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Tristan und Isolde (Richard Wagner) Teatro Real, Madrid. 31 de Enero de 2014 Tristan: Stefan Vinke / Isolde: Violeta Urmana / Rey Marke: Franz Josef Seilig / Brangäne: Ekaterina Gubanova / Kurwenal: Jukka Raisilasen / Melot: Nabil suliman / Un marinero, pastor: Alfredo Nigro / Timonel: César San Martín Coro Intermezzo, Orquesta Sinfónica de Madrid. Dirección musical: Marc Piollet.
Es la más floja de las tres producciones del “Tristan” wagneriano que han pasado por el Real desde su reapertura como recinto operístico. No es un problema: sus dos precedentes han marcado cotas musicales (2000) y escénicas (2008) difícilmente igualables.
En esta ocasión hemos visto una versión concierto de la obra. Los cantantes no hacen nada, el vestuario es el que probablemente trajeran puesto de casa y el decorado es… no es porque lo que hay es nada. Mientras suena la ópera, se usa una pantalla de cine que dispone el recinto sobre la que proyectan unos videos que distraen y turban el discurso musical. Al parecer esos videos son de Bill Viola, a quien no conozco, videoartista… tampoco sé mucho de tal arte; lo único que sé es que lo que nos mostraron ahí era bien absurdo, fuera de todo contexto, con un valor teatral cero, y para colmo, nada agradable estéticamente, comenzando por los dos actores protagonistas de tales imágenes: tanto él como ella, más feos que Picio. Y encima van y se desnudan: repelente streptease jamás nunca antes menos sensual. Como hay gente tan rara igual a alguno le puso y todo el asunto. Consta en programa el nombre de un director escénico, Peter Sellars. ¿Una broma?. Me pregunto cuál ha sido la labor, trabajo, mínimo gesto, nimia actitud del señor Sellars como para tener el morro macanudo de firmar una producción en la que no se ha hecho nada de nada. Ya digo: mejor tomarlo a risa. Bastantes disgustos tenemos ya con otras cosas. No merece más comentarios un no trabajo remunerado con pasta pública.
Liberados los cantantes de cargas escénicas, tuvieron al menos, oportunidad de dedicarse exclusivamente al trabajo vocal. No es de extrañar que Stefan Vinke, intérprete de la noche, no tuviera ni el más mínimo problema en adaptarse para salir a escena. Hablamos del sustituto del sustituto del sustituto del tenor titular: ahí es nada. Cosas de la epidemia gripal. Hizo todo lo que tenía que hacer para desarrollar su trabajo visual, es decir, nada: así de sencillo. En el aspecto canoro, como que cantar “Tristan” tiene más, solo un poco más, de enjundia. Voz emitida desde el cerebelo, una técnica a lo Villazón: emisión de gola, nula de proyección y tinte mate. Líneas irregulares, haciendo aguas en las frases a media voz en los duos del segundo acto. Las cuatro brutales partes de su agonía del acto tercero dejan entrever algún sonido liberado, nunca squillante, y lejos de una contundencia, rotundidad y brillantez que tanto West como Jerusalem, y ambos ya en sus últimos años de carrera, nos deleitaron en Madrid en las producciones arriba mentadas mentadas. Ya no hay ningún heldentenor en activo: Vinke no deja de ser otro reciclado más desde el campo lírico para poder hacer posible que se sigan representando “Tristan”, “Tannhauser” o “Sigfrido”: tal dedicación, sí es de agradecer, quede bien claro, sin que ello deje de representar que fuera, y con cierta con diferencia, lo más flojo del reparto presentado. Violeta Urmana regresa al tipo de papeles de los que nunca debió de salir. Poco negocio le veíamos en aventuras veristas o similares. La voz ha perdido lo suyo pero hay solidez en toda su intención y líneas. Se reserva mucho en el primer acto, donde en su narrativa es muy tacañona con los esperados agudos, que los toca y se pira. Mejora la cosa y su entrega en el segundo y en el final de la obra. Es posible que la impresionante Kundry que en Bayreuth de 2000 estuvo a punto de derribar los cimientos del Fiestpielhaus no vuelva a aparecer en el futuro, pero aún menos posible es a base de Giocondas o Toscas. Como cantante, Urmana es, se sabe y se nota, en un estatus muy superior al que le rodeó en el Teatro Real pero nos deja un sabor de boca insuficiente o al menos no el que podemos esperar con los notables poderes vocales que posee y que esos se ve y siente que siguen en pie. Encantadora Ekaterina Gubanova como Brangäne. Solvente, grande, canto noble, aseado, elegante fraseo. Queda precioso mi fragmento dilecto de la obra, que no es otro que el de sus avisos del segundo acto que expone desde el centro de la zona de paraiso del aforo del teatro. Bravísima. Franz Josef Heilig es un bajo barítono de mucho cuerpo con un tinte vocal realmente bonito y aterciopelado. Lástima que abuse del uso de un portamento pronunciado y poco natural. Pero el balance es más que positivo. Hay destellos de calidad, pero también momentos de desconcierto en el “Kurwenal” de en Jukka Raisilasen. Cumplen el resto de comprimarios. Escénicamente, ninguno de todos los descritos, comprimarios o protagonistas, tenía que hacer nada, así que cumplieron también con las exigencias de las pautas del no trabajo de Sellars, cuyo mayor enemigo es su peluquero.
La dirección musical de Marc Piollet sorprendió en el buen sentido. Gran calidad orquestal, sonidos cálidos, claros, pátinas instrumentales, hay aristas: ejecución que sonó Wagner del bueno. El coro masculino en su corta parte del acto primero se gustan y se emplean bien. Voces recias, más abrillantados los timbres de la cuerda tenoril. Se hizo uso de diferentes partes del aforo para situar al propio coro, o a algún solista vocal (pastor, timonel, lo antes descrito de Brangäne) o instrumental (corno inglés del acto tercero): directrices musicales habituales también en conciertos sinfónicos para tratar de ganar efectos sonoros. Nada que ver con la dirección escénica, ocupada en la nadería de su trabajo. Un “Tristan e Isolda” depuradito y solo de escuchar. Besos NICO
_________________ Harmoniously, NICO
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