey Marke de Selig, con un material contundente en centro y graves, pero de registro agudo imposible.
En resumen, un Tristán parejo globalmente al que vimos en 2008 (en el que descollaban Meier y Pape) y a años luz del de Barenboim con las huestes de la Staatsoper Berlinesa.
_________________ "El canto como la belleza que se convierte en verdad" (Friedrich Schiller)
Última edición por Carl Tunner el 20 Ene 2014 12:38, editado 5 veces en total
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